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TEMAS DE LA SEMANA

Hora de balance: Victorias, derrotas, pedazos

Que el kirchnerismo sigue siendo primera minoría nacional y la fuerza más organizada es un argumento complementario. La campaña sostenida de los medios opositores para esmerilar al oficialismo y construir alternativas electorales no puede desdeñarse pero está lejos de explicar todo. 

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fpv_bunker_brigo_6_25238 TŽlam, Buenos Aires, 12/08/2013 La presidenta Cristina Fern‡ndez de Kirchner festeja junto al candidato a diputado, Mart’n Insaurralde y al gobernador Daniel Scioli tras conocer los resultados parciales de las PASO, en el bunker del Frente para la Victoria. Foto: Carlos Brigo/TŽlam/cf Foto: Carlos Brigo/TŽlam/cf

La sorpresa no fue sólo la baja elección hecha por el kirchnerismo en la suma nacional: cinco puntos por debajo de su marca en 2009. La sorpresa es lo lejos que estuvo el oficialismo –dirigentes, voceros, sus medios cercanos– de prever ese resultado. La ausencia de esa percepción explica en buena medida lo sucedido: dificultades de escucha y de interpelación, negaciones, una cierta tendencia oficial (según lo definió el escritor Juan Sasturain) a lo autocelebratorio. Es cierto que el silencio previo de un par de consultoras cercanas al Gobierno se hacía elocuente y es cierto que en términos generales las encuestas porteñas y bonaerenses se acercaron a los cómputos finales, pero no a lo que finalmente sería la escala nacional y menos a lo sucedido en muchas provincias. Es cierto que el kirchnerismo sigue siendo primera minoría nacional y la fuerza más organizada. Pero ese argumento obvio es pobre en el análisis general y sólo complementario de otras lecturas posibles de las elecciones.
El que escribe se queda con una idea central del resultado y con una pregunta que trasciende al escenario de 2015. La idea general: el país quedó partido en pedazos (siempre se enfatizó en esta columna en la noción de los fragmentos) de representaciones políticas débiles o meramente territoriales, geográficas. La pregunta obviamente ya no tiene que ver con el fetiche opositor de la re reelección. Ni siquiera con las condiciones en que el kirchnerismo dé la batalla presidencial de 2015. La pregunta es que será del kirchnerismo que hoy conocemos, suponiendo una derrota en 2015, como fuerza nacional. Hay argumentos que pueden aportar a favor del oficialismo: cohesión interna, una cierta identidad que otros no tienen o eluden, militancia, construcciones territoriales, el liderazgo de Cristina Fernández (habrá que ver también qué elige hacer con su vida) y una presencia muy fuerte en el Congreso con legisladores mayoritariamente alineados con la Presidenta. Hay argumentos que pueden hacer pensar en una dispersión futura: el tradicional efecto Big-Bang en el peronismo, cuando intendentes o gobernadores eventualmente huelan que el poder está en otro lado.
Otra idea central: nada de lo que eventualmente pueda perder el kirchnerismo, aun los votos, implica por ahora, exactamente, un fortalecimiento serio de las alternativas opositoras. El liderazgo de Sergio Masa es incipiente, puede crecer, pero le falta mucho recorrido. Toda construcción opositora futura, hoy, parece endeble, y lo mismo las perspectivas de la gobernabilidad a partir de 2015. Ni qué hablar de los rasgos a la vez elusivos, inconsistentes y conservadores de esas alternativas de gobierno.

Pedazos de corazón
El domingo pasado, ya cerca de la medianoche, impresionaba ver en los cuadros de la web oficial (una posibilidad de seguimiento de los comicios eficaz y transparente) no sólo la muy fuerte caída del kirchnerismo en distritos impensados y en los previstos, los de mayor población. Impresionaba ver además que debajo de las categorías FPV, radicalismo, Frente Renovador o lo que fuera, aparecía una palabrita llamativa. Esa palabrita era y es “otros”. Pues bien: debajo del Frente para la Victoria, el massismo, el panradicalismo, “otros”, en el total nacional, da una suma de fragmentos que equivale a casi el 40% de los sufragios.
A esto le llama el que escribe un país partido en pedazos de representaciones débiles. También es “pedazos” la elección apenas correcta del PRO en Capital y floja a escala nacional. También es “pedazos” el éxito de José Manuel de la Sota en Córdoba, que se sustenta sólo en un tercio de los votos. Lo mismo el éxito radical en Santa Cruz, explicable por la partición del peronismo (sugestivo desde hace años: se va el vértice de poder de Santa Cruz y Santa Cruz explota).
También el interesante éxito de UNEN (se habló aquí de la potencialidad que iba a tener esa casi excepcional experiencia de internas abiertas reales en Capital) debe atravesar la prueba de fuego de la continuidad en el tiempo, conociendo muy especialmente la capacidad dinamitadora de Elisa Carrió.
El ascenso de la izquierda es un dato valioso y remarcable. Más de 900 mil votos. Es mucho para una izquierda llamémosle clásica. No dejan de ser sin embargo “sólo 900.000 los votos”. Hay una aproximación posible acerca de ese buen comportamiento electoral, quizá riesgosa: el ascenso del kirchnerismo elevó el techo de las radicalizaciones posibles en el país, radicalizaciones positivas, aunque más de las otras.

Razones de la derrota 
Hay infinitas lecturas posibles y complementarias que pueden explicar la mala elección oficialista. Las primeras ya se sugirieron más arriba: encierro y mala escucha. Hay otros tres planos fundamentales. Uno es el amesetamiento en la gestión y una mala respuesta a problemas de años: inflación, los problemas de seguridad y el explotamiento mediático y político del tema, el manejo irritativo del dólar, cierta ausencia de novedades potentes, la falta de tiempo para que planes de largo aliento como el Procrear o la recuperación de YPF o una cierta vigorización de las políticas de transporte incidieran en la macroeconomía y la vida cotidiana.
Otro plano tiene que ver con golpes muy fuertes recibidos a lo largo de estos últimos años: denuncias por corrupción verosímiles o forzadas, la tragedia de Once como colofón de una mala política de transporte. Tercer nivel: un clima de opinión que combina el exceso polarizador con un cansancio de época. La campaña estructural, estratégica y sostenida de los medios opositores para esmerilar al oficialismo y construir alternativas electorales no puede desdeñarse en absoluto pero está lejos de explicar todo.
La última estación de esa construcción mediática es Sergio Massa. Pero Sergio Massa a la vez mostró una doble virtud: la de construir territorial y políticamente (lo que no hicieron Daniel Scioli y Mauricio Macri) y un discurso elusivo, amable, que evitó las rabias polarizadoras.
No es fácil saber qué razones jugaron para que en diversas provincias muy distintas, donde según el caso gobiernan mandatarios conservadores populares, también cayeran los votos kirchneristas. ¿Los debates ambientales influyeron en La Rioja o San Juan o Mendoza?
Y si es así, cosa que es meramente hipotética, ¿las oposiciones provinciales tienen acaso estrategias distintas de cara a las actividades extractivas?

 

dz/lr

Fuente Especial para Diario Z
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