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Filete porteño, arte de cuna obrera

En una fábrica, algún inmigrante italiano pintó el primer carro al modo de su tierra. Y aunque quisieron prohibirlo y relegarlo al olvido, el filete sigue salpicando de color y alegría cuerpos, calles y objetos.  Para Alfredo Genovese «Lo consideran un arte menor, como el tatuaje».

Por Eduardo Diana
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La eterna sonrisa de Gar­del, cintas celestes y blan­cas, frases picarescas, co­lores vivos, elegantes líneas. Con más de cien años de historia, el fileteado porteño sigue acaparando miradas. Se lo ve en colectivos, en fachadas de casas, en vitrinas de negocios. Sin dudas, junto con el tango, es una de las ex­presiones que mejor define la iden­tidad porteña. Sin embargo, recién en 2006 fue declarado Patrimonio Cultural de la Ciudad.

Su origen, como el del tango, está envuelto en el misterio. No se sabe quién fue el artista que inició el género ni cuándo se hizo el pri­mer trabajo. Se sabe, sí, que la inmi­gración europea –otra coincidencia con el tango– hizo su aporte, pero no hay documentación sobre su nacimiento y lo que se conoce es a través de testimonios.

Definido como un arte deco­rativo y popular, el fileteado nació a principios del siglo XX en la Ciu­dad de Buenos Aires. Sin embargo, durante décadas fue ignorado por los teóricos y los críticos de arte. La primera exposición se realizó el 14 de septiembre de 1970, en la Gale­ría Wildenstein. En conmemoración de la muestra, se consagró la fecha como el Día del Fileteado Porteño.

De sicilia

Hay que pensar en otra Buenos Aires, la de principios del siglo pa­sado, parar poder imaginarse las calles adoquinadas y el traqueteo de los carros tirados por caballos. En esos carros se repartían los bo­tellones de leche, pan y verduras. En las fábricas donde se construían y arreglaban los carros se habrían dibujado los primeros filetes.

Según una versión, en un taller ubicado en Paseo Colón trabajaban como aprendices dos jó­venes inmigrantes italia­nos. Una tarde, el dueño del taller les encargó que pintaran un carro. En esa época, según el regla­mento municipal, debían ser de color gris. Pero los chicos decidieron hacer algunos cambios y pinta­ron los costados del ca­rro de color rojo brillante. La idea le gustó mucho al dueño del carro. Al observar esa colorida in­novación, otros carreros quisieron imitar la idea. Esos dos chicos italianos, Vicente Brunetti y Salva­dor Venturo, son dos de los primeros fileteadores que se conocen. Los chi­cos continuaron pintan­do carros y se dividieron el trabajo: uno de ellos le daba una mano de color al chasis y luego el otro pinta­ba arabescos y estilizadas líneas.

Otro de los primeros filetea­dores habría sido el italiano Ce­cilio Pascarella. Es probable que inmigrantes sicilianos también ha­yan dado toques de color a los ca­rros. En el siglo XIX, en Sicilia era muy común embellecer los carros con un estilo similar al fileteado. El oficio, como tantos otros en esos tiempos, se transmitía de genera­ción en generación.

Reflejo de una época

Entre otros rasgos que lo de­finen, el fileteado porteño tiene uno distintivo: combina el dibujo y la pintura. En cuanto a la ornamen­tación característica, remitía al es­tilo neoclásico, que era tomado de distintos elementos decorativos de la Buenos Aires de inicios del siglo pasado, como las rejas del frente de las casas, vidrios decorativos y fachadas arquitectónicas. Otras características están dadas por los colores vivos, los contrastes de los trazos que logran una sensación de volumen, la sobrecarga de ele­mentos y la simetría del dibujo.

En principio, todo se reducía a líneas muy finas que cubrían los pa­neles del carro o se usaban para se­parar dos colores a los costados del vehículo. Más adelante, se comen­zaron a sumar nuevos elementos: flores, volutas, cintas argentinas, hojas de acanto, bolitas, moños y arabescos. Los fileteadores dieron un paso más e incorporaron fanta­siosos dibujos de animales. Los más comunes fueron dragones (que re­presentaban la virilidad), pájaros (sensualidad) y caballos (la repre­sentación de la región pampeana).

Los dibujos también empezaron a aparecer acompañados de frases y refranes. Esas leyendas abarca­ron un amplio arco temático, desde las humorísticas y provocativas has­ta otras con pretensiones filosófi­cas. La suegra siempre fue un tema clásico que muestra cuán acendra­da está la misoginia porteña: “Fe­liz Adán que no tuvo suegra” o “En el jardín de mi vida, la peor hormi­ga es mi suegra”. Y otras más re­flexivas: “La vida es como la cebo­lla: hay que pelarla llorando” o “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”. Y las humorísticas: “Si el trabajo es salud, que trabajen los enfermos” o “Si querés leche fría, poné la vaca a la sombra”.

Ocasos y prohibiciones

En 1928 comenzaron a circu­lar los primeros colectivos. Otro in­vento argentino, como el filetea­do. Desde el principio estuvieron unidos. Tanto la carrocería como el respaldo del asiento del chofer lucieron coloridos dibujos y frases. La más vista: “Lo mejor que hizo la vieja, es este pibe que maneja”.

En 1930, una ley prohibió que los vehículos llevaran imágenes de próceres o símbolos patrios. A par­tir de esa disposición, los dueños de carros, camiones y colectivos opta­ron por otros próce­res: Carlos Gardel, la Virgen de Luján o ca­ballos de carrera. El di­bujo de Gardel se con­virtió en un diseño clásico.

En 1975, el fileteado sufrió otro golpe. Una ley impidió “el pintado de insignias, adornos y otros ele­mentos decorativos” de los colec­tivos. Sostenía que frases y dibu­jos confundían a los usuarios para informarse sobre el recorrido. Des­de ese momento, el colorido del fi­leteado entró en cierto ocaso, a lo que se sumó el cierre de la mayoría de fábricas de carrocerías de colec­tivos, donde trabajaban esos artis­tas. En 1985, la ley fue actualiza­da. A partir de esa prohibición, el fileteado desapareció de los colecti­vos pero comenzó a ganar otros es­pacios callejeros: carteles publicita­rios, vitrinas, frentes de comercios, placas, pinturas de caballete, en di­versos utensilios y en letreros con anuncios de servicios y oficios.

Hace una década, hubo una serie de acciones destinas a resca­tar al fileteado del olvido. En 2004 se organizó el concurso El Abasto, que convocó a filetear los frentes de las casas de la calle Jean Jaures al 700, donde se inauguró el Pa­seo del Fileteado, junto al Museo Carlos Gardel. Por su parte, el Mu­seo de la Ciudad instaló la muestra permanente del Arte del Fileteado Porteño. Más allá de esos espacios, está presente en todos los barrios: en las ferias, bares y comercios.

Entre los grandes maestros se puede citar a León Untroib, Marti­niano Arce, Alberto Pereira, Alfre­do Genovese, Jorge Muscia y Ricar­do Gómez. La norma que prohibía el fileteado en los colectivos recién se derogó en 2006. Pero el filetea­do ya se había abierto otros cami­nos. Y a través de tatuajes, hasta el cuerpo humano incorporó esos di­bujos y estilizadas líneas.

Alfredo Genovese: “Lo consideran arte menor, como el tatuaje”

Alfredo Genovese es uno de los mayores referentes del fileteado porteño. Tomó clases con el maestro León Un­troib, y con Ricardo Gómez aprendió el oficio de filetear ca­rros. Después de trabajar en soportes tradicionales, comenzó a experimentar sobre cuerpos humanos. Trabajó en el diseño de imágenes de diversas marcas y en campañas publicitarias, dictó cursos y realizó conferencias en el país y el exterior, pu­blicó cuatro libros sobre fileteado y en 2012 la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires lo declaró Personalidad Destacada.

¿Qué es el fileteado?

Es una pintura decorativa propia de Buenos Aires, que na­ció a principios del siglo pasado. Se lo usaba para decorar los carros que circulaban por la ciudad. En la actualidad, el fileteado porteño es una práctica vinculada al diseño, que alcanza nuevos usos y soportes, pero conservando su iden­tidad clásica que le dan el color, el volumen y la estilización de las formas. Es decir, pasó de la carrocería de los colectivos a la gráfica y a la publicidad. Y también a los cuerpos, mediante el bodypainting y el tattoo.

¿Es un ícono de la cultura porteña?

Sin dudas, el fileteado junto con el tango son las dos expresiones más genuinas de Buenos Aires. En el exte­rior es muy fuerte la vinculación del tango y del filetea­do con Buenos Aires. En ambos casos, incluso, se los identifica directamente como íconos de la Argentina.

¿Cuáles son las características distintivas del fi­leteado?

Lo que más llama la atención es que esté hecho a mano. En el filete se nota el trabajo artesanal.

Hubo un renacer del fileteado. ¿A qué lo atribuís?

Está relacionado con los cambios en los soportes del fileteado y en la digitalización de las imágenes. En los últimos 15 años también hubo un cambio de sentido muy grande. Antes, uno buscaba en la web la palabra “filetea­do” y los contenidos que aparecían estaban rela­cionados con el corte de carnes y pescados. Ahora en la web la palabra “file­teado” aparece referida al arte. No ocurre lo mismo en los diccionarios, donde sigue aludiendo al corte de carnes.

¿Tiene reconocimiento el fileteado como arte?

No tiene el reconocimiento que merecería. No hay crítica ni teoría del arte que se dedique al fileteado. Esto no es algo que suceda por falta de mérito del fileteado, sino por falta de interés institucional y del mundo del arte. Todavía se lo considera un arte menor, como el tatuaje o el grafiti.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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