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TEMAS DE LA SEMANA

Fiesta privada, de verdad

Las clausuras de ámbitos donde se toca rock en la Ciudad de Buenos Aires no comenzaron con Beara.

Por hernan-muleiro
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Las clausuras de los espacios más chicos son constantes. Y no es sencillo conseguir testimonios de los organizadores de la resistencia cultural porteña, que dicen sentir­se perseguidos por las autoridades. La Ciudad tiene varios problemas con el rock: por un lado, faltan lugares multitudinarios donde las pro­ductoras internacionales puedan presentar sus megaespectáculos. Por otro, faltan lugares medianos para las bandas que crecen año tras año en convocatoria. Por último, están los lugares clandestinos, pequeños sucuchos donde se organiza otro tipo de diversión para los que des­precian las discotecas o quieren hacer un recital en su propia casa. Esta nota se ocupa de los lugares autogestionados, donde se cocina una de las partes más interesantes de la cultura local.

Cromañón volvió todo más complicado. Los inefables pero queridos sucuchos, sótanos sin salida de emergencia, pero con arreglos con la po­licía y los inspectores, o desaparecieron o aumentaron tanto su «canon», que el alquiler (hasta un 300% más caro) dejó afuera a la mayoría de las bandas. Éstas, hartas de las clausuras, decidieron a jugar al gato y al ratón con la policía, refugiándose en casas particulares.

El golpe seco de la puerta sube por entre el ruido del recital. Los pocos asistentes ni se inmutan. El golpe se repite y un grupo de fede­rales espera tranquilo. La dueña los aleja a base de chamuyo: de eso se valen los dueños de lugares clandestinos para defender sus eventos. Algunas bandas, como Mujercitas Terror, afirman: «Nos sentimos có­modos tocando en casas. El tema es que los vecinos hacen rápidamente la denuncia, y vienen. Una vez decidimos no hacer ningún ruido antes del show. Sabemos que desde que empezás hasta que llega la policía pasa una media hora. Ese es el tiempo que podemos tocar. Luego que vienen, se puede seguir pasando música, eso no jode. Lo mejor sería tocar en un lugar habilitado, porque andar corriendo por estos tipos es muy, muy, aburrido». Después de Beara, la negociación se volvió impo­sible.  El ensañamiento siempre es con las fiestas de bandas chicas, que se hacen en casas o galpones, con menos de 200 personas.

Ex integrante de Reynols, Alan Courtis, sentado en el subsuelo de pa­bellón III de Ciudad Universitaria, dice: «Pese a ser el día más frío del año, nos sorprendió enterarnos que minutos después de empezado el show, se hizo presente un grupo de inspectores. No lograron parar el show pero sí dejaron gente afuera y labraron un acta de clausura que terminaron dejando -ante la imposibilidad de encontrar a alguien mejor- a uno de los músicos.» Courtis entiende que «dada la escasez de lugares donde tocar en vivo, la creciente demanda y la nula actividad oficial para llenar ese vacío, parece más una provocación que una tarea de rutina. El Gobier­no de la Ciudad parece no entender que, a nivel cultural, está causando otra tragedia». La represión disfrazada de prevención no es patrimonio del rock. La cultura de la música electrónica subterránea está en la misma. «La gente sólo quiere disfrutar sin joder al otro y olvidar sus problemas en paz. Que vuelvan las fiestas y los toques de bandas en las plazas públicas sin trabas ¡ya!», se burla una amiga. Para muchos de los chicos y chicas que intentan encontrar un lugar donde tocar o escuchar música, no es cues­tión de resistencia cultural, sino de simple respeto a su expresividad.

 

Fuente Redacción Z
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