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Gabriela Cabezón Cámara: “Mis novelas son políticamente rabiosas”

Romance de la negra rubia, la última novela de Gabriela Cabezón Cámara mantiene el sello tan feroz como piadoso que distingue a las que la precedieron.

Por Julián López
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gabi crédito es de Marcos Brindicci

Muchos coinciden en afirmar que la literatura que se escribe en la Argentina atraviesa un momento más que interesante: los catálogos de las editoriales son cada vez más sólidos, las escritoras y escritores ganan terreno entre los lectores que no se acercaban a lo nuevo y la literatura nacional parece irradiarse de temáticas que la ponen más a tono con los discursos que atraviesan a nuestra sociedad.

Hace algunos meses Eterna Cadencia publicó El romance de la negra rubia, último libro de Gabriela Cabezón Cámara, una autora capaz de mezclar la erudición de estructuras gramaticales tradicionales con una especie de espíritu punk que la vuelve realmente interesante. Desde su primer libro publicado en 2008 –La virgen cabeza, vertiginosa  historia de amor entre una periodista de policiales y una travesti que habla con la Virgen- pasando por Le viste la cara a dios (la bella durmiente como víctima de trata en Lanús)  y Beya, una novela gráfica en coautoría con el artista Iñaki Echeverría, sus libros están poblados de personajes contundentes en escenas tremendas, una escritura de lírica potente y registros que van desde la gauchesca hasta el Siglo de Oro.

Gabriela también es periodista cultural y se muestra muy dispuesta a recibirnos en el ambiente más soleado de la casa en la que vive con su pareja y con Yuyo, un perro negro del que las tías seguramente dirían que le falta hablar. “Empecé a publicar a los 40- arranca apenas iniciada la entrevista- y veo constantes en mi escritura: en general escribo sobre personajes que no tienen familia y que están muy solos. Mis novelas hasta ahora son bastante oscuras, aunque ya tengo ganas de empezar a iluminarme un poco, y me interesa mucho el barroco, algo que se fue desplegando cada vez más en mi escritura.”

¿Y qué es el barroco, o en todo caso, qué es el barroco en tus novelas?

Para mí es hacer uso de la riqueza disponible en el lenguaje, echar mano de todos los materiales que hay y de todas las procedencias posibles, de la literatura pero también de la televisión y, claro, de la música. Es hacerse cargo de la historia de la literatura, es decir: pasó todo esto y lo homenajeo o lo parodio, pero dar cuenta de eso me llena de alegría.

Eso mismo parece servirte para que esa oscuridad de tus historias resulte también candorosa, compasiva.

Creo que sí, y es algo que busco. Si fuera una artista visual y quisiera hacer un cuadro figurativo de una villa en vez de hacerlo con cartones y basura lo haría con oro y piedras preciosas, representaría lo mismo pero con los materiales nobles, luminosos y tal vez exagerados.

Es muy clara la presencia de lo clásico en tu literatura y, por caso, de lo gauchesco, ¿cómo construís lo propio en esas tradiciones?

Es una cuestión biográfica. Cuando iba a la facultad –Gabriela cursó Letras en la UBA- estudié cuatro años de Lengua y Cultura Griegas con Elena Huber, una profesora muy amorosa de quien lamenté mucho su muerte hace un  par de años, y eso me encantaba, era lo único que leía, lo único que me importaba, todo lo demás me parecía una porquería.

¿Qué era “eso”?

Sumergirse en esa lengua era un espacio de paz para mí, esa gramática, esa manera rara de ver el mundo, esa manera loca de armar las oraciones, esos tiempos verbales extrañísimos. Los griegos tenían otras categorías para dividir el tiempo y eso me parecía alucinante; pude ver a esa lengua como a un todo, como un organismo.  Era como estar de vacaciones en otro planeta.

¿Y cómo terciás eso con la gauchesca?

Bueno, no sé, me pasa lo mismo, me gusta, es apasionante, y si lo pensás son literaturas populares, alejadas de las elites, en los momentos en que surgieron eran cosas que se cantaban, se escuchaban en la calle. También me interesa mucho la literatura medieval –también cursé Literatura Española I, la cátedra de Leonardo Funes, que recomiendo fervorosamente-, y me parece que, salvo la gauchesca, son literaturas que recurren a todo, muy heterogéneas.

A veces las tradiciones de lo popular terminan por convertirse en un lenguaje para entendidos. ¿Cómo es echar mano de esos materiales?

Bueno… las masas no vienen a comprar libros –ironiza Gabriela y se ríe-, pero me parece que resulta bien y yo sé que, lejos de cualquier gesto pedante, mis novelas pueden inquietar a los lectores de narrativas convencionales, acostumbrados a las oraciones cortas, sin subordinadas. Mis novelas son políticamente rabiosas y a alguien que está conforme con el mundo seguramente lo van a incomodar.

 

 

DZ/nr

Fuente Redacción Z
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