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Huertas domésticas: secretos para cultivar en el balcón

Como antídoto contra el estrés, para comer alimentos sin agroquímicos, por el simple placer de ver crecer las propias verduras: proliferan cultivos en patios y balcones.

Por Valentina Herraz Viglieca
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Quién no fantaseó alguna vez con irse a vivir al campo, estar cerca de la naturaleza, mirar el horizonte, oler la tierra mojada por la lluvia, escuchar el silencio y ¡¡tener la propia huerta!! Aunque ese sueño no es fácilmente realizable hay algunas maneras de traer un poco de naturaleza y tener una pequeña huerta en la propia casa.

Con el boom de los programas de cocina, muchos pusimos una plantita de albahaca en la ventana o en el balcón. Los más osados agregaron plantas de orégano o de romero. Poco después, casi a la par del desarrollo de almacenes orgánicos y de la entrega a domicilio de alimentos libres de agrotóxicos, muchos porteños sustituimos los malvones  y los potus por tomates cherry o ajíes. En esa transición fueron de gran ayuda los viveros que sumaron plantines de tomates y pimientos a la oferta tradicional de “plantas de exterior”.

“Tengo una huerta modesta en la terraza de mi casa, son cerca de diez plantas entre lechuga, tomates, morrones verdes, acelga, unas cuantas aromáticas y espinaca –dice Rodrigo, músico y docente que vive en Flores Norte–. No es que haya dejado de comprar en la verdulería pero los frutos de mi huerta aportan a la comida diaria.”

Por el trabajo que lleva cuidar las plantas y los resultados que se obtienen, lo de tener una huerta no es una ecuación de costo beneficio. Los que empezaron a cultivar en balcones, patios y terrazas coinciden en que el beneficio se percibe en la salud: es un plus para sacudirse el estrés y las presiones laborales.

“El tiempo que le dedicás es fundamental, se trata de bajar los decibeles y en vez de llegar del trabajo fundida a mirar la tele poder reconectar con otras cosas, las plantas tienen esa función. Llego y voy a la terraza y es aire, naturaleza. Es relajante”, dice Elisa, que vive en un PH a una cuadra de avenida Rivadavia. Para Rodrigo, trabajar con sus plantas también es terapéutico: “Verlas crecer, ver el proceso de desarrollo. Es bello vivenciar que es algo que no sucede en lo inmediato sino que hay que estar, saber esperar y darte cuenta de que creció el primer tomate y estabas ahí: que podés ser constante”.

¿Dónde y cómo?
En macetas, en tachos de pintura, en botellas de plásticos y en casi cualquier recipiente que permita contener tierra crecen las huertas porteñas. Cajones o pallets recogidos de la calle que sirven para construir pisos que aíslen la humedad, macetas verticales para ahorrar espacio. No se trata de un jardín precioso pensado por paisajistas, se trata de encontrar las formas y tamaños que beneficien a cada planta, que respondan a su necesidad.

Elisa insiste en que la función del sol es fundamental y advierte que la luz y el calor son indispensables pero que hay que tener cuidado para que las plantas no se quemen. Junto a su compañera fueron construyendo techos con media sombra y aprendiendo sobre la base de ensayo y error. “Arriba de los macetones fuimos armando un sistema para que tengan luz y sombra, le vamos buscando la vuelta. Nos apoyamos mucho en las sugerencias de internet”.

Efectivamente, proliferan en la web consejos para flamantes horticultores que van desde como aprovechar recipientes para hacer macetas hasta cuales son las plantas apropiadas para cultivar según el lugar y la temporada, o los mejores fertilizantes naturales.
Sol y agua y sobre todo tiempo: tener una huerta es levantarse a la mañana y ver que todo esté bien, sacar los bichos, revisar las hojas. Es llegar de trabajar y regar cuando oscureció, mover las macetas según la cantidad de sol o sombra que necesiten. Rodrigo da clases en su casa, lo que le permite estar allí bastante tiempo. Y eso lo ayuda a sostener su huerta: “No es sólo subir a regar, es limpiar las hojas, sacar los bichos, fumigar sin químicos, es también separar la basura para armar el compost, limpiar recipientes para las nuevas plantas y lidiar con las ratas que se sienten atraídas”, explica.

El compost es un fertilizante natural, que se elabora a partir de desechos orgánicos, de la basura orgánica que se produce en el hogar y se descompone y nutre la tierra. Puede hacerse en un simple cajón de manzanas o en un tacho grande de pintura. Rodrigo cuenta que parte del trabajo diario es “agregar los desechos al compost. Muchas veces de ahí surgen nuevas plantitas porque germinan las semillas que tiraste como basura orgánica. Cuando usás esa nueva tierra puede ser que, sin darte cuenta, hayas ‘pasado’ algo. Hay que identificar si lo que apareció es un yuyo o es una nueva plantita y, entonces trasplantarla para que tenga el espacio y la tierra que necesita”.

Sin porquerías
La huerta hogareña tiene otras ventajas, está libre de tóxicos. “Por más chica que sea la huerta sabés que estás cultivando algo limpio, siempre es mejor un gusanito o una plaga, que lo que se usa para evitarlas. No sólo eso, el sabor es diferente, es el de la infancia”, dice Elisa.

Tomates un poco ácidos y un poco dulces, es lo que repiten quienes los cultivan, celebrando ese fruto que en las verdulerías ya no tiene sabor a nada. Justamente, porque los plaguicidas atacan lo que les da el sabor, que es lo mismo que atrae a bichos y humanos.
Verónica vive en un dos ambientes con un minibalcón. Cuando se enteró de que las frutillas llevan doce plaguicidas distintos probó cómo era tener su propia planta: “No tengo una huerta, tengo una maceta de frutillas. Como son ricas se llenan de bichos y hay que cuidarlas mucho. Pero ese cuidado lo hacés consciente de que no vas a comer veneno”. Y agrega: “Cuando empecé me emocioné y busqué en internet formar plaguicidas naturales mezclando yuyos que espantan a los bichos. Junto agua de lluvia para regarla”.
Por su parte, Rodrigo dice que sus plantas de lechuga no sólo son más ricas que las del verdulero sino que ya no se pone obsesivo a la hora de lavar las hojas. Y aprendió algunas cosas. Por ejemplo, que “a la lechuga se le aprovechan dos ciclos, recolectás las hojas sin sacar el tallo, después del tercer ciclo se pone muy amarga. Y si la dejás mucho al sol crece con flores y da semillas. Cosas que fui aprendiendo en el andar”.

De mano en mano
Por seguir el ejemplo de la abuela, que cuidaba con fervor su albahaca, por experiencia culinaria, porque la información les abrió el mundo de la huerta, o porque simplemente recibieron un plantín de regalo. ¿Cómo hacer una huerta? De las maneras más diversas. Lo que comparten son las ganas de contagiar a amigos, a familiares y, sobre todo, a los más chicos.

“Un amigo que vive en la provincia me regaló un par de plantines, después vino mi sobrino a jugar a casa y le enseñé a plantar: él ya cosechó sus primeros tomates. Y tiene dos años. Yo adopté de mi familia el amor por las plantas y espero que ellos tomen esta posibilidad de tener una pequeña huerta y no sólo flores”, dice Rodrigo con la certeza de quien da un legado difícil de rechazar. Elisa consigue semillas en Liniers pero sabe de otras formas: “Podés plantar semillas de lo que comiste como tomate o morrón, ir a algunos viveros que ya te venden plantines o semillas y si no acercarte a ferias de productos orgánicos –como la de la Facultad de Agronomía– donde reparten plantas y te enseñan a cultivar”.

Las huertas porteñas se expanden también en terrenos baldíos, patios de escuelas y hospitales. Son terapéuticas, ayudan a “bajar a tierra” y a que los más chiquitos entiendan los procesos de crecimiento. De germinar porotos en la primaria a comer el tomatito cherry que uno mismo plantó no hay un abismo, es algo fácil de hacer y lindo para compartir. Da alegría. Hay organizaciones que enseñan a hacer huertas, algunas te cobran por armarla en tu casa y otras no cobran nada si el fin es comunitario.
Tierra, agua, sol, semillas y a ensuciarse las manos con un poco de naturaleza.

Con ayudita de los amigos

La Facultad de Agronomía (UBA) tiene un Programa de Extensión Universitaria en Huertas Escolares y Comunitarias desde 1997. Trabajan con semillas que les entrega Prohuerta, un programa del INTA. Alumnos y docentes ayudan a los interesados, en general escuelas, hospitales, centros de recuperación de adictos, asambleas barriales, comedores comunitarios, entre otros, pueden solicitar ayuda para montar su propia huerta. A partir de que aceptan acompañar la tarea, los asesores permanecen un año ayudando a fortalecer la huerta y se quedan hasta que el trabajo marcha solo. Si es necesario, vuelven.
Programa: 4524-8000 int. 8268 o http://huertaspeuhec.blogspot.com.ar/
Otros: www.facebook.com/

A mi mono le gusta la lechuga

La lechuga necesita que la tierra sea rica en nutrientes, preferentemente tierra de compost o mezclada con humus. El segundo requisito es que el agua drene bien. En esta época se puede sembrar directamente en las macetas, se necesita de un espacio fresco para germinar. Por eso es necesario mantener siempre húmeda la tierra y si hace mucho calor, se pueden enfriar las semillas entre dos hojas de papel secante en la heladera.
Cada lechuga necesita un radio de 25 cm y 10 cm de profundidad. Mientras el sol esté fuerte es preferible ponerlas a la sombra para que no crezcan exageradamente hacia arriba, dando flores y semillas. Si la tierra permanece húmeda las hojas serán tiernas y sabrosas.
El momento de recolectarlas es cuando se van a comer, para hacerlo no se necesita que haya crecido al tamaño final, se puede ir cosechando hojas pequeñas.  Si se cultivan en distintos períodos se podrá tener lechuga todo el año. También se puede atar con un piolín una o dos semanas antes de cosecharlas, de esta forma las hojas permanecerán blancas y no filtrará agua entre ellas evitando que se pudran.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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