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Informe Z: Avenida Alvear, los palacios de una calle

En sólo siete cuadras se condensan las construcciones más lujosas de la Ciudad.

Por carla-ezcurra
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Hay rankings raros, casi increíbles. Por ejemplo, nuestra aristocrática avenida Alvear, esa calle paqueta de sólo 700 metros trazada en un recorrido sinuoso desde Plaza Francia hasta Cerrito, en plena Recoleta, está considerada por la cadena NBC como la quinta calle más selecta del mundo, increíblemente detrás de la Quinta Avenida de Nueva York, Champs Elyseés de París y la Oxford Street de Londres. No conseguimos chequear la veracidad de esta información pero lo que destaca al menos es que la calle forma parte de un mito, el de una ciudad que hace cien años se construía y pensaba bajo los cánones europeos de liberalismo y que consideraba de buen gusto todo lo que llegara de Francia, y sólo de allí, no es casual que la calle nazca en una plaza con el nombre del país galo. Una calle que se quiso construir como sinónimo de lujo.
Pero hay muchas cosas que son ciertas y comprobables. La plaza Francia tiene su moño con el monumento a Marcelo T. de Alvear, quien le dio su nombre a la majestuosa avenida, que cuando era de tierra y sin asfalto supo ser llamada Bella Vista. La escultura fue realizada por el francés Antoine Bourdelle, que consideró esta pieza como su obra maestra. Demoró diez años en terminarla y una vez acabada, la obra viajó solita a Buenos Aires desde Francia. Corría 1925.
Colmada de palacetes franceses construidos sobre finales del siglo XIX y principios del XX, la avenida Alvear termina en Cerrito donde se alza el Palacio Ortiz Basualdo, diseñado en 1912 por el arquitecto galo Paul Pater, desde 1939 sede de la Embajada de Francia, elegante mansión si las hay, coronada con cúpula cubierta de pizarra.
En ese final, que para muchos es el inicio de la avenida, también se emplaza el Palacio Pereda, sede de la embajada de Brasil desde 1945, y el edificio del Jockey Club, construidos en la época del Centenario.
El Palacio Pereda fue diseñado en un primer tramo por el arquitecto francés Louis Martin, por encargo del estanciero Celedonio Pereda, siguiendo el modelo del Museo Jacquemart-André de París. En un segundo tramo, el diseño corresponde a Julio Dormal, arquitecto belga que estudió en la Escuela de Bellas Artes de París, y uno de los autores del Teatro Colón y de la antigua rambla de Mar del Plata. Lo más destacable de este palacio es la fachada de piedra y ladrillo, donde pueden reconocerse influencias de los castillos del Loire, una magnífica escalera de dos alas y de amplia curvatura, inspirada en una escalera del Palacio de Fontainebleau y las pinturas murales que ostenta el piso principal, realizadas por el pintor español José María Sert, consideradas las mejores pinturas murales de Buenos Aires. Los techos también fueron ornamentados por Sert. Los motivos representados son de inspiración veneciana, oriental, mediterránea e hispánica, y recrean escenas mitológicas y populares.
Sin embargo, a Pereda -miembro de la cuarta familia más poderosa en número de hectáreas de la Argentina- no lo convenció demasiado su palacio y terminó vendiéndoselo al gobierno brasileño por cuatro mil toneladas de hierro en barras y un edificio en avenida Callao al 1500.
Solo para caballeros
A pocos pasos del Palacio Pereda, el Jockey Club, espacio inicialmente masculino y exclusivo, fundado a instancias de un grupo de millonarios que se reunieron medio borrachos en un restaurante de París. Actualmente es el resultado de la integración de dos mansiones: la que tiene su ingreso por Alvear, inaugurada en 1968, y otra con frente sobre Cerrito, que se adquirió en 1981. Ambas mansiones -una palabra ya en desuso- fueron construidas durante las tres primeras décadas del siglo pasado. Para tratar de alcanzar los nuevos tiempos, el interior de la residencia presenta una nueva distribución, sobre todo por la necesidad de adecuar los espacios al desnivel producido por la pronunciada pendiente de Cerrito. Sin embargo, la adaptación a la nueva época no abandona su impronta medio masónica, de club cerrado y misterioso.
Basta leer la descripción de la entrada que presentan en su web, ya que el acceso al club no resulta posible para una simple mortal: «Una vez que se ingresa al club, y una vez transpuesta la portería, los socios son recibidos por la Diana de Falguière, escultura que se ha transformado en una suerte de símbolo de la Institución. A la izquierda se encuentran el guardarropa y los ascensores que facilitan el acceso a los pisos superiores. A través de amplias puertas se llega a un gran hall de recepción, que se comunica con el comedor y con diversos salones, entre ellos los denominados Belgrano y Dorado, que cuentan con servicio de bar y pueden ser utilizados por los socios para ofrecer recepciones privadas. Las condiciones, fechas y aranceles para esas reservas especiales deben consultarse en la Intendencia del Club». Ellos sabrán pero no lo dicen.
El Palacio Duhau, desde 2006 Hotel Park Hyatt, es uno de los espacios más destacados de la avenida de la gloria liberal. Inspirado en el castillo de Marais, ubicado en la región de Ile-de-France, está plantado junto a la Nunciatura y fue proyectado por el arquitecto León Dourge en la década de 1930. En el interior se encuentra un jardín frondoso diseñado por Carlos Thays -acotado por la construcción de una gran torre en su extremo opuesto- y un Paseo de las Artes donde cada año abre la feria porteña Buenos Aires Photo. Pero el lujo en su máximo esplendor se encuentra en la planta principal, que se organiza en torno de un vestíbulo jerarquizado por una claraboya que funciona a modo de espacio central al que abren las habitaciones.
La Nunciatura Apostólica de Buenos Aires funciona desde 1952 en el Palacio Fernández Anchorena, obra del arquitecto Le Monnier. Fue encargada por el matrimonio de Juan Antonio Fernández y Rosa de Anchorena. El palacio se terminó de construir en 1909. Los Fernández Anchorena nunca habitaron su lujosa residencia, porque decidieron vivir en París. En 1922, la ofrecieron como vivienda temporal al presidente Marcelo Torcuato de Alvear y a su esposa, la afamada soprano Regina Pacini. Más tarde, el palacio fue adquirido por Adelia Harilaos de Olmos, que lo legó en su testamento a la Iglesia Católica.
El Fernández Anchorena es uno de los palacios más lujosos de la avenida Alvear. Su cuerpo central, con cúpula de pizarra y hierro fundido, descansa en fuertes pilares que se complementan con la columnata en curva del acceso vehicular. Es la única residencia localizada sobre esta avenida que mantiene el terreno original con jardines que se extienden por la barranca hacia la calle Posadas.
Unos metros más adelante del Duhau está el Palacio Casey, donde funciona la Secretaría de Cultura de la Nación, y frente a él, la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.
El Palacio Casey, de planta baja y dos pisos, puede reconocerse fácilmente por sus fajas de ladrillo visto y revoque. El edificio fue proyectado en la década de 1880 como residencia de Eduardo Casey, por el arquitecto Carlos Ryder. Se terminó hacia 1889. Adquirido en 1948 por el Estado nacional, es desde 1960 sede de la Casa Nacional de la Cultura, y actual Secretaría de Cultura de la Nación. Fue declarado monumento histórico nacional en 2002.
El edificio de la Academia Nacional de Ciencias, en cambio, tiene un origen más modesto. Pese a su lujo no fue concebido como un palacio, sino como casa de renta por el arquitecto Alejandro Bustillo. Su estilo neoclásico francés lo convierte en clara muestra del espíritu de la avenida Alvear. Consta de planta baja y cuatro pisos con azotea con ambientes organizados alrededor de un patio interior. Al igual que el Palacio Casey, es monumento histórico desde 2002.
Estos edificios concluyen sobre los bordes de Callao en el Alvear Palace Hotel, uno de los hoteles más lujosos de Buenos Aires. Inaugurado en 1932, luego de diez años de diseño y construcción, tiene decoraciones modernas del artista Celedonio Lohidoy y todavía huele a Belle Epoque. Fue construido sobre la barranca del Río de la Plata hacia la calle Posadas. Tiene cinco subsuelos, planta baja y once pisos altos. En la planta baja fueron ubicados los salones y comedores, a los costados de una gran galería central de 85 metros de largo, inspirada en los transatlánticos. Los corredores de los pisos superiores están adornados con pilastras curvas en laqué rojo, contrastante con el tono gris de las paredes y las alfombras coloridas.
En sólo siete cuadras se condensan las construcciones más lujosas de aquel Buenos Aires que soñaba con ser la continuación de París, Atlántico de por medio. Siete cuadras donde los palacios se mezclan con elegantes comercios, de espaldas al ruido de plaza Francia y de los boliches que rodean al cementerio de la Recoleta.

DZ/LR

 

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