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TEMAS DE LA SEMANA

Flashes autobiográficos

Una muestra colectiva reseña momentos clave de la represión y la resistencia entre 1955 y 1990.

Por marina-oybin
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Escuela de Guerra Naval». Abajo, ya desde Avenida Del Libertador, se lee: «Archivo Nacional de la Memoria». Apenas uno cruza la sala donde un empleado indica el camino hasta el Centro Cultural de la Memo­ria Haroldo Conti, y sólo llaman la atención un par de perros dormidos, exhaustos, uno se mete en ese monstruo de 17 hectáreas que es símbolo del terror. No hay fisuras para que escapen los cinco mil prisioneros, de los que sobrevivieron unos doscientos. Todo fuga al pasado en el ex centro clan­destino de detención, territorio de Massera y el Grupo de Tareas 3.3.2. No hay posibili­dad de resignificar la ex ESMA. O mejor di­cho: sólo el arte puede intentarlo.

Vendas, pentotal, vuelos de la muerte: el pasado se hace carne. Una puerta des­vencijada, conduce a un extraño espacio, que, luego me contarán, siempre está ce­rrado. Está intacto: era la «boîte de oficia­les», con estética de gran navío y escenarios para shows. Cerca está la sala donde hicie­ron parir a unas 30 detenidas embarazadas, y el Casino de Oficiales, donde vivían los re­presores, y estaban los sitios de detención, trabajo esclavo y tortura. «Avenida de la feli­cidad» bautizaron los marinos al pasillo que conducía a los tormentos. Ahora, al escribir, uno siente que las palabras no alcanzan, pierden fuerza ante lo macabro. Como en este sótano en el que obligaban a los dete­nidos a imprimir publicaciones falsas de organizaciones políticas, documentos y pasaportes, para usarlos para hacer inteligencia, acción psicológica y apropiarse de los bienes de las víctimas. Entro en «Capucha», donde recluían a los prisioneros, siempre acosta­dos, encapuchados, esposados, y con grilletes encadenados a balas de cañón de 25 kilos. Aún se ven los tabiques de madera que separaban esa especie de nichos, don­de la música de las radios de los verdugos se mezclada con alaridos.

Con más de medio centenar de fotos, Recorrido por la memoria tiene una fuer­za especial por el sitio en el que está. Consejo: véala an­tes o después de caminar por la ESMA. Le aseguro que cada imagen se vuelve más potente. Algunas como puñaladas. Para lle­gar al centro cultural, que incluye además de espacio para fotografía, otro dedicado a las artes visuales, gran sala de teatro, biblio­teca con hemeroteca, un centro de publica­ciones y microcine, hay que recorrer poco menos de una cuadra desde el ingreso. Se escuchan pájaros. Y suena extraño.

La muestra reúne fotos tomadas por más de 40 fotógrafos, y seleccionadas de colecciones privadas, la fototeca de AR­GRA, la del Archivo General de la Nación y el archivo del CeDInCI, entre otros. Ade­más, se proyecta un video realizado con fotografías. «Incluimos hitos de la represión, de resistencia popular, de esperanza y caí­da de esas esperanzas y de ataque a la de­mocracia: momentos clave de la historia reciente», dice Cristina Fraire, fotógrafa y curadora de la muestra junto con Edgardo Vannucchi.

Copa la escena esa singular capacidad de la fotografía de procurar pruebas. De ser testimonio contundente y hasta en ocasio­nes registro que incrimina. Son imágenes, muchas famosas, que arrancan en 1955 y llegan hasta 2003. Bombardeo en Plaza de Mayo, símbolos peronistas lanzados al fuego, la Noche de los Bastones largos, el Cordobazo. Está la famosa fotografía, prueba de vida efímera, tomada por Emil­cer Pereyra (en agosto de 1972), cuando 19 de los presos políticos que habían es­capado del penal de Rawson se entregaron en el Aeropuerto de Trelew. Tras la prome­sa de que se garantizaría la integridad físi­ca del grupo, y al terminar la conferencia de prensa, se entregaron. Unos días después, la mayoría de ellos fueron fusilados por tro­pas de la Marina.

La de Horacio Villalobos es otra foto im­posible de olvidad, la más emblemática de la Masacre de Ezeiza: el palco, al que nunca llegó Perón, copado por la derecha peronista, en el instante en que secuestran a un joven de la JP. Una imagen que estre­mece y que muchos solo lograron enten­der al ver la secuencia completa hasta que el hombre es levan­tado de los pelos. Si­gue el pa­sado como ráfaga: Isa­bel Perón en imagen circense, el operativo Independencia en Tucumán, Videla saludando eufórico a la multitud tras el mundial. Las Madres. Hay muchas fotos de ellas, como acom­pañando su reclamo incansable.

Los soldados -se los ve alegres y angustia- yendo del aeropuer­to hacia el comando de los Royal Marines en la isla. El Siluetazo, en la foto de Eduardo Gil. Laura Bonaparte durante la exhumación de las tumbas NN, el Juicio a las Juntas militares. El «felices Pascuas» de Alfonsín, tras reunir­se con los amotinados en la foto de Eduar­do Grossman.

Uno descubre en la muestra fotografías de impacto vital como la de Alejandro Am­dan que muestra cómo dos hombres de civil durante una marcha detienen y suben a un Falcon a Mosquera, un dirigente estudiantil: la foto evitó la muerte del hombre. O la de Rafael Calviño que, implacable, sigue gati­llando su cámara ante un teniente carapin­tada que lo amenaza a punta de pistola.

La fotografía se revela en esta muestra voraz, intrépida, conmovedora. Son fotos endoscópicas que retratan la Argentina de los últimos 50 años, y que nos hacen pen­sar en otras imágenes recientes, que nos tocaron intensamente, y que uno incluir si tuviera que completar el recorrido hasta nuestros días.

Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, Av. Del Libertador 8151.
Hasta el 27 de febrero.
Martes a viernes 12 a 21. Sábado, domingos y feriados 11 a 21.
Entrada gratuita.
Visitas guiadas ESMA: 4704-5525.

DZ/km

 

Fuente Redacción Z
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