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Historia de los cambios en parques y plazas

Por Antonio Elio Brailovsky.

Por Antonio Elio Brailovsky
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La iniciativa de habilitar prestadores privados de servicios en parques y plazas responde a una concepción del espacio público que supone que un sitio con instalaciones es mejor que un sitio sin ellas, y que el modelo de continua oferta de bienes y servicios que caracteriza a nuestra sociedad debe extenderse a sus espacios verdes. Se trata de un punto de vista, pero no del único posible. Antes de decidir nada, antes de apurarse a concesionar nada, nos debemos una discusión participativa sobre las funciones y uso de los espacios verdes. ¿Para qué los queremos? ¿Cómo los vamos a usar?

Los parques diseñados por Carlos Thays a fi­nes del siglo XIX tenían restaurantes, teatros y po­dían ser recorridos en trencitos de trocha angosta. Su usuario ideal era del sexo masculino (las dife­rencias en los sanitarios para varones y mujeres en las confiterías no dejan dudas) y adulto, no ha­bía espacios para juegos infantiles. Thays suponía que los espacios verdes eran obras de arte, que el usuario debía recorrer para admirarlos, a paso lento, reconociendo las distintas visuales, que va­riaban con los ángulos de mira y las estaciones.
Entre 1930 y 1950 se agregan equipamientos deportivos, como las demolidas, recicladas o desac­tivadas piletas de Núñez, de plaza Salvador María del Carril, o la de Parque Avellaneda. También el pe­ronismo agrega juegos para niños, incorporando al usuario infantil, junto con los carteles: «En la nueva Argentina los únicos privilegiados son los niños».

Y en la década de 1960 se vuelve a los teatros en las plazas, como el del Botánico. Tenemos que recordar también la magnífica campana acústica del Rosedal, volada con explosivos en un atentado contra la cultura nacional en la década siguiente.

Casi siempre, predominó el criterio de que un es­pacio verde es un espacio vacío, que debe ser llena­do rápidamente con algo, casi no importa con qué. Así, se entregó en concesión o en propiedad la mitad del parque Tres de Febrero. Desde la Sociedad Rural hasta el Automóvil Club, todo el que tuvo capacidad de presión se quedó con un pedacito de Palermo. Lo mismo ocurrió en todas partes: el mercadito vendido ilegalmente en plaza Salvador María del Carril o la escuela de fútbol en Parque Las Heras.

El planeamiento urbano hizo lo mismo: el Mu­seo de Ciencias Naturales, el Instituto Pasteur y la Asociación Amigos de la Astronomía tienen su lugar en el Parque Centenario, donde también se desactivó parte del espacio verde para un estacionamiento. Se construyó una parroquia en Parque Las Heras y la última dictadura diseñó una autopis­ta que atravesó todos los espacios verdes posibles.

Al mismo tiempo, la Universidad de Buenos Aires nunca supo qué hacer con el inmenso par­que de Ciudad Universitaria, donde sobran los es­tacionamientos y faltan los bancos para que los estudiantes se sienten a leer a la sombra. Pode­mos agregar que el loable propósito del Parque de la Memoria se pierde por un diseño elitista que no invita a que nadie lo use.

En síntesis, la historia de nuestros espacios ver­des es confusa y apurarse a concesionarlos sin te­ner antes un profundo debate sobre qué queremos hacer con ellos sólo puede aumentar la confusión.

DZ/km

Fuente Especial para Diario Z
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