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Hotel de los Inmigrantes: Testimonio de una época

Fue el primer lugar al que llegaron millones de inmigrantes procedentes de Europa desde fines del siglo XIX hasta 1953.  Hoy, como Museo de la Inmigración, documenta esa historia.

Por Julián López
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Subir cada peldaño de esa escalera de mármol parece un rito a destiempo, cada escalón combado por el peso de la repetición de los pies que subieron hasta las enormes habitaciones del antiguo Hotel de los Inmigrantes. ¿Cuánto pesa un par de pies para que el mármol se ahueque, o cuántos pies se necesitan para hacer un surco que no es camino, un surco que más bien se mete adentro de la Historia?

La escalera del pabellón de habitaciones de lo que era el Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires es, en sí, un monumento de la historia de la nación, un monumento de la forja de una patria, o por lo menos de parte de esta patria, la parte que suele figurar en los libros y la que se hizo como una gesta pero también como una empresa.

Y conmueve subir esos peldaños y parar en cada uno de los dos pisos a mirar por las ventanas que dan al mismísimo Río de la Plata, ahí, tan cerquita del agua que trajo los barcos cargados de varones y mujeres pobres que vinieron a esta tierra prometida con la promesa de un lugar bajo el sol. Y conmueve pensar que esas miradas desafiando al río y proyectándose al Atlántico, junto al embarcadero en el que el Estado argentino se hacía patente por primera vez para los recién llegados en el control de la documentación y condiciones sanitarias de cada inmigrante que añoraba la tierra que en la mayoría de los casos ya no volvería a ver. Tierras que fijarían su pertenencia y su geografía solamente en el habla, en los acentos de cada región que se aferraron porfiadas en la manera de hablar de los tanos, de los turcos, de los gallegos.

A partir de 1850 nuestro país empezó a recibir colonos pero sólo unas décadas más tarde comenzaron las impresionantes oleadas de inmigración. La Argentina de principios de siglo XX, una supuesta potencia mundial en ciernes, necesitaba fuerza de trabajo, mano de obra para un país que se construía a imagen y semejanza de sus pares más connotados de Europa y América del Norte.

La representación del fenómeno como un crisol de razas, en el que el fuego vivo fundió el hambre, la diversidad y las necesidades, es peculiar y violenta. No resulta tan extraña nuestra historia de exilios después de eso, después de la fundación de una patria que necesitaba poblarse y asegurar el éxito a los capitales dispuestos para multiplicarse rápida y exponencialmente.

Como en un álbum de recuerdos que mezcla lo familiar con lo social, todo el complejo de lo que fue ese albergue famoso conmueve. Un grupo de edificios que hoy muestran la actividad de una repartición pública que conjuga intereses: los referidos a los inmigrantes que llegan hoy en día, una paleta en la que como nunca antes se mezclan los colores africanos con los latinoamericanos, hasta el museo que da cuenta de los que llegaron entre principios de siglo XX y 1953, año en que el hotel dejó de prestar sus servicios como tal. Parte de las instalaciones son lo que hoy es el Museo de la Inmigración, desarrollado por la Universidad Nacional de Tres de Febrero, dirigido por Aníbal Jozami, confirma algo que genera orgullo: el hermoso preámbulo de la Constitución de la Nación argentina, que desde 1853 mantiene vigente el anhelo de recibir a “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”.

En el mismo sitio donde las familias dormían en literas de hierro y lona tiene lugar la muestra permanente en la que pueden verse los archivos de cada persona que llegó a este suelo, las fotografías de esas barracas llenas de gente en uno de los tránsitos seguramente más difíciles que le puede tocar a una persona. Allí pueden verse los libros de la época, los diccionarios pequeños para resolver lo urgente, las cuatro salas dormitorio que albergaban a 250 personas y los comedores con sus mesas larguísimas y sus piletones para el aseo.

En esos espacios también puede verse la exposición “Miradas insobornables: imágenes en presente continuo”, curada por el alemán Alfons Hug, en la que 16 artistas de todos los continentes muestran sus visiones, con el video como único soporte, sobre el fenómeno universal de los migrantes. Chile, Argentina, Croacia, Turquía, Afganistán y Panamá son algunas de las nacionalidades que forman parte de ese mosaico de miradas sobre uno de los fenómenos más brutales de la historia de las sociedades.

Todo el predio muestra una concepción imponente. La idea de lo institucional es de proporciones argentinas: todo es gigante y fastuoso y por la reconstrucción de la memoria en esos espacios pueden intuirse momentos de los cinco días que el Estado argentino ofrecía gratuitamente a los recién llegados.

En esas cinco jornadas los inmigrantes debían resolver su situación en el país y para eso asistían a clases de oficios, a oficinas en las que se anotaban según sus aptitudes laborales y desde las que se intentaban las colocaciones pertinentes. Eran cinco jornadas en las que debía definirse un destino que incluía a todo el grupo familiar y muchos de los recién llegados eran derivados a las diferentes provincias argentinas según la experiencia que trajeran de sus países en la siembra y la cosecha.

En cinco días con sus noches todos debían encontrar lugar en la tierra que se ofrecía como el paraíso de la abundancia; todos, salvo los mayores de sesenta años y los enfermos que directamente no embarcaban en los puertos de origen generalmente europeos. Cuando en alguno de los barcos cargados de inmigrantes se producía un brote de alguna enfermedad contagiosa, los buques tenían orden de atracar en la isla Martín García en cuarentena y no llegar al puerto de Buenos Aires: eran tiempos del higienismo y se necesitaban brazos fuertes para construir una nación.
La historia del Hotel de los Inmigrantes en el barrio de Retiro, al costado de la sede de los tribunales de Comodoro Py, a la altura del 1355 de la avenida Antártida Argentina, un complejo de cuatro pabellones construidos entre 1906 y 1922, muestra las luces y las sombras de un fenómeno que definió y sigue definiendo nuestra propia historia.

Más allá de una mirada en la que prevalezca un romanticismo voluntarioso, visitar el predio, conocer de cerca la muestra permanente que expone los objetos de entonces atravesados por la mirada actual de los artistas, es la posibilidad de contacto profundo con las ideas, los discursos y los contra discursos que encarnaron buena parte de la nación argentina.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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