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TEMAS DE LA SEMANA

Fiesta de la cosecha: como en Corea pero en casa

La comunidad del Bajo Flores recreó tradiciones en un día de puertas abiertas.

Por Mercedes Pérez Bergliaffa
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Acá tenés una mezcla de nacio­nalidades», decía uno que pa­saba caminando, mirando al­rededor, los ojos muy abiertos. «¿Viste toda la comida que hay…?», le co­mentaba otro a su esposa, mientras se mo­vían entre los puestitos. Diálogos así se escu­charon durante el domingo en el barrio de Flores, el corazón de la comunidad coreana porteña. Pasa que entonces se conmemoró, con gran despliegue de colores y comidas, la Fiesta Nacional de la Cosecha, la segun­da fecha más importante de Corea después del Año Nuevo. La Fiesta de la Cosecha o Chuseok, en coreano, vendría a ser algo así como el día de acción de gracias de los nor­teamericanos, pero al estilo oriental.

«Los coreanos, en esta fiesta, agradece­mos a nuestros ancestros las buenas cose­chas», explica Cristina Baek, hija de coreanos y una de las organizadoras de los festejos. «En toda Asia tenemos la tradición de agra­decer a nuestros antepasados, porque ellos nos siguen ayudando desde el cielo», expli­ca Baek, en un español perfecto. «Por eso, cuando es el aniversario de su fallecimiento y también en fiestas como estas, parte del ri­tual es ir al cementerio a preparar mesas con comidas para ofrendar a los familiares que ya no están. Y si bien eso en es parte del ritual del Chuseok, aquí, en la son pocas las familias que todavía lo hacen. Sólo visitan el cementerio pero sin preparar las ofrendas. Tampoco se cumple aquí con el rito de festejar por varios días seguidos y fe­riados, como sí se lo sigue haciendo en Co­rea», comenta Baek.

Todo este clima de ritual y festejo, en Flores, el domingo pasado, estaba a flor de piel. Con el tránsito cortado sobre la ave­nida Carabobo, se habían colocado infini­dad de gazebos en medio de esa calle y a sus costados, que ofrecían manjares dul­ces y salados, casi todos a base de carnes, en especial de pescados. Como por ejem­plo el buchingue -una especie de tortilla de vegetales con calamares-, el sun den -si­milar a una morci­lla-, o el che iuk bok uhm, cerdo con fi­deos rojos picantes. Todo esto acompa­ñado, por supuesto, del tradicional vino de arroz asiático. Allí, entre estos puestos, las personas iban y venían, decidiéndo­se por cual o tal co­mida, comprándola y luego llevándola has­ta algunas de las largas mesas instaladas en medio de Carabobo con el propósito de dar cobijo al almuerzo.

Pero esto no era todo en Chuseok: también había un gran escenario donde se realizaron demostraciones de samool­nori -música tradicional coreana ejecutada con instrumentos de percusión-, de sipal­ki-do -artes marciales coreanas- y de bai­les coreanos tradicionales. En ellos, peque­ños grupos de mujeres jóvenes, ataviadas con hanboks de color rosa brillante -el tra­je tradicional coreano que, en el caso de ellas, es un bolero cortito y una falda lar­guísima- bailaban con movimientos sinuo­sos, delicados.

«Es la Danza de los Abanicos», explicó a Diario Z la profesora de danzas Kim Hea Sok, quien dirigía y coordinaba los grupos de bailarinas. «Es una danza que, en la anti­güedad, sólo se bailaba dentro del palacio, no era popular», agrega Sok.

Luego vino el turno del ssireum, la lucha tradicional coreana. Ocurrió durante horas, en medio de una arena circular por la que pasaron tanto hombres como mujeres. Los dos luchadores, con el torso descubierto, tenían que poner una de las manos sobre el contrincante a la altura de la cintura y la otra dentro de un nudo que llevaban en un lazo que los atravesaba. Los puntos clave de este combate son la fuerza y el equili­brio; quien logre desestabilizar al otro y ha­cerle tocar el piso primero con la espalda, gana. El público -casi todos niños de ojos asombrados y concentración máxima-, hin­chaba por un equipo («¡A-zul, a-zul!») o por el otro («¡Ro-jo, ro-jo!»). árbitro, mientras tanto, chiflaba el pito; y entonces la com­petencia se largaba con toda la furia. Pa­saron infinidad de contrincantes, mientras duró el Sol.

La fiesta también tuvo su parte oficial, que fueron discursos de apertura del emba­jador de Corea, Byung-kwon Kim -siempre hablamos de Corea del Sur, la Argentina no tiene relaciones diplomáticas con del Norte-, y representantes de la Secretaría de Cultura de la Nación y de distintas or­ganizaciones coreanas. Aunos metros de las autoridades que hablaban, inmerso en el evento, como si se tratara de un puestero más, un hombre vestido de gaucho vendía choripanes, que saboreaban los vecinos bo­livianos junto a un jugo de durazno made in Corea, mientras miraban sentados el espec­táculo de sipalki-do.

Las mezclas culturales y la curiosidad fueron las reinas de la tarde. Y es compren­sible: ante tanto despliegue de sabores, for­mas y sonidos, nadie quiso perderse la fies­ta que los vecinos de Flores organizaron en la calle Carabobo, un pedacito de Corea en Buenos Aires.

DZ/km

 

Fuente Redacción Z
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