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TEMAS DE LA SEMANA

Hugo Conte: De la cancha al Salón de la Fama

Se decidió por el vóley y forjó una carrera que quedó en la historia del deporte nacional. Hoy su hijo Facundo está en la selección. La vida de un ganador.

Por Matías Navarro García
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Hugo Conte

Difícilmente alguien en la Argentina no co­nozca a Hugo Conte. Amantes o no del vó­ley, cualquiera al que le guste el deporte le sonará el nombre de uno de los mejores jugadores de la historia del país. Parte del Salón de la Fama desde 2011, el ex re­ceptor punta repasa, junto a Dia­rio Z, su carrera como jugador, los terceros puestos en el Mun­dial 1982 y los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, su rol de padre y su papel en el servicio militar duran­te la última dictadura.

¿Cómo fueron tus comienzos en el vóley?

Empecé en GEBAa los 12 años, des­pués de haber hecho mucho tiem­po natación, tenis, fútbol… todos los deportes que se me cruzaban. Mi mamá también jugaba al vóley, entonces me llevaba a las canchi­tas de Palermo los fines de sema­na. Ahí un técnico se dio cuenta de que era demasiado alto y comencé a entrenar. Por esa época también probé con el básquet. Pero elegí el vóley y nunca más lo dejé.

¿Influiste en algo para que tus hijos (Facundo, Camila y Ma­nuela) eligieran el vóley?

Ellos tuvieron la mis­ma educación deporti­va que yo. Les propusi­mos varias disciplinas y ellos hicieron la que qui­sieron. Eso sí, tenían el vóley en la sangre, je. También probaron handball, fútbol, hockey. Lo úni­co que les decíamos que hicieran es natación, después cada uno eli­gió su camino.

¿Qué sentís que tu hijo esté en la Selección, con los hijos de otros históricos como Uriarte, Quiroga, Castellani?

Es una felicidad muy grande, por­que son chicos a los que vimos crecer juntos, que hoy son amigos y comparten todo, hasta jugar. Lo que mejor nos hace es saber que hacen lo que les gusta, que es su pasión y que se divierten defen­diendo los colores como lo hemos hecho nosotros. No sé si hay otro deporte donde tantos hijos estén jugando en el seleccionado.

En el cierre de tu carrera ju­gaste con tu hijo, y un tiempo lo dirigiste, ¿cómo era eso?

Mi ilusión era terminar al lado de él, lo estuve pensando todo el últi­mo año. Yo venía de ser campeón con Club de Amigos, ya tenía 43 años y sabía que era momento de irme y quería hacerlo así. Se me ocurrió la idea de juntar un gru­po de jóvenes, entre ellos tam­bién mi sobrino Martín y Nicolás Uriarte. Muchos pertenecían al seleccionado juvenil. Formamos un equipo súper juvenil… y yo, je. Era una linda manera de transmi­tirles muchas cosas para que fue­ran creciendo y desarrollándose. Lo mismo intenté hacer después, en Italia, ya como entrenador.

¿Le pesó a Facundo ser hijo de alguien de tanto renombre?

Lo sufrió mucho porque la gente se lo hacía sentir. Él estaba feliz así y la pasaba bárbaro, le encantaba ir a ver partidos o entrenar conmi­go, pasa que muchos decían que jugaba por ser hijo mío. Esto fue así hasta que demostró que no tenía nada que ver, que nun­ca lo habían llamado por mí, sino por él. Alos 15 años comenzó a demostrar que estaba donde estaba porque se lo me­recía y no porque yo intercediera por él. Ahí empezó a vivir tranqui­lo con esto.

La llegada del entrenador co­reano Young Wan Sohn fue en un momento de recambio en la Selección, y empezaron a hacer giras de 150 o 200 parti­dos. ¿Cómo los convenció?

Con él tomamos mucha experien­cia. Hasta ese momento práctica­mente no se había podido viajar. Además de su capacidad como entrenador, nos dio mucho roce internacional. Hacíamos giras por Asia donde jugábamos 45 parti­dos en 60 días, y después íbamos a Europa 50 días y disputábamos 40 encuentros. Perder tanto nos sirvió para aprender. Creo que habremos ganado el 10% de los partidos que jugamos.

¿Cómo viviste la dictadura en medio del Mundial?

En marzo de 1982 tuve que pre­sentarme a hacer el servicio mili­tar. Tuve la suerte de conocer a al­guien que me metió en la banda de música de Patricios por mi al­tura y porque esa división era la campeona interfuerza de vóley. Estuve solamente un mes y, como arrancamos la parte fuerte de la preparación, tuve un permiso es­pecial para dejar. Ningún cono­cido mío tuvo que ir a Malvinas, pero hoy viéndolo me da muchísi­ma pena y bronca.

¿Qué se te cruzó por la cabe­za cuando recibiste la medalla en Seúl?

Un montón de sensaciones, emo­ciones, llantos… después de tanto esfuerzo era increíble poder estar en un podio. Más que nada el agra­decimiento a la gente que nos ayu­dó a estar ahí arriba, después de gi­ras sin ver a nuestras familias por tanto tiempo. Por suerte estuvo mi esposa los últimos tres días. Le dije que fuera porque sabía que íbamos a hacer algo importante.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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