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Julián Barsky: «Gardel era un tipo generoso»

A 125 aos del nacimiento de Carlos Gardel, Julián Barsky (autor de «Gardel. La biografía») cuenta los recorridos del tanguero por la Ciudad y los escenarios en donde cantó y que aún están de pie.

Por Roberto Durán
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Aníbal Troilo decía la frase que les gustaba repetir a los tangueros de la época y que luego trascendió su tiempo. “De pronto, pibe, no te gusta el tango. Pero no importa: el tango te espera y después de los 40 te agarra para no soltarte más.” Julián Barsky puede dar fe de esa sentencia de Pichuco. Fanático de Charly García y Serú Girán, en unas vacaciones su padre Osvaldo se apasionó con una biografía de Carlos Gardel. Tanto se entusiasmó que comenzó a escribir una biografía y su hijo terminó siendo el coautor.

Julián Barsky es autor, junto a su padre, de Gardel. La biografía. Además, escribió La Buenos Aires de Gardel y Gardel: el cantor de tango, entre otros. Dice que considera pobre la discusión de los fanáticos sobre la nacionalidad del Zorzal Criollo y que pueden rastrearse los pasos del cantor en la Buenos Aires de hoy, aunque con dificultades porque “el Estado no se hace cargo de su patrimonio”.

Tenés 43 años. Tu generación está más cerca del rock que del tango. ¿Qué te atrajo de la figura de Gardel?

Sí, de hecho yo tenía una banda de rock antes de escribir la biografía de Gardel. Cuando mi viejo me pidió que le diera una mano con la parte musical del libro, su figura me fue atrapando. Es un personaje fascinante y singular; quizás el único artista de su época, cuya imagen coincide con lo que era verdaderamente.

Tenía fama de buen tipo, ¿no? De un hombre generoso…

Claro. Hay una anécdota alrededor de la generosidad de Gardel que aún me sigue emocionando. Cuando ya era famoso, se hacía los trajes a medida, con bolsillos interiores pequeños de distintos tamaños. ¿Sabés para qué? Para poder guardar monedas, que iba dando a lo largo del día. A él lo mangueaban mucho por la calle y pensó en eso a la hora de hacerse un traje. Con la música pasaba lo mismo. Cuando actuaba en los teatros, no todos podían pagar el precio de una entrada. Al terminar el recital, salía a la calle para cantarles a los que no habían podido ingresar. Pensar eso en la actualidad es imposible. O si lo hacen forma parte de una movida de marketing.

Por la casa de Jean Jaurés y por el apodo del Morocho del Abasto, su nombre siempre estuvo relacionado a ese barrio. ¿Fue ahí donde se hizo cantor? ¿Cuál era su circuito en esa zona?

Los primeros tiempos vivió con su madre en la calle Uruguay al 100. De hecho, él fue a escuelas de la zona. Después se fue enamorando del teatro. Fue claque (aplaudidor) y multitud en zarzuelas. Con esa vocación, resultaba natural que su espacio de referencia fuese la avenida Corrientes, más allá del centro. El Abasto es importante no sólo porque decidió comprar una casa, sino porque allí se estaba gestando la música popular. Era tierra de payadores, cantores criollos y luego de tangueros. En los ochenta, después de la dictadura, la movida estaba en San Telmo, con los metaleros y los bluseros. En la época de Gardel, muchas cosas pasaban en el Abasto. Venía mucha gente del interior –carreteros y arrieros, entre otros– que le daban vida cultural al mercado. Así fueron naciendo las fondas, las comparsas y los cines. Aunque Gardel se movía mucho en el centro, en el Abasto comienza a hacerse un nombre. Tendría unos 16 años.

Era frecuente que una fonda promocionara a un artista y que éstos tuvieran barras. ¿Cuál era la de Gardel?

En las fondas del Abasto comienzan a prestarle una guitarra para que cante. Lo hacía a cambio de cobijo y comida. Pensá que la madre era planchadora en una pensión y él se la va rebuscando como puede. Sus amigos eran los puesteros del mercado y los peones. La cuestión más elevada de Gardel es posterior. Su lugar era el O’Rondeman, en Humahuaca y Agüero.

¿Qué hay ahora ahí?

Un supermercado Coto. Era un lugar de unos genoveses de apellido Traverso, vinculados al Partido Conservador. La familia vivía arriba y el local funcionaba en la planta baja. Ellos lo hicieron actuar a Gardel y le dieron de comer tanto que allí comenzó a engordar. Ese contacto fue clave para Gardel porque comenzó a cantar en los comité del partido. Por eso, es importante conocer el contexto político e histórico para entender también cómo surge el cantor. Después, claro, está el talento innegable, pero esa banca fue importante.

¿Había enfrentamientos entre barras?

La barra fue algo muy característico de los cantores criollos. Sí había enfrentamientos, pero más que nada basados en la camaradería y el desafío. De hecho, Gardel conoció así a José Razzano, que tenía su propia barrita en Balvanera. Ellos tuvieron un par de encuentros musicales hasta que alguien los contactó para hacer recitales. A veces era por guita y otras por comida o bebida. Imaginate que no había una industria organizada ni nada parecido.

La casa-museo de Jean Jaurés fue la única que compró a mediados de los veinte. ¿Entonces ya era un consagrado?

Sí, él decía que era la casa de la madre, con quien tuvo varias rupturas y se termina rajando de la casa. Durante varios años estuvo un poco desaparecido, boyando de casa en casa. Después se reconcilió con la madre, y comenzó a preocuparse por dejarle una casa y un reaseguro económico. Berta se fue a vivir allí con un matrimonio amigo de franceses que conoció al llegar a Buenos Aires.

¿Gardel no iba mucho a esa casa?

Sí iba, pero también tenía bulines de soltero en el microcentro. Algún investigador me dijo que el 80 por ciento de los departamentos de esa zona eran bulines, donde los tipos iban con sus queridas o con los amigos a timbear. Bueno, para darte cuenta sólo tenés que escuchar tangos como “A media luz” y “El bulín de la calle Ayacucho”. Con Isabel del Valle, su novia, vivió en Rincón 137.

Forma parte de la mitología de muchos bares y restaurantes decir: “Aquí cantó Gardel”. ¿Cuáles de los verdaderos están en pie en la ciudad?

Cantó en el subsuelo del bar Tortoni, con Luigi Pirandello entre el público. También en Los 36 Billares de Avenida de Mayo, el Maipo –aunque no se llamaba así– y La Casa Suiza de Rodríguez Peña. Con Razzano tuvo temporadas muy largas y exitosas en todos lados. Pero no piensen en grandes recitales de dos horas como los de ahora. Se cantaba sin micrófono. El show era de cinco o seis canciones, como parte de un espectáculo de variedades.

Muchos polemizan sobre un posible nacimiento de Gardel en Tacuarembó. ¿Te parece estéril esa discusión?

No digo que sea estéril, siempre y cuando salga de la anécdota. Me parece más interesante discutir sobre la identidad nacional, porteña o rioplatense. O cómo un tipo, hijo de una francesa, construyó su identidad hasta convertirse en el más criollo de los criollos. Primero se vistió de gaucho y después comenzó a cantar tangos. Es el paradigma de la ciudad de Buenos Aires. Decís Buenos Aires, decís Gardel. No pensás en Ernesto Sábato, con todo el respeto que tengo por su literatura. El resto es un River-Boca que no conduce a nada.

O quizá preguntarse por qué gran parte de sus pertenencias están en manos privadas y no en su museo…

Cuando estábamos haciendo el libro, la casa-museo era un inmueble tomado. Y no estoy hablando de hace 50 años. Fue en el año 2003. Siempre hago la misma pregunta. ¿Pensás que pasa lo mismo con la casa de Elvis, la de Mozart o la de Shakespeare? En la casa-museo hay muy pocas cosas. Muchos objetos quedaron en manos de coleccionistas porque el Estado no se hizo cargo. Tuvieron que sobrevivir a las dictaduras, la desidia y el abandono total.

Vos sos músico y quizá podés darme una respuesta técnica y desapasionada. ¿De verdad cantaba tan bien?

Dejemos de lado el talento y hablemos del trabajo. Fue un gran observador y un escucha privilegiado, que aprendió técnicas líricas, de los zarzuelistas y de sus maestros ocasionales, como Eduardo Bonessi. Y tuvo una preocupación constante por el uso de su instrumento. Si lo ves en las películas, Gardel aparece siempre cuidando la columna de aire. Tenía una técnica exagerada, que le provenía de la lírica. Todo eso le va dando recursos. Después hay otro elemento clave: siempre estuvo embanderado en las nuevas tecnologías. En esa época todos cantaban sin micrófono. Razzano y Francisco Martino se quedaron sin voz y eso no le resultó indiferente. Comenzó a interesarse por los elementos de amplificación: la radio, el cine, el disco… Eso le resultaba ventajoso, porque cantaba una vez y se reproducía mil veces, sin dañar la voz. Además del talento, estaba el laburo. Gardel cantaba, probaba y ensayaba como un animal. Era un perfeccionista.

Buenos, quizá otros de la época también lo eran… Pienso en Ignacio Corsini o Azucena Maizani.

Sí, claro, son buenos cantantes de esa época en la que Gardel era el número uno. Pero ellos cantaron casi toda la vida igual. Encontraron un estilo y siguieron ahí para siempre. Gardel fue cambiando. Laburó mucho su voz y su presencia escénica. Gardel era el actor del tango.

DZ/ah

Fuente Redacción Z
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