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TEMAS DE LA SEMANA

Informe Z: Avenida Avellaneda, amplio crisol de textiles y sabores

Unas cuadras de Floresta albergan un vibrante centro cosmopolita de venta y confección textil.

Por Natalia Gelos
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Un gran monstruo; un pulpo con tentáculos fornidos y variados. Así podría pensarse éste, uno de los polos textiles más importante del país. Trece cuadras a lo largo, desde Condarco hasta Mercedes, y cuatro a lo ancho, desde Bacacay hasta Morón. En el medio, el corazón: la avenida Avellaneda,
en Floresta.
Lo llamaban Little Once. Lo llamaban Cinco y medio» Modos
de referirse a este conglomerado como si fuera un hermano
menor de Once. Es verdad, lo fue, pero hace años, cuando la colectividad judía, asentada en las proximidades a los templos de esta zona de Floresta, comenzaba a abrir locales para mayoristas. También fue -es- región de árabes.
Luego, a fines de los ochenta, arribó la inmigración de Corea. El barrio ganó en mixtura. Los coreanos comenzaron a alquilar locales para vender ropa. El núcleo fuerte, que se había consolidado sobre Avellaneda, entre Nazca y Cuenca, se expandió. En los últimos años, la comunidad boliviana también comenzó a vender indumentaria.
Pero esta trama no es la única: cada día llegan desde distintos
puntos del país cientos de micros que funcionan como tours de compras y recorren el triángulo La Salada, Once y avenida Avellaneda.
Son muchos. Vendedores, trabajadores, mayoristas, minoristas, costureros, son cientos las personas que, a la hora del almuerzo, buscan su opción para comer. Para todos ellos las ofertas son múltiples, interculturales, tan diversas como diversos son los habitantes de esta zona. El resultado:
una cartografía gastronómica casi secreta y sin artificios.
Caminar por las calles que cruzan Avellaneda es toda una experiencia.
Si la vista enfoca las posibilidades gastronómicas, las ofertas son interminables. Hay carnicerías kosher y puestos que venden salchipapas y empanadas salteñas, sobre Campana. Hay comida norteña, peruana, mexicana. También hay locales de delivery, que les ofrecen a los trabajadores menús caseros, preparados en garajes o en casas particulares. Alguien recorre los locales, toma pedidos, luego los reparte. Si se presta atención, puede verse a jóvenes que entran y salen de distintas casas con bolsitas y bandejas en la mano. Hay, además, supermercados coreanos, que venden productos orientales. Assí Banchan, en Morón al 3200, por ejemplo, se destaca por su variedad
de banchan, unos platitos típicos de Corea que sirven para acompañar la comida principal. Celeste Kim, que trabaja en la calle Avellaneda, dice: «Las señoras que tienen negocios en la zona, no tienen tanto tiempo para cocinar, entonces compran banchan y sólo tienen que cocinar el arroz 17para la cena». Celeste es coreana, tiene 26 años, y desde los once vive en la Argentina. Cuenta que muchos de los chicos que trabajan en ese supermercado son bolivianos y peruanos, y han aprendido a hablar el coreano para comunicarse con sus jefes. La árabe es otra de las comidas étnicas. La Esquina del Fatay está en la zona desde 1973. Todos los días, a la hora del almuerzo, decenas de personas se amontonan en el cruce de Morón y Cuenca, para comer un fatay a $6 o niños envueltos a $15. Sentados afuera, o en taburetes, adentro, hacen un alto entre
compra y compra y estacionan los carritos que llevan sus grandes bolsos azules con mercadería. En el local se venden otros productos árabes: cous cous, falafel, hojas de parra envasados.
La travesía gourmet incluye, por supuesto, restaurantes o bares de un color más «local». Y en medio de ese barullo un tanto febril que todo lo invade al llegar el mediodía, también hay lugar para un café que parece extirpado de las entrañas mismas de Palermo Hollywood.
Dew Coffe, sobre la calle Campana al 500, recrea el clima
de los cafés neoyorkinos, con arañas en el techo, empapelado
liberty y sillones óvalo estilo francés. Cocinan cheesecake,
tienen revisteros con la última Vogue. Toda una extrañeza
en estas calles.
Como los vendedores ambulantes son polirrubros: venden
muñecos para jugar en el agua, gorros, ropa para perros,
corpiños, pelucas y anteojos.
También incursionan en el mundo culinario: chipá, empanadas
fritas, fatay, jugo exprimido, sánguches de milanesa, pizza;
todo eso puede comprarse por las calles. Hasta que, periódicamente, sobre todos los sábados, alguien grita: «Ahí vienen» y todos los manteros empiezan a recoger sus cosas. A veces, es sólo una falsa alarma. Otras no, se escuchan primero los pasos, que suenan a tropilla, y luego se ve a algún policía que camina a tranco lento y casi disfruta al ahuyentarlos.
Los locales de indumentaria, de ropa interior, de mantelería,
las marroquinerías, abren a las siete y media de la mañana,
porque a esa hora suelen llegar los tours que pasan por La Salada a la madrugada. Son diez horas de ajetreo. A las cinco
y media de la tarde, la gente empieza a irse y las persianas, a bajarse. También cierran los locales de comida, y desaparecen
los vendedores ambulantes.
En las veredas asoman bolsas que explotan en retazos de telas que anticipan los colores que se usarán en la próxima
temporada, porque aquí, en esta zona, en octubre se comienza
a confeccionar lo que se usará en el invierno y en junio, lo que se usará en verano. Son las telas que cortan en los talleres de por ahí. Al anochecer, este territorio se vuelve un desierto: todo un bloque de persianas bajas y silencio.

 

 

DZ/LR

Fuente Redacción Z
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