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Gusto de vos y soy tu ninfómana

Vera Killer se vuelve loca, se arranca la ropa por un muchacho al que podría tener (o no) secuestrado. El Dr K. dice que la angustia genera compulsión sexual, pero no excusa a la columnista desaforada.

Por Vera Killer
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vera killer 4

Él es tan lindo que cuando lo veo se me cae la ropa. Ésa es una frase que suelo decir como eufemismo, pero en este caso es literal. En serio. Es como si los breteles no resistieran sobre mis hombros cuando aparece. Se acerca un poquito y el elástico de la bombacha se me afloja. Me mira y uh, me habla y pum.

De verdad, creo sinceramente que hay  una fuerza superior que me desnuda ante su presencia. Si no, no se explica. ¿Cómo es que por sólo ver esas patillas pelirrojas que terminan en el inicio de sus quijadas yo pierda el vestido? ¿De qué forma se extravía mi ropa interior ante sus brazos fibrosos y repletos de pecas? ¿Eh?

Él es tan lindo. Lindo de esos que querés estrujar. Lindo absolutamente imperfecto. Lindo mugroso, lindo justo para mí. Es tan lindo que cuando lo veo me da hambre. Sí, siento angurria y quiero saborearlo. “Sos morfable”, le explico siempre y tengo que aguantarme las ganas de morderlo. Es una frutilla. Exótico, delicioso.

Se turba apenas, en apariencia, cuando lo lleno de elogios. Se hace el que matiza las cosas y dice “mirá vos”, pero también me muestra cómo crece su pantalón y me provoca con su sonrisa de gusto, una que es así para el costado con hoyuelo. Divina, volcánica.

Es el chico al que le digo más piropos. En realidad el único. No sé por qué, pero es como si no me alcanzara con tocarlo. Me gusta tanto que me desespera un poco. Y todo lo que quiero hacer con él es primitivo. Me da calor tenerlo cerca. Literal. Y claro, es lógico que entonces se me caiga la ropa. ¿No?

Me gusta mucho besarlo, apretar con él como si tuviéramos 16 años y llegar al punto del delirio absoluto. Como si no supiéramos si vamos a hacer algo más o no. Refregarnos a través de su jean, retorcerme como una gata en celo y arrancarle la ropa.

La última vez que lo vi lo tuve secuestrado diez días. No hay forma de que me sienta satisfecha aunque nos revolquemos sin parar. A veces tengo que pedirle que pare, que se vaya, incluso, porque me gusta tanto que me agoto de disfrutarlo. “Sos insaciable, vos”, me dice  siempre. Y es cierto, lo soy. Con él, de él.

Fuente Redacción Z
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