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TEMAS DE LA SEMANA

Horacio González:’El peronismo tiene una idea de la felicidad pública’

El director de la Biblioteca Nacional analiza la adhesión popular a los festejos del Bicentenario.

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Es inevitable la referencia, el guiño borgiano que representa el laberíntico y babélico edificio de la Biblioteca Nacional. Una arquitectura (Clorindo Testa, circa 1961) que parece sacada de Blade Runner o Brazil. Babilonia gaucha pero sin gauchos, clavada en la pampa porteña, recorrida y oxigenada diariamente por miles de visitantes, unos 500 empleados y un director que llegó desde la intelectualidad nac & pop.

Horacio González, uno de los nombres que le ponen marco teórico a eso que él prefiere no llamar «kirchnerismo», se encarga en el primer piso de este monstruo de concreto, no sólo de la tarea lúdica que puede imaginarse cuando se piensa en libros, sino también de lidiar, por ejemplo, con cuestiones gremiales (el día de la entrevista con Diario Z la puerta de la Dirección estaba empapelada con reclamos de UPCN). En ese contexto (¿burocrático?) el hombre se da un tiempo para compartir reflexiones sobre los estertores del Bicentenario, que, sí, todavía zigzaguean no sólo entre los análisis de politólogos y dirigentes, sino también, y se agradece, entre los que siguen pensando al país.

¿A un mes de celebrado el Bicentenario, qué viene ahora?
Bicentenario es una palabra que apareció hace un par de años y este último mes vivimos la manifestación explícita de lo que encierra. Es la palabra del año, casi un talismán, algo muy sugestivo pero que puede convertirse en impenetrable. El día final del Bicentenario se vio la forma de desatar esta paradoja a través del grupo Fuerza Bruta.

Se sigue hablando mucho del contraste entre la masividad de los shows en el Obelisco y lo que fue la reapertura del Colón. ¿Hay allí dos ideas de ciudadanía?
El Colón con La Bohème y El lago de los cisnes por un lado, y el Chaqueño Palavecino en simultáneo en la 9 de Julio por otro, no me pareció una confrontación como muchos vieron, porque Palavecino y Tchaicovski no dejan de ser los grandes arquetipos donde se cierran, concluyen y rematan la herencia de lo popular y el legado de la danza y la ópera. Pero son formas cerradas, rutinarias, tienen su vitalidad y la apelación a su público, en un caso masivo, en el otro supuestamente exclusivo en el Teatro Colón.

¿Fuerza Bruta rompió con eso?
A ambos los cuestionó la forma en que se combinó tecnología, grandes aparatos de traslado, circo, alegorías no abusivas, al mismo tiempo que un teatro popular de calle con interpelación al sentimiento colectivo inmediato; el frío, el calor, el fuego… En ese sentido encontró su público ideal y el público encontró una nueva perspectiva artística para escapar del Chaqueño y El lago de los cisnes. Sin despreciarlos, pero son dos públicos con formas ya cerradas. En cambio Fuerza Bruta propuso otros sistemas. El contacto de lo humano con la gran aparatología, lo gimnástico siendo el resumen de todas las artes. Eso marcó un nivel político muy importante.

¿En estas últimas semanas se rompió con lo que es el relato de la actualidad según los medios?
El deseo no traducido en palabras de los medios adversos al Gobierno era el de un Bicentenario pobre, encogido, restringido respecto de la aceptación popular. Eso no pasó y reveló algo interesante. Se inauguró una nueva relación con la Ciudad, un usufructo de espectáculo al aire libre, al mismo tiempo que la disposición de una memoria histórica, que es un tema a analizar, y que ha dado lugar a una subliteratura interesante también, que es el rechazo al Bicentenario.

¿De qué manera?
Hay algunos escritos de literaturas antinacionalistas, que rechazan los grandes conglomerados que circulan alrededor de símbolos patrióticos, como si fueran una invitación a cerrar la historia y construir autoridades dictaminadoras, incómodas para la conciencia libre. En estos últimos días seguí con atención esos artículos, que tenían en común, leyendo a Alan Pauls, a Daniel Guebel… y no quiero referirme al de (José) Eliaschev (publicado en el diario Perfil), un artículo de mal gusto y equivocado… Pero los escritores del descubrimiento de lo íntimo como una nostalgia y un problema marcan una posición muy minoritaria. Lo que vimos en las calles no eran multitudes homogéneas, pero produjeron un hecho histórico nuevo.

¿Es acertado entonces hablar de un cambio de humor social?
Por supuesto. Yo no pensé que iba a haber tanto arraigo y tanta movilización, pensé que iba a ser problemático y un poco más forzado. Un conglomerado feliz no es fácil, el sentimiento de libre circulación entre un público muy denso es un lindo sentimiento. Un pueblo muy poroso, rozando cierta heterogeneidad y que tenía la facultad de hacer circular un hilo de la historia que se veía como novedoso, contando los capítulos de una historia desgarrada, sacrificial. Una idea sensorial del arte. Con el tiempo se verá si eso tiene resultados o no.

¿Como pensar a la política de aquí para adelante, cuando parecen llegar tiempos de choque?
Después del momento de encanto viene el del choque político. La gran incógnita es si el momento de encanto, de paralización dramática del conflicto, puede continuar así. El Bicentenario fue el nombre de la celebración y ahora es el nombre de una tarea interpretatitva, en medio de un con flicto que sigue. Las fuerzas han cambiado, en nombre, en su expresión, y se están recolocando todas en función de 2011. La pregunta sobre quién pudo movilizar, quién capitaliza, a quién beneficia, es complejísima. Y nadie se atrevió a decir «esto nos corresponde». Ahora sobrevuela la pregunta de cómo se reconstituye lo popular.

¿Puede verse a Néstor Kirchner como quien interpreta eso para un segundo mandato?
Si Kirchner está destinado a un nuevo capítulo, sabe muy bien que no puede reiterar nada, nadie puede hacerlo. Ni siquiera el nombre de Alfonsín puede reiterarse. Quien vaya a esbozar su vida política en base a una reiteración podrá encontrar sólo al principio el abrigo de cierta nostalgia. La cita de 2011 es un desafío para todos, para los que sostengan la continuidad de lo que se ha hecho y para la oposición, que tiene tantos costumbrismos, arquetipos y lugares comunes como las fuerzas del gobierno. Ganará el que pueda deshacerse de la mayor cantidad de arquetipos propios.

¿Acaso el votante no busca arquetipos?
Por eso, el Bicentenario fue un lugar de aceptación de los arquetipos de la cultura de masas y la más elaborada, a través de la pantalla partida de Tchaicovski y Palavecino. Creo que el sentido común, que es arquetípico, va a proporcionar una visión para asentar lo que se quiera decir, pero lo que se quiera decir van a tener que ser novedades. Cuando las escuchemos las percibiremos.

Alguna vez relacionaste los gobiernos de Perón con la idea de un pueblo feliz. ¿Podrá construirse o retomarse aquella idea?
El peronismo tiene una idea de felicidad pública, pero relacionada con las grandes tragedias. Creo que hoy sería bueno construir un período de felicidad pública y al mismo tiempo los instrumentos para conjurar tragedias, por lo que tiene que ser una felicidad situada, específica, capaz de reconocer los problemas y no que anule las grandes acechanzas. Felicidad y conjura de las acechanzas creo que es la fórmula más adecuada.

Fuente Redacción Z
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