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Gabriel Soria: “El gran desafío es encontrar una nueva forma de escribir tangos”

Periodista y vicepresidente de la Academia Nacional del Tango, Soria cree que el género vive el mejor momento de los últimos treinta años, pero que los autores deben referirse a temas actuales y modelar un nuevo estilo.

Por Roberto Durán
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Es difícil cantarles a las ciudades. Con “Mi Buenos Aires querido”, Carlos Gardel hizo una cosa definitiva. ¿Después de eso a qué le cantás?”, dice Gabriel So­ria. Está sentado en una de las sa­las de la Academia Nacional del Tango. El piso de madera, los as­censores con puerta tijera y algu­nos objetos, como la guitarra del payador Gabino Ezeiza, traen ai­res de otra época. Detrás de él, aparecen fotografías de próce­res del género: Agustín Bardi, Ho­mero Manzi, Enrique Santos Dis­cépolo, Astor Piazzolla, Homero Expósito…

En los últimos años, el tango se despertó de un letargo. Co­menzaron a surgir nuevos espa­cios para el género –con el Abas­to y Almagro como los barrios con más actividades–, las milongas crecieron de la mano de locales y extranjeros y hay iniciativas inspi­radoras, como la de la Orquesta Escuela Emilio Balcarce, con pibes de 20 o 25 años tocando el ban­doneón como los dioses.

De todas formas, esa renova­ción no estuvo acompañada por una gran creación poética. Hay nuevos letristas, pero en muchos casos no encuentran al intérpre­te ni la difusión adecuados. Y hay otros que siguen escribiendo como si el tango se hubiese de­tenido en los años 40. “El tango no está contando la ciudad”, dijo hace poco un cantante. Vicepre­sidente de la Academia Nacional del Tango, historiador del género, productor de espectáculos y con­ductor de dos programas en la ra­dio La 2×4, Soria cree que la clave es encontrar nuevas temáticas y cantarle a la Buenos Aires de hoy. Repasa cuáles son los barrios más mencionados en el tango y dice: “Yo soy un conservador, pero la nostalgia ya fue”.

¿Hay una crisis de letristas o de difusión?

Todo es como una gran cadena. Cuando uno de los eslabones está débil, todo se debilita. Me parece que éste es un momen­to muy importante para el tan­go. Te diría que uno de los mejo­res en los últimos 30 años. Hubo una época maravillosa de gesta­ción y desenvolvimiento de los tangueros, en cuanto a la músi­ca y la danza entre los años 20 y 30. Después llegó lo que mu­chos llaman la Época Dorada del tango, de la década del 40, que en realidad es una década larga de casi 20 años. Es el momen­to de la difusión de los grandes estilos orquestales, de los gran­des intérpretes y de los grandes poetas. A partir del Golpe del 55, el tango –la música popular por excelencia– pierde difusión y masividad. Y el folclore gana te­rreno. Te hago toda esta intro­ducción para pintar el panorama de estos años. En los 60 y 70, quedaron grandes maestros que tuvieron que remar contra las condiciones del mercado: Nés­tor Marconi, Julio Pane y Rodol­fo Mederos, por nombrar a al­gunos. Y tomo a Piazzolla como una isla, un renovador y genera­dor de cosas. Después de finales de los 60 y 70, salvo la aparición de Rubén Juárez y el encuen­tro Piazzolla-Ferrer, hubo varios años de bache en los que se si­guió componiendo pero sin tan­ta continuidad. El tango siempre funcionó con eslabones muy cla­ros: ser masivo, tener letristas y poetas, intérprete y músicos to­cando. Eso generaba una crea­ción popular muy grande, que ahora se perdió.

Mencionaste a Horacio Ferrer, como el padre de una nueva poética en el tango. ¿Cómo contaba él la ciudad y cómo lo hacen ahora los letristas del si­glo XXI?

Cuando él hace “Balada para un loco” (1968), el tango vivía una gran crisis a nivel global y tam­bién interna, dirimida entre lo tradicional versus Astor Piazzo­lla, al que muchos acusaban de destruir al tango. Ferrer le canta a la locura del amor y de la liber­tad. En la misma línea –aunque más conservadora–, Eladia Bláz­quez tiene una temática cons­tante: Buenos Aires. Le canta a la ciudad como si fuese una per­sona. A diferencia de Ho­mero Manzi, que cultiva la nostalgia en tangos como “Barrio de tango” o “Sur”, Héctor Negro comienza a hablar de las desigualdades sociales. Recién en la últi­ma década del siglo XX y en lo que vamos del XXI, apa­recen nuevos letristas a los que les cuesta encontrar in­térpretes. Digo esto porque creo que una canción termi­na siendo una obra cuando es interpretada. Por eso hay canciones unidas a un intér­prete, como “Sur”, por Ed­mundo Rivero, o “Se dice de mí”, por Tita Merello. A principio de los 90, Alejan­dro Szwarcman compuso “Pompeya no olvida”, que habla de los des­aparecidos y si­gue en una temá­tica que habla de ese y de otros te­mas más actua­les. Y encuentra en Patricia Barone a una intér­prete. También hicieron su apor­te Acho Estol con La Chicana y la Orquesta Fernández Fierro. Pese a eso, no sé si el tango está contando hoy la ciudad. Siempre es difícil cantarle a las ciudades. Gardel, con “Mi Buenos Aires querido”, hizo una cosa definiti­va. Después de eso, ¿qué más le podés cantar a la ciudad?

¿Cuál es el barrio más retrata­do por el tango?

Pompeya. No te podría decir que es el más mencionado, pero sí escenario de dos tangos em­blemáticos como “Barrio de tan­go” y “Sur”. Son canciones tan fuertes que meten al tango en el medio de ese barrio. Además, Manzi vivió ahí y de alguna for­ma reemplazó esa zona por su Añatuya natal; era urbano y ru­ral al mismo tiempo. Quizá lo más retratado del tango no fue un barrio, sino una avenida: Co­rrientes. Aparece desde los años 20, desde la zona del Luna Park hasta Chacarita. Eso unió al tan­go con muchas temáticas, como el cabaret, el café y los persona­jes de la calle.

Durante muchos años, el lun­fardo fue el argot por excelen­cia del tango. ¿Cómo defi­nirías al lenguaje actual del género? ¿Es un desafío encontrar una nueva for­ma de escribir?

¡Es el gran desafío de los nue­vos letristas! Encontrar una nueva forma de escribir. Los grandes poetas, como Dis­cépolo, Manzi, Ferrer y Cátulo Castillo, han creado una for­ma de escribir y una poética. Fijate en “Te llaman Malevo”, de Homero Expósito. El escri­be: “Nació en un barrio con malvón y luna por donde el hambre suele hacer gambetas y desde pibe fue poniendo el hombro y anchó a trabajo su sonrisa buena”. El verbo ‘an­char’ no existe y seguramente él lo tomó del habla popular de esos años. Hoy falta moldear un estilo. Creo que en la Buenos Aires de hoy se está escri­biendo muy bien, pero prefabricado.

¿A qué te referís con prefabri­cado?

Se quiere hacer una letrística nue­va forzando las palabras. O usan­do algunas que se creen moder­nas, como ‘Internet’, ‘mouse’ y otras de la tecnología.

¿Y a qué se le escribe hoy?

Se le sigue escribiendo mucho a la ciudad. Y al describirla caés en la cosa romántica y melancólica. Ahí aparecen la Buenos Aires que pasó y los edificios que ya no es­tán. Escribirle a la ciudad es quizá lo más conservador.

¿Qué sería, en ese sentido, de avanzada?

(Se ríe y se echa atrás en el respal­do) ¡Me metí yo solo en un pro­blema! Pienso que escribirle a la ciudad de otra manera y no desde las cosas convencionales. Si po­nés: “Estoy sentado tomando un café y miro a Buenos Aires…”, es­tás siendo conservador. Sería de avanzada pensar qué le pasa al hombre y a la mujer que viven en esta ciudad, que no es la de los años 40.

¿Entonces, la melancolía ya fue?

No sé si está agotado el tema, pero caés indefectiblemente en esos poetas que ya lo hicieron muy bien. La ciudad condicionó mucho a sus habitantes y vice­versa. El tango no está contando eso. Hoy, muchos tangos dicen: “Qué lástima que no existe más un café como El Nacional, don­de se podían escuchar orquestas en vivo”. Tenemos que ir adelan­te. No podemos quedarnos en el lamento de lo que no existe por­que no se puede volver el tiem­po atrás. Te lo digo yo, que soy un conservador del tango y un co­leccionista apasionado por las or­questas de las décadas del 20 y 30. Pero creo que lo que está bien hecho, ya está y no hay que seguir dándole vueltas al tema. La nos­talgia ya está contada.

¿Almagro es el nuevo barrio del tango?

Almagro y Abasto. Es el circuito en donde están Almagro Tango Club, Sanata Bar, el Club Fernán­dez Fierro y La Casa del Tango. Hay una gran concentración de músicos y se generó una movi­da muy interesante. Los músi­cos hoy están autogestionados y motorizaron festivales indepen­dientes en muchos barrios. ¡Eso es fantástico y no existía en la Buenos Aires de los 40! Antes, estaban los clubes de barrio y eso te daba una pertenencia. Es­tos pibes están recobrando esa pertenencia al barrio. Eso es ir para adelante y no quedarse en la nostalgia.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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