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“Hay un pasado que está esperando que lo recuperemos”

Es uno de los mayores expertos en arqueología urbana del país y se ha dedicado a estudiar a Buenos Aires. Afirma que hay un patrimonio muy rico por descubrir y sueña con que le permitan excavar en la Plaza de Mayo.

Por Eduardo Diana
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Debajo de las baldosas, la Ciudad de Buenos Aires guarda una parte importante de su historia. En túneles y pasadizos, en los escombros de una antigua casa que fue demolida o en los pedazos de vajilla, botellas y restos de comida tirados a la basura hace siglos se puede interpretar cómo era la vida cotidiana en el pasado. Daniel Schávelzon es uno de los pioneros de la arqueología urbana de la ciudad de Buenos Aires. En diálogo con Diario Z, afirma que la ciudad de Buenos Aires tiene un gran potencial arqueológico, pero advierte que hay que apurarse a recuperarlo porque está amenazado por el acelerado desarrollo inmobiliario.

¿Qué se aprende excavando en Buenos Aires?
Lo que tratamos de saber es porqué somos como somos. Los porteños tenemos nuestras propias peculiaridades y características, y toda característica tiene una historia. Nada es porque sí. Buscamos aquello que, a lo largo de los siglos, la historia oficial no nos termina de explicar. Y excavar nos permite encontrar la basura, algo que hoy es patrimonio cultural pero que en su momento se descartó porque no servía, porque había pasado de moda o porque por algún motivo se la quiso esconder.

Es una ciudad joven. ¿Tiene riqueza arqueológica?
Claro que sí. Por dos motivos. Primero, porque lo que hay en el subsuelo es lo nuestro. No importa si tiene 5 mil años o quinientos. Si nuestra historia tiene quinientos años, tenemos que trabajar sobre ese lapso de tiempo. En segundo lugar, Buenos Aires es una ciudad con un enorme recambio inmobiliario, lo cual implica que las demoliciones son tremendas. Prácticamente no queda nada de los primeros tres siglos de historia de Buenos Aires. Fue demolido, como parte de una política y concepción del progreso que fue barriendo con todo. Pero gracias a eso tenemos un gran patrimonio arqueológico, porque cuanto más se destruye, más queda en el subsuelo. La basura y el escombro cambian de lugar, pero siempre quedan en algún lado.

¿El desarrollo inmobiliario es una amenaza para el patrimonio?
Sí. Buenos Aires es una ciudad dinámica y con muchos cambios, que ya perdió la enorme mayoría de su patrimonio y lo poco que queda está reconstruido. La ciudad tiene que crecer, el tema es cómo lograr que se pueda hacer arqueología en medio de ese recambio inmobiliario. No es difícil, muchos países lo hacen.

¿Se considera esa posibilidad?
Sí, pero cuesta. Muchos ingenieros y arquitectos nos avisan cuando van a empezar una obra para que vayamos a ver qué encontramos. Es una cuestión voluntarista. Estamos peleando para que sea un tema de Estado, pero cuesta porque para muchos inversionistas y desarrolladores inmobiliarios, todo lo que se suponga que atenta contra la velocidad de recuperación de su inversión es negativo.

¿Cómo empieza una investigación?
Hay dos maneras. Una de ellas es mediante proyectos, que surgen de una pregunta. Por ejemplo, porque hay interés en saber cómo fue el proceso por el cual un barrio se integró a la Capital. Entonces se sale a cavar en ese barrio y en las zonas aledañas para entender qué paso. La otra es cuando nos avisan que están haciendo un pozo para construir un edificio y están sacando montones de huesos.

¿Los porteños de hace dos o tres siglos, se parecían a los de la actualidad?
En algunas cosas sí y en otras, no. Antes de la Independencia, el 35 por ciento de los porteños eran africanos o afrodescendientes. Desde la fundación de Buenos Aires hasta 1810, la mayoría de los utensilios y objetos que estaban en las mesas de la ciudad venían de Brasil. Los niveles medios y altos de la sociedad hablaban portugués, porque de otro modo no se podía hacer un negocio. La ciudad sobrevivió a partir del contrabando negrero con los portugueses a través de Brasil. En lo que se parecía aquella sociedad a ésta era en la viveza criolla. En esa época se decía: “acato pero no obedezco”. Otra similitud es que Buenos Aires hoy es una ciudad multiétnica y multicultural. Y antes era igual. Y las reacciones también son iguales. La culpa de todo siempre la tiene “el otro”.

¿Hallaron restos de comida?
Hace cien años la base de la alimentación eran el pescado y el cordero, porque la mínima unidad de vaca que se vendía era una pata, que pesaba 80 kilos. No había heladeras para conservarla. También se comían muchas aves, especialmente palomas, porque eran unidades pequeñas. Y la carne de vaca se comía hervida, porque el animal andaba suelto y tenía una carne durísima, era puro músculo.

Se dice que los jesuitas construyeron una red de túneles que se usaron para esconder tesoros, contrabandear o permitir que los gobernantes escaparan. ¿Es así?
En un 99 por ciento es un mito, pero me parece fantástico que la sociedad construya sus mitologías. En una ciudad en la que se destruye el patrimonio, la gente deposita debajo del suelo todo lo que le hubiese gustado que ocurriera.

Pero, ¿existe esa red?
Se intentó, como en muchas ciudades de América Latina, organizar un sistema defensivo. Lo que queda son los pedacitos que se hicieron. No se pensó en construir una gran red, porque hay que tener en cuenta que Buenos Aires en esa época era una ciudad de 15 cuadras de largo y seis de ancho. La parte más grande de los túneles está en la Manzana de las Luces, el tramo más extenso tiene unos 40 metros. Es un agujero en el piso, que a veces mide 50 centímetros. El túnel era para escaparse y salir a la casa de al lado. El resto es imaginación.

¿Tuvo oposición de una familia o de los seguidores de algún personaje público?
Sí, en algunos casos hubo gente muy ofendida. Cuando excavamos en el caserón de Juan Manuel de Rosas, en Libertador y Sarmiento, en el primer día de investigación nos fajaron los rosistas, porque decían que era una profanación.

¿Les pegaron?
Nos dieron durísimo. Nos pegaron con palos a mí y a todos los chicos del equipo que estaban trabajando. Pero lo curioso fue que al día siguiente nos fajaron los antirrosistas, porque decían que habíamos despertado el interés en Rosas. Pero la cosa no terminó ahí. Una semana después, una asociación de maestras hizo un acto de desagravio a Sarmiento, porque al lado del caserón de Rosas está el monumento a Sarmiento y había corrido el rumor de que íbamos a demolerlo. No volvimos a cavar más en ese lugar. Era una situación demencial. La gente confunde ciencia con ideología. Yo tengo mis ideas pero no las mezclo con mi trabajo científico. Eso fue en el 85, un momento de mucha efervescencia política.

¿Dónde le gustaría excavar?
En Plaza de Mayo, nunca me lo permitieron. Ahí se fundó Buenos Aires, ahí pasó todo. En la mitad que está frente a la Catedral, en 1910 se iba a levantar un enorme monumento y está el subte, ya no hay nada ahí. Pero la otra mitad de la plaza está sin tocar. Es muy difícil conseguir el permiso.

¿Cuál fue el hallazgo que más lo conmovió?
Las excavaciones de desaparecidos es un tema muy fuerte. Eso creo que es lo que más me movilizó. He trabajado poco en ese campo, porque me sensibiliza demasiado. Al margen de ese tema, lo más importante para mí fue comprobar que Buenos Aires tiene 450 años de pasado que están esperando que los recuperemos. Y si no lo hacemos, estamos desperdiciando un patrimonio excepcional. Somos la última generación que puede hacerlo, porque a este ritmo de demolición, en 20 años no va a que a quedar ni una casa antigua. Todavía podemos hacer arqueología.

 Perfil

Desde la década del 80, busca en el subsuelo las huellas de la historia no oficial de los porteños. 
Daniel Schávelzon es arquitecto y director del Centro de Arqueología Urbana de la UBA, que fundó en 1991. También dirige desde 1996 el Área de Arqueología Urbana del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. 
Trabajó varios años en México y en Ecuador, publicó más de 20 libros y obtuvo varios premios internacionales, entre ellos la Beca Guggenheim.

Preguntas de la A a la Z

A. Edad: 62 años.
B. Barrio donde vive: Núñez.
C. Estado civil: Divorciado y en pareja.
D. Signo: Escorpio.
E. Religión: Ninguna.
F. Equipo de fútbol: Ninguno.
G. ¿Sus hijos van a escuela pública o privada? Escuela privada.
H. Nivel educativo: Universitario, soy arquitecto.
I. ¿Cree en la amistad entre el hombre y la mujer? Sí.
J. ¿Qué vicio le gustaría dejar? El sedentarismo.
K. ¿Hace terapia? No hago actualmente, pero he hecho.
L. ¿Qué está leyendo? Todo el tiempo leyendo documentos técnicos y libros de arqueología.
M. ¿Cuál es su lugar preferido de la Ciudad? Palermo, la zona sobre avenida Sarmiento.
N. Infusión favorita: Mate.
Ñ. De chico, ¿qué quería ser cuando fuera grande? Arqueólogo.
O. Dibujito animado preferido: Ninguno.
P. Una salida nocturna: Ir a exposiciones de arte.
Q. Su comida preferida: El bife de chorizo, pese al colesterol.
R. Un defecto: Obsesivo.
S. Una virtud: La constancia.
T. Un personaje preferido: Juan Bautista Alberdi.
U. Un hecho que le cambió la vida: Mi segundo matrimonio.
V. ¿A qué hora se acuesta y se despierta? Me acuesto a las doce de la noche y me levanto a las 8 de la mañana.
W. Cena en su casa: Sí.
X. Un programa familiar preferido: Salir todos juntos de vacaciones.
Y. Una cábala: No tengo.
Z. ¿Cuál fue su primer trabajo y a qué edad? A los 18 años en un negocio de venta de alfombras. Me encargaba de tomar las medidas de los ambientes de las casas donde se iban a colocar las alfombras.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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