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“Los planteos verdes son para pocos”

En «Mondo verde. Mentiras y verdades de la ecología», la escritora indaga sobre las razones por las que algunos se vuelven veganos o vegetarianos.

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Gabriela Saidon FOTO Gabriela Saidon FOTO

 

Por Emilia Racciatti

Para escribir «Mondo verde. Mentiras y verdades de la ecología», editado por Tusquets, la escritora Gabriela Saidon recorrió mercados, ferias y restaurantes orgánicos, vio películas sobre la causa ecológica y participó de jornadas de debate y escraches por contaminación ambiental.

«Yo fui vegana, yo fui orgánica, yo fui gorda vengativa», revela en el libro en el que relata las experiencias de vegetarianos, ovo lacto vegetarianos, veganos, orgánicos, ayurvédicos, naturistas y macrobióticos.

Saidon publicó antes los libros de ficción «Qué pasó con todos nosotros», «Cautivas», «Memorias de una chica formal (tirando a rockera)», y los de crónica «La montonera. Biografía de Norma Arrostito», «Santos ruteros» y «La farsa. Los 48 días previos al Golpe».

¿Por qué te interesaste en la ecología? ¿Fue a partir de tu paso por el veganismo?
Venía de un par de experiencias frustradas en relación a lo verde, no desde una militancia vinculada al ambientalismo y a la preocupación por el futuro de nuestro planeta, sino a la salud: había abandonado un curso de huerta orgánica por la mitad, lo mismo que el intento de plantar vegetales en mi terraza, con resultados calamitosos. También había dejado mis clases de yoga ashtanga, en una casa que tenía un jardín paradisíaco en medio de la polución porteña, porque me esguincé, y había dejado de separar basura cuando el gobierno porteño retiró de la esquina de mi casa los containers para basura diferenciada. Un día me llamó Leila Guerriero para preguntarme si me interesaba trabajar en un libro sobre cuestiones verdes y ecológicas. Leila ya había editado mi libro «Santos ruteros», y había sido una gran experiencia. De modo que le dije sí. Al veganismo lo conocí después.

¿Por qué definís a la ecología como una nueva religión?
Primero hay que diferenciar la ecología como ciencia de otras vertientes más asociadas a la alimentación. Como en el resto de las religiones, los verdes tienen una profunda fe en lo que creen, tienen una gran devoción por sus principios, ya se trate del cuidado del planeta, de la salud o del destino de los animales no humanos, están absolutamente seguros y convencidos de que su activismo verde encierra una verdad absoluta. Intentan, en general, convencer a los demás de que ése es el camino. Los veganos tienen, incluso, una palabra para eso, que por sí sola explica mejor que nada esta idea, y es: «vegangelizar», que sería convencer al resto del mundo de que el planteo vegano es el único válido. Esa porción de mundo verde, en ese sentido, es blanco y negro. No hay grises. No hay contradicciones.

Decís que quienes llevan adelante esas prácticas hablan mucho de moral, de religión y de «deber ser» pero poco de placer. ¿Por qué te parece que pasa eso?
Justamente: las religiones condenan el placer. Hay algo represivo en eso de decir esto sí, esto no. Además es muy reduccionista: la paleta de colores ofrece muchas más posibilidades. Lo que me parece curioso y loquísimo es que se apliquen criterios morales o éticos a la hora de darle un mordisco a una manzana (muy bíblico, por otra parte), o mucho peor, a una pata de pollo (el peor de los pecados). Y no sensoriales ni vinculados con el gusto ni con el goce. El mantra de esta religión es: somos lo que comemos. Cuando somos mucho más que eso. Y comemos lo que podemos. De todos modos, aquí hay que hacer otra diferenciación entre veganos o crudiveganos en una punta del arco, y orgánicos en la otra: los orgánicos sí incorporan el principio de placer en sus discursos, en sus actos y en sus comidas. Ojo que hay comida vegana o vegetariana riquísima y hay veganos y vegetarianos que también son orgánicos. Me refiero más bien a los discursos a la hora de convencer.
¿Qué rituales te sorprendieron más? 
Dos cosas me sorprendieron. Una es la proyección de películas donde muestran el maltrato al que son sometidos los animales por parte de los humanos y la comparación con el Holocausto como método para lograr aquella «vegangelización». Me parece un poco forzada, aunque por supuesto que estoy en contra de que torturen a una vaca o hacinen a los cerdos, o les corten el pico a los pollos. Y otra son algunas expresiones o palabras que usan los veganos. Por ejemplo, me enteré de que las personas omnívoras (es decir, el 80 por ciento de la población mundial) somos «asesinas intelectuales». Y los animales, «personas no humanas». No me burlo, al contrario, aprendí muchísimo de tolerancia y de discriminación y reflexioné un montón sobre mis propios hábitos. Pero me parece que los planteos verdes, al menos en la Argentina, son algo sectarios y no tienen en cuenta la existencia de clases sociales. Sirven para unos pocos. Al margen de que los planteos verdes en general son tomados, sobre todo, por las empresas y gobiernos que siguen contaminando el Planeta como jabones para lavar caras institucionales.

Una vez terminado y publicado el libro. ¿Cómo pensás los hábitos del consumo orgánico, vegano, vegetariano?
No está mal pensar y tampoco sensibilizarse en relación a nuestros consumos diarios. Pero cada persona y cada familia hacen lo que puede en relación a la alimentación. Los factores que influyen en esos consumos son muchísimos y más si hablamos de habitantes de grandes ciudades como Buenos Aires. No es lo mismo para alguien que vive en San Marcos Sierra o el Bolsón. Los grandes responsables de la contaminación del mundo siguen contaminando mientras arrojan discursos políticamente correctos. En ese aspecto, por más que consuma rúcula plantada en mi balcón, separe basura y composte, a lo sumo aliviaré mi culpa, pero no mucho más. Hay una pretensión de pureza, como si pudiéramos volver a un tiempo en el que supuestamente los humanos fuimos puros. Ahí también creo que fracasa la ilusión de lo orgánico puro: ya nada lo es. Los cables de alta tensión, las napas subterráneas contaminadas que alimentan el suelo, toda la discusión sobre lo transgénico… ¡hasta las abejas contaminan! Contaminan el viento que lleva semillas. Y ni hablar de la falta de controles del SENASA, de las empresas que siguen arrojando residuos a los ríos y a los cuatro vientos, de criadores de animales inescrupulosos o de los gobiernos que siguen negociando con esas empresas. Terminado el libro, me siento como el arbolito que ilustra la tapa del libro, rodeado de edificios amenazantes. ¿Quisiera que la Tierra fuera un paraíso? ¿Quién no? Eso sí: solo como pollo que alguna vez caminó. En el resto de las cosas hago lo que puedo.

Telam

 

Fuente Télam
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