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TEMAS DE LA SEMANA

Informe Z: arqueología urbana, develar secretos debajo del asfalto

A partir de excavaciones, el Centro de Arqueología Urbana reconstruye la vida cotidiana de la Ciudad

Por Cecilia B. Díaz
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Azulejos, herrajes, platos. Botellas, cacerolas, teteras. En el pasillo del cuarto piso del Pabellón III de la Ciudad Universitaria se guardan, se cuidan y se restauran objetos que son la huella de más de cuatrocientos años de historia porteña. Allí funciona, desde 1985, el Centro de Arqueología Urbana de Buenos Aires, que depende de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la UBA. Un equipo que observa, analiza y clasifica objetos de uso cotidiano de otros tiempos, elementos que ofrecen un registro diferente del que aparece en los documentos escritos. 

Entre esos testigos del tiempo pasado, Diario Z entrevistó al arquitecto y arqueólogo Daniel Schávelzon, director del Centro y también conductor de la serie documental Arqueología urbana que, desde el Canal Encuentro cuenta cómo vivían los antiguos vecinos de Buenos Aires. 

¿Qué es arqueología urbana?

Es un campo del conocimiento académico científico que intenta entender la historia y las formas de comportamiento de la gente que vivió en una ciudad como podría ser ésta. La idea parte de diferenciar la historia tradicional que se hace con documentos escritos y la arqueología, que trabaja con lo que llamamos registros materiales, estos son los objetos que quedan del pasado. Entendemos que las grandes mayorías de la sociedad –los esclavos, los indígenas y los pobres de todos los tiempos– no escribían. Eran el 30 por ciento de la sociedad de ese entonces, del cual no tenemos testimonio directo y, cuando existen documentos, son sesgados y parciales. Entonces, lo que dicen esos documentos no siempre se ajusta a la realidad. 

De alguna forma, trabajan con el barro de la historia.

La arqueología, al trabajar con lo que la sociedad descartó en algún momento, no sólo nos explica gran parte del pasado –qué comían, que platos usaban, cómo comían y por qué tiraron el plato– sino que también se transformó en un patrimonio cultural que tenemos que rescatar, restaurar y mostrar.

¿Ahí empiezan las tensiones con la historia?

Para mí no es un conflicto, es un diálogo. Son miradas distintas hacia el pasado y tenemos la libertad de hacerlo como queramos y, si metodológica y científicamente, nuestra aproximación al pasado es correcta, se puede contradecir con el pasado escrito y eso no es nuevo. 

¿El CAU hace tareas de restauración?

La conservación y la restauración son dos actividades centrales, somos responsables de la preservación de los materiales culturales que recibimos por donación o que se incorporan por las excavaciones y estudios. Son varias docenas de miles de piezas y fragmentos limpiados, restaurados y conservados en las mejores condiciones posibles.

¿Cuántas excavaciones se están haciendo en la Ciudad?

Lo que estamos haciendo a través del Gobierno de la Ciudad son rescates. Prácticamente, todas las semanas se define alguna obra de rescate y se hace lo mejor que se puede en función de las posibilidades. Tomamos conciencia de que para hacer preguntas y poder responderlas, necesitamos de los objetos. El centro histórico de la Ciudad es lo que se está destruyendo más rápido, con lo cual decidimos trabajar lo más que pudiéramos en el sector más antiguo porque la próxima generación no lo va poder hacer, porque ya no va a quedar nada. La construcción no se va a parar ni hay legislación real que proteja ese patrimonio.

¿En qué objetos se evidencia la presencia afroamericana?

Hay un conjunto de objetos que tienen rasgos africanos, a veces muy alterados pero que son de tradición africana. Por ejemplo, las ollas pequeñas para comer con los dedos y mantenerlas cerca del fuego. Y las formas de las pipas que son pequeñitas, más que nada la cazuelita de la pipa con un tubito de madera, porque las pipas europeas eran de un material muy delicado y se rompían. Entonces la de los africanos era una pipa para trabajar y no para el ocio. 

¿Había objetos de culto?

Hay objetos que tienen símbolos religiosos o reflejan costumbres africanas en algún lugar, donde el patrón no los veía. Por ejemplo, en el lado de abajo de un plato había algún símbolo religioso, lo cual habla de resistencia cultural. Deja en claro que por más que acepten cualquier imposición religiosa y cultural, en el fondo no les han lavado al cerebro. También hallamos objetos para adivinación de ceremonia como piedritas de colores y huesitos. Los hemos encontrado desde metidos debajo de una baldosa hasta en una bolsita tirada en la basura, que tal vez encontró el patrón y la tiró. Son objetos y actitudes que nos hablan de una resistencia cultural que es difícil de leer en un documento escrito. 

Eran prácticas demonizadas por la Iglesia Católica.

Claro, tenemos hasta muñecos vudú. Eso es muy difícil de ubicar en un documento escrito salvo que lo haya encontrado un policía o un cura. Era parte del problema que tenían los negros hasta el siglo XIX. Ellos se comunicaban con los dioses de una manera absolutamente contrapuesta a la tradición judeocristiana, que es de introversión, silencio, de un espacio cerrado, lo más importante y lujoso posible. Mientras que en las ceremonias de la tradición afro, el ritual eran bailes colectivos, donde había que gritar, bailar, cantar, abrazarse, había que sudar hasta desmayarse, entrar en éxtasis, y así se estaba en contacto con la divinidad.

¿Y los de los criollos?

Los objetos de tradición europea van a ir cambiando en el tiempo. No es lo mismo la mayólica que traen los primeros europeos del siglo XVI que lo que empieza a entrar en el siglo XVIII con la Revolución Industrial, cuando Inglaterra comienza a vender productos masivamente. El cambio más fuerte que notamos es la diferencia entre la talavera española y la loza inglesa. Una es pintada a mano y la otra está hecha de a miles con moldes en una máquina, lo que abarata los costos y permite reemplazarla si se rompe un plato. Empiezan a llegar masivamente los vasos, las copas y las botellas, que antes eran rarezas. Todo esto se produce a fines del siglo XVIII con el comercio libre y el ingreso de objetos fundamentalmente ingleses que lo inundan todo. Porque además eran muy baratos.

¿Los objetos reflejan sectores socioeconómicos?

Sí, porque al igual que hoy, hay cosas de bajo y alto costo. Por ejemplo, encontramos un lugar que era una fosa donde comían los obreros de una construcción, les preparaban la comida ahí dentro. En el pozo de basura encontramos una enorme variedad de objetos y todos de a uno, eso quiere decir que cada uno iba con su platito y que, cuando se rompía, lo tiraba a la basura. Como algunos de esos objetos eran de valor, probablemente hayan sido descartados por clases más altas. Lo que indica de quien era o el uso final es el contexto donde se lo encuentro y no el objeto en sí mismo.

¿Qué investigaron sobre la fundación de Buenos Aires?

Hicimos una relectura de la historia y los papeles no terminan de decir nada porque no les preocupaba la ubicación geográfica de un continente que no conocían. Hay una carta muy linda de una pobladora que vino con Pedro de Mendoza y que escribe: “Estoy acá, en algún lugar de la conquista de América”. Lo que pasó después es que el territorio se transformó de forma abrupta. El Riachuelo era un delta como el Tigre, y como todo río de llanura iba modificando el cauce. Los historiadores no entendieron el proceso de transformación geomorfológico. Hoy sabemos que el piso del siglo XVI era mucho más profundo y que el Riachuelo está fuera de su cauce. Por eso, no pudimos encontrar el sitio de la fundación.

DZ/fs

 

Fuente Redacción Z
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