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Génesis de la risa y la sonrisa

Primero fue el llanto y recién después vino la risa, que llegó para hacer la vida más grata.

Por ana-valentina-benjamin
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Todos los animales compartimos gestos para la expresión de nuestro descontento, pero así como nos une el llanto y el espanto, nos bifurca la risa, que nos alejó de la jungla para acercarnos a la civilización del humor. No reímos porque divinamente se nos haya otorgado la virtud de alegrar al prójimo o porque el mono se aburrió de gruñir, sino por obra y mucha gracia de la evolución.

El célebre científico Charles Darwin tenía una faceta poco comentada: era un padre devoto. En el libro La expresión de las emociones en los animales y en el hombre (1872) incluye la investigación de su propia prole y afirma haber observado «sonrisas incipientes» en su bebé de 44 días. La intuición psicológica puede más que algún biologicismo y señala que esa sonrisa, «aunque involuntaria, no puede llamarse acción estrictamente reflejo porque debe darse en un contexto placentero; si un extraño le hace cosquillas a un pequeño, éste gritará de miedo».

El etólogo inglés Desmond Morris, que sin pretensión eufemística describe al hombre como un mono desnudo (El mono desnudo, 1967), apunta que, en términos evolutivos, la risa apareció con la noción de peligro: la madre consoló a su criatura, «no temas, el peligro no es real», o bien «hay riesgo pero yo te protejo», y ello provocó una reacción en parte sollozo y en parte alivio: la primera mítica sonrisa.

La psicoanalista Liliana Ranieri sostiene que el alegre mohín, «como acto inaugural de comunicación, se apoya en dos pilares: la satisfacción de la necesidad de alimentarse y la posibilidad del primer intercambio a través de un gesto». Intercambio que excede la gesticulación simpática del mono peludo porque el mono desnudo no tiene pelaje pero sí conciencia: «Explicar la risa infantil en términos de reacción afectiva de felicidad es sólo descriptivo. El mecanismo de su producción acompaña procesos que son parte de la constitución de la subjetividad». La risa ayuda al crío del animal humano a ser persona pensante de sí.

Por su parte, Sigmund Freud formula que «el niño ríe por puro placer», lo cual no es tan sencillo como parece: reír es un medio para superar un disgusto u obtener placer a pesar del dolor. Un chiquillo no podrá construir un chiste, que implica códigos complejos, pero sin duda desarrollará incluso nociones de comicidad, por ejemplo ante alguien que tropieza. Agrega Freud el «sentimiento de superioridad» que acompaña al infante cuando se mofa de traspiés ajenos. O sea que la risa, de simple, nada, y de importante, todo: Ranieri añade que la sonrisa social es tan significativa, que «su ausencia en un bebé es indicador de patología psíquica». En la misma línea, el psiquiatra José Pellucchi confirma el valor terapéutico de la risa: trabaja en ludotecas hospitalarias disfrazado de payaso y ha comprobado ampliamente que niños con enfermedades graves necesitan menos analgésicos luego de sesiones de juego. Parafraseando a Umberto Eco, Pellucchi dice que «la tristeza es una forma de poder; en escuelas, hospitales e iglesias puede sentirse esa opresión de la tristeza». Las instituciones a veces imponen rigor; la alegría distrae. Afortunadamente hay excepciones, por ejemplo el Jardín de Infantes Común Nº 9 D. E. 9 que, como un juego más, lleva a sus aulas música clásica, obras de grandes pintores y teatro. Es la educación que hará de la risa un modo de acercamiento a la cultura y no un mero espasmo estomacal. «Nos fascina observar a los niños, ver cómo disfrutan con cada descubrimiento», comentan las docentes María Virginia Dietsch y Florencia López. El adulto que se fascina con la fascinación del niño creará -como la madre en aquel momento mítico- un espacio esencial. Freud lo sugiere cuando afirma: «Es difícil que algo depare al niño mayor placer que el hecho de que el adulto descienda a su mundo, renuncie a su opresiva superioridad y juegue con él como un igual».

Darwin detalla cada músculo que interviene en la carcajada: «He oído a un niño decir que el buen ánimo es reír y besar. Sería difícil dar una definición más verdadera», admite el padre de la teoría de la Evolución y padre de ocho hijos que le instruyeron en la Ciencia de la Risa.

DZ/KM

Fuente Redacción Z
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