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TEMAS DE LA SEMANA

Gabriel Rolón: El amor sigue allí, como siempre

Escritor y psicoanalista, Rolón escribe sobre lo que escucha en el consultorio, y lo explica.

Por Brenda Salva
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rolon3 copy2 copy Buenos Aires, 23 Enero 2008 - Retrato del Psicoanalista y escritor Gabriel Rolon, autor del libro Palabras Cruzadas, ed Planeta. Foto Ricardo Ceppi ©2009

Es uno de los escritores y psicoa­nalistas más demandados, debe de ser porque sacó a la luz sus consultas más conmovedoras, sus relatos más desgarradores y temas que sólo se pueden develar en la intimidad del consultorio. Con el aval de sus pacientes, y protegiendo las identidades, Gabriel Rolón estrenó nuevo libro: Historias inconscien­tes (vidas al límite), una obra que aglutina algunas de sus sesiones más fuertes con un apartado que explica el concepto usa­do en cada caso. Hoy, siete años después del exitoso Historias de diván, Rolón acer­ca mucho más a sus lectores con las pro­blemáticas que suceden en su consultorio. Adicciones, discapacidad, incesto, mentira, culpa, una histeria grave y sufriente, y un amor desmesurado al borde de la locura, se llevan las páginas de esta nueva obra.

“He asumido hace tiempo que jamás lo­graré ‘extirpar’ el dolor de mis pacientes, por­que el dolor es parte constitutiva de la vida. No importa cuánto alguien se analice, de to­dos modos sufrirá si pierde un amor, o si mue­re un ser querido. El dolor es inevitable, pero no el padecimiento. Y esa diferencia es la que hace que cada día vuelva al consultorio. Sé que tampoco lograré que desaparezca la sen­sación, aunque a veces leve y susurrada, de soledad. Pero es así, pues, como decía aque­lla vieja canción, ‘estamos todos solos’.”

¿Cuál es su criterio para seleccionar las historias que protagonizan su libro?

El criterio de selección tuvo que ver, como en los anteriores libros basados en casos clí­nicos, en primer lugar con que a los pacien­tes sobre los que escribiera no pudiera per­judicarlos el hecho de verse reflejados en un libro, así como también que sus historias me hubieran generado interrogantes, dudas in­cluso, a la hora del tratamiento. Fue impor­tante contar casos que hubieran llevado a sus protagonistas al límite, al borde mismo del abismo y que, ade­más, me permitieran de­sarrollar las cuestiones teóricas que desea­ba transmitir y que se encuentran articuladas con la historia al final de cada capítulo.

¿A qué adjudica su éxito en ventas y sus seguidores?

Hay muchos psicoanalistas en la Argentina, pero muy pocos escriben para un ámbito no académico. En esto de dedicarnos a la difusión del psicoanálisis no somos tantos. Además, a qué negarlo, mi pasado en los medios de comunicación generó un vínculo entre la gente y yo que antecede a la apari­ción de mis libros. Quiero pensar que estos primeros lectores fueron los encargados de la más importante de las acciones publicita­rias, que es el boca a boca.

¿Cree que hay una mayor demanda de la sociedad de la terapia comparada con sus inicios como psicoanalista?

No estoy muy seguro, pero creo que es po­sible que en la medida en la que se han de­rribado algunos prejuicios, tales como que hay que estar loco para ir al psicólogo, o que el dolor emocional o la enfermedad psíqui­ca son cosas que hay que esconder porque avergüenzan, la gente se haya dado aún más el derecho a consultar a un analista.

Si tuviera que hacer un top five de nues­tros problemas, ¿cuáles serían?

Me alcanza con dos temas para describir toda la pro­blemática humana: la sexua­lidad y la muerte. Todo lo demás deriva de ellos.

¿Se imagina en otra pro­fesión?

Por supuesto: músico, que es en realidad mi primera y más fuerte vocación.

¿Tuvo que dejar a un paciente porque no podía seguir tratándolo?

Alguna vez consideré que no era yo la me­jor opción para algún paciente e hice la de­rivación que creí pertinente, sí.

¿Ha cambiado la forma de amar?

El amor fue, es y será siempre algo comple­jo. Lleva al ser humano hasta regiones en las que es muy difícil pensar con claridad y sus pasiones y dolores suelen obnubilar al ena­morado. Pero todo sujeto se mueve en una cultura y en un tiempo y, de algún modo, más allá de que esencialmente la cosa no cambia tanto, hay modos que se adaptan a las características que cada quien vive. No es lo mismo poder hablar por teléfono durante un viaje que estar cuatro meses sin contac­to, enviar un mensaje instantáneo que año­rar una carta que puede tar­dar semanas. Pero más allá de esas cuestiones, el amor sigue allí, moviendo los mis­mos cimientos desde que el bebé nace y requiere de al­guien que lo ame para poder subsistir.

¿Nos sigue asustando la muerte?

Más que asustando nos in­terroga, nos cuestiona, nos angustia, pero también nos moviliza. Si no fuera porque vamos a morir nadie escribiría poesía ni es­tudiaría o, por qué no, ¿qué sentido tendría el amor en un mundo de inmortales?

¿El sexo sigue siendo tema tabú?

Siempre se ha hablado de sexo. Afines del siglo XIX Freud descubre la relación entre la sexualidad y el dolor psíquico. Eso tampo­co ha cambiado ni cambiará. Hoy, muchos pacientes se permiten abordar el tema con más naturalidad.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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