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TEMAS DE LA SEMANA

Fundación Proa: los dioses y los ritos del México originario

Una colección extraordinaria de objetos milenarios de arcilla y piedra.

Por M S Dansey
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Visitar La Boca por estos días puede ser una experiencia religiosa. Incluso los que viven lejos, los que se quejan de la inseguridad y del mal olor del Riachuelo, incluso quienes le tienen fobia al turista encontrarán sosiego ante la figura de los dioses mexicanos que se exhiben hasta fin de año en la Fundación Proa.

Las piezas que conforman la muestra Dioses, ritos y oficios del México prehispánico son, en primer término, una invitación al goce estético. Que estén siendo exhibidas en un espacio dedicado al arte contemporáneo las destaca como obras de arte. Y nadie duda de que lo son. Pero más allá de eso, destacar la belleza parece ser la estrategia que utilizó el curador, David Morales Gómez, para que el visitante ingrese finalmente en la historia. El misterio que encierra cada una de las piezas si no provoca un viaje en el tiempo, al menos pone a andar la imaginación tras las huellas de esta cultura por momentos sublime, por momentos monstruosa.

En total son unos 150 objetos de arcilla y de piedra que pertenecen a distintas etnias que habitaron el golfo de México entre los años 400 a.C y 1500 d.C. El criterio de selección no sigue un orden cronológico ni ninguno de los parámetros de la museología ortodoxa. «El objetivo -cuenta Morales Gómez- fue mostrar la enorme variedad de ideas y el amplio bagaje cultural de estos pueblos, poniendo énfasis en el talento de sus artesanos.»

La primera sala, es quizá la más impactante. De pronto uno se encuentra en medio de un panteón politeísta integrado por diversos personajes, como el dios del agua, Tláloc; los dioses narigudos, Tlazolteotl y Cihuateteotl; el dios de la muerte, Mictlantecutli y Xipe Totec, el dios de la fertilidad, que tiene puesto un traje realizado con la piel de un ser humano. Entre ellos, se destaca la figura de una anciana sentada, con el torso desnudo, un cinturón de serpientes sobre la cadera y un murciélago en la cabeza oficiando de tocado. Ella murió durante el trabajo de parto, y eso -dar la vida al dar vida- la consagra como santa, si es que cabe la analogía.

El alfarero trabajó la pieza al detalle, la piel está arrugada, los pechos, vencidos y su rostro revela ese último suspiro de quien dio todo y se va tranquila. La figura está cargada de poesía. Y de sentido. No estamos ante una venus siliconada entendida como máximo especimen de la raza, estamos ante una mujer vieja como la madre o la abuela de cualquiera, con las marcas de los años en la carne. La vida no parece ser esa rampa ascendente que de un momento a otro comienza a caer en picada. En todo caso, vida y muerte son dos términos de un binomio, parte de un mismo ciclo continuo, que no se corta en uno, que sigue al más allá y vuelve encarnado en otro, siempre en movimiento.

En la sociedad prehispánica el trabajo es sagrado, cuenta Morales Gómez. «Un orden supremo impulsa la acción de todos. El trabajo mancomunado y anónimo que tiene un fin místico y al mismo tiempo comercial es el sustento interno de la sociedad y su proyección al exterior, a través del trueque de productos y el intercambio de ideas.»

Aparecen entonces, en el marco de los ritos, pequeñas estatuillas que servían de ofrenda, copas, platos ceremoniales pintados con colores vivos, columnas y frisos de templos con escenas talladas en bajorrelieve, joyas con incrustaciones de nácar y piedras semipreciosas, instrumentos musicales, yugos, hachas votivas y otros elementos utilizados en el juego de pelota, ese ancestro del fútbol que se jugaba con una pelota de caucho y en el que los ganadores eran sacrificados para pasar a ocupar un lugar definitivo entre los héroes.

El sacrificio parece ser un tema insoslayable. «Es un tema muy tratado pero no resuelto», dice el curador que lleva una vida estudiando el caso. «Las culturas del golfo van aumentando su complejidad en la misma medida que lo hacen sus rituales de sacrificio humano. Entonces ¿cómo entender a una sociedad que se sostiene en el fervor de la fe? El paso entre la vida y la muerte es parte de un todo, dual y voluble pero totalmente asimilado como unidad honorable y venerada. Este mundo se sostiene en la fe y el sacrificio», concluye Morales Gómez.

DZ/km

Fuente Redacción Z
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