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TEMAS DE LA SEMANA

Guido, el nieto que se encontró a sí mismo

Hijo de los militantes Laura Carlotto y Wilmar Montoya, eligió hacerse el ADN y así halló a la abuela que lo había buscado durante tres décadas.

Por Olga Viglieca
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guido_nieto_carlotto

Cómo habrá sido el primer amane­cer de saberse uno y otro?

“Ese lugar en la mesa que lo espera, ahora no estará vacío”, dijo el martes Estela Barnes de Carlotto con la cara serenísima pero iluminada por la feli­cidad mientras medio país, una servidora y su señora esposa llorábamos a moco tendido frente a la televisión. Mientras, el twitter y fa­cebook y whatsapp ardían de emoción y de alegría. Mientras, la noticia de que Guido te­nía al fin un rostro y llegaba al abrazo de las Abuelas se convertía en trending topic mun­dial, es decir uno de los temas más repetidos en internet.

“Él me buscó. Se cumplió aquello que de­cíamos las Abuelas: ellos nos van a buscar”, dijo Estela, con la sencilla, humana convic­ción con la que una abuela, sin muchas pre­guntas, anuda una bufanda en el cuello del nieto un día de frío o le alcanza una porción más de torta.

¿Y cómo habrá sido el primer día de él? De ese muchacho de mirada limpia y un poco tímida, que en las fotos casi siempre está sen­tado detrás de un piano? ¿Cómo habrá sido sentirse de repente tan amado?

¿Cómo será saber que se ha llegado a un punto del destino que lo convierte en alegría y con­suelo para tantos? Para las abue­las y tíos y primos que lo busca­ron con ahínco. Pero también para todos los que los sentimos –a los que faltan, como él hasta ayer– como un hueco, como una grieta, como una deuda con los compañeros de nuestra generación –sus pa­dres–, como una amenaza que pende sobre nuestros hijos.

Guido –o Ignacio, él sabrá como llamar­se en el futuro– nació en La Cacha, un centro de detención y maternidad clandestina que estaba al lado del Penal de Olmos, en La Pla­ta. Los genocidas han mostrado un sentido del humor acorde con sus prácticas: la Cacha por la bruja Cachavacha, la que se llevaba a los niños. La que secuestraría a los bebés que nacieran de las mujeres allí cautivas.

Guido nació de Laura, que vio cómo mataban frente de ella a su amor, Walmir “Puño” Montoya, un muchacho de Cale­ta Olivia. Estudiante de Historia de la Uni­versidad de La Plata, como ella. Como ella militante en Montoneros. Le permitieron abrazar a su bebé unas horas y después se lo sacaron para siempre. Antes, ella le su­surró muchas veces al oído: “Guido, como tu abuelo”.

Esa chiquilina de 23 años, hermosa y alti­va, había amenazado a sus captores con que su mamá, Estela, los iba a perseguir por siem­pre. Y décadas después de que le entregaran su cadáver envuelto con papeles de diarios, Estela seguía diciéndole en un soliloquio in­terminable: “Tranquila hija, que sigo”.

Cómo será para el muchacho de Olava­rría leer por primera vez la carta que le es­cribió Estela cuando cumplió 18 años. Cómo será haber elegido la música y el jazz como pasión de vida y leer el vaticinio de la abuela, de 1996: “Y buscarás en el rostro de tu ma­dre el parecido y descubrirás que te gusta la ópera, la música clásica o el jazz (¡que anti­güedad!) como a tus abuelos. Escucharás Sui Generis o a Almendra, o Pappo, sintiéndolos en lo profundo de tu ser porque así lo sentía Laura. Despertarás, querido nieto, algún día de esa pesadilla, y nacerás para tu liberación. Te estoy buscando.”

Cómo será escuchar a la otra viejita, Hortensia Ardura, docen­te como él, que enseña músi­ca, llorar en el teléfono “tengo un nieto, tengo un nieto que es igual a su papá, que es igual que mi hijo”. Y saber que la Sala de Música de ese pueblito del fin del mundo, de Cañadón Seco, lleva el nombre de su pa­dre, el artista.

“Ya no hay heridas que marquen los bra­zos de un hombre entero/ ni hay canciones que apañen lo que no guarda en el pecho” escribió en una canción “Para la memoria” Ignacio antes de saberse Guido.

Así sea. Y se repita las cuatrocientas ve­ces, los cuatrocientos nietos que aún nos faltan.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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