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TEMAS DE LA SEMANA

Ferias del Parque Centenario: De todo como en botica

Discos inhallables, libros usados, picadoras de carne centenarias, monedas, escudos, bayonetas de la Primera Guerra. Una cita obligada de curiosos y coleccionistas.

Por Federico Raggio
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Restáurese en cuerpo y mente en unos minu­tos, reduzca su estrés y calme la tensión: Massage, masaje exprés.” Es pro­bable que si el caminante porte­ño ve un anuncio de este tipo por el microcentro u otras zonas lo re­lacionará con algún siestario, spa o centro de belleza. Sólo faltaría la frase: “Y en la oficina, relaje su cabeza echándola hacia atrás y alinee hombros y caderas. No la mueva y cierre los ojos”. Pero no, ese último enunciado es fruto de la imaginación, mientras que el primero puede verlo en la feria de la Mutual Creación Alternativa de Trabajo que funciona los sábados, domingos y feriados sobre las ve­redas del Parque Centenario y la calzada de la avenida Patricias Ar­gentinas.

En el renovado Parque Cente­nario hay juegos infantiles flaman­tes, los caminos y el césped es­tán cuidados, y en el lago nadan mansamente patos blancos y ma­rrones y carpas multicolores, unos peces de buen porte que asoman sus bigotudas cabezas para atra­par los pedacitos de pan que arro­jan los chicos.

Otro de los atractivos del pa­seo son las ferias tradicionales: la de artesanos y la otra, de com­pra y venta de libros. Aambas hay que sumarles la feria que sur­gió luego de la crisis de 2001, que ofrece productos de lo más varia­dos: desde tortas y plantas hasta tejidos y juguetes de plástico.

Los fines de semana se ven ve­cinos que hacen gimnasia y tam­bién gente de otros barrios que busca un lugar debajo de algún árbol para tomar unos mates. Y si el tiempo acompaña muchos aprovechan para recorrer la fe­ria, que comienza en la intersec­ción de la Patricias Argentinas y el pasaje Lillo, al costado del Museo Argentino de Ciencias Naturales. Desde allí hay dos caminos. El cir­cuito más corto incluye el sector donde se venden vinilos y CDso­bre Lillo, de frente a la feria de li­bros. Por otro lado, se puede re­correr un segundo itinerario que comprende unos 520 puestos y que es más que un típico merca­do de pulgas ya que se comercia­lizan numerosos rubros. Estos fe­riantes se ubican bordeando el parque, desde Patricias Argenti­nas hasta la calle Antonio Macha­do frente al Hospital Naval.

SECTOR MÚSICA

El “sector “música”, concen­trado en un mismo espacio co­mún, podría ser considerado como una feria aparte porque sólo reúne la compra y venta de vinilos y discos difíciles de conse­guir: “Es una feria originaria del Parque Rivadavia, que tiene su gé­nesis en el canje de discos vinilos durante la década del 70. Se es­pecializa en los estilos cercanos al rock”, cuenta Marcelo, uno de los feriantes. “Simplemente era un intercambio musical maravilloso, nos quedábamos cuatro horas, no molestábamos a nadie”, recuerda Carlos, uno de los puesteros más antiguos, acerca de los tiempos en el Parque Rivadavia. Luego del 2001 tuvieron que reubicarse en el Centenario porque el Gobierno los echó.

“En esta feria se venden todos los formatos habituales que hay en distintos soportes: tanto CD como vinilo”, aclara Carlos, que se espe­cializa en ediciones europeas difí­ciles de conseguir. Y cuenta que los “muchachos” que se juntaban en el Parque Rivadavia a intercam­biar discos de vinilo hoy continúan la tradición: “El público melómano está sólo los domingos desde las 9 de la mañana hasta las 14, llueva o no”. Ricardo, Piero y Sergio hablan de la “enfermedad” que los une y revelan que se juntaban en el Ri­vadavia en la época de la dictadu­ra. “Nosotros canjeábamos vinilos y no rompíamos las pelotas, pero había represión. Se intercambia­ba cualquier cosa de rock nacional pero más de rock de afuera”, re­vela Ricardo de 60 años y con una pila de vinilos de Los Beatles deba­jo del brazo. “O cambiabas ‘mano a mano’ sin plata de por medio”, cuenta Sergio (52 años) a su lado con una caja llena de CD de rock británico setentista. Mientras que Piero (52) comenta que en aquellos días no había puestos: “Eran sola­mente particulares con los discos bajo el brazo. No te podías apo­yar en el piso sino venía la policía y te levantaba”. Asimismo, confie­sa que aunque ellos tienen colec­ciones con cientos de CD y vinilos, siguen juntándose porque siem­pre “falta algo” para estar satisfe­chos: “Aparte es la búsqueda por la búsqueda misma. Hay que ir de­trás de la zanahoria que uno nun­ca va a alcanzar. Es una enferme­dad”. Asienten con la cabeza sus laderos, mientras sonríen.

Luego de las 14 cambia el pú­blico, explica Fabiana, otra ven­dedora: “Viene gente más jo­ven, que se maneja con MP3 y con CD”. ¿Qué se puede hallar en este sector? Vinilos difíciles de encontrar como Apostrophe de Frank Zappa ($250) y No se rin­dan, de V8.

MERCADO DE PULGAS

La otra cara de la feria reúne a varias categorías, imposibles de encasillar. Roberto, que vende an­tigüedades en su puesto, asegura que se puede conseguir cualquier objeto de las primeras décadas del siglo pasado hasta de la ac­tualidad. “Vas a encontrar todo lo que te puedas imaginar. Acá vienen coleccionistas, comercian­tes y público en general. Yo ten­go clientes de años que antes me venían a comprar a Acassuso, en otra feria, y que aho­ra me vienen a visitar acá.” “Esto no se con­sigue, está sin abrir y vale $250”, dice mien­tras señala con su mano una botella de malta marca Quil­mes del año 1978, muy buscada por coleccionistas de esa marca. Más abajo hay una mira telescó­pica de un tanque de la Segunda Guerra Mundial a $450.

“Compro juguetes usados”, “Cambio pilas de reloj en el acto”, “Compro herramientas” son algu­nos de los carteles que se exhiben en el trayecto de 400 metros que corre por Patricias Argentinas.

Así como se vende ropa nueva para distintos públicos (deportiva, para bebés y de tipo hindú), tam­bién hay ferias americanas; pues­tos donde se ofrecen antigüe­dades; venta de juguetes viejos; ferretería; inciensos; perfumes; marroquinería; veterinaria y hasta una santería, atendida por Angé­lica –”la hermana Angélica”, dice ella–, una monja que exhibe rosa­rios, denarios, velas y hasta imá­genes de santos “ilegales” como el Gauchito Gil.

El paseo tiene también otras particularidades, poco usuales en otros parques porteños. Mijael da masajes “exprés” a quien lo solici­te. “Alivie la presión en su espal­da, cuellos y hombres”, informa el volante del masajista. Al fren­te de su puesto está Eduardo Be­rruti, óptico técnico recibido en la UBA. “La gente me conoce por­que ya hace diez años que estoy acá. Trabajo lentes multifocales, bifocales, con tratamiento antirre­flejo, de sol y comunes. A un tipo se le rompen los anteojos un do­mingo y tiene quien se los arre­gle”, expresa al mismo momento que manipula un armazón.

Mario, un expositor que fabri­ca y restaura pantallas de ilumina­ción, sostiene que cada fin de se­mana unas 5 mil personas visitan a la feria “aunque entre octubre y diciembre suelen ser más”. A unos metros, Héctor, que vende anti­güedades, asevera que muchos coleccionistas frecuentan el par­que: “Así como tenés gente que colecciona monedas, boletos vie­jos, cubiertos antiguos o postales; también están los que coleccio­nan ceniceros, cámaras de fotos de mediados del siglo pasado, afi­cionados a frascos antiguos, sifo­nes de vidrio, encendedores, casi cualquier cosa”. En su puesto se pueden encontrar bayonetas che­cas de la Primera Guerra Mundial y picadoras de carne de los años 20 y 30, así como un arcaico pro­yector a manivela a $160. “Y a un precio mejor que en San Telmo”, reitera y convence a quien lo escu­che, aludiendo al mercado de pul­gas de la Plaza Dorrego.

Ahora ya se sabe: en el Par­que Centenario se pueden con­seguir reliquias o excentricidades, usted elige.

Fuente Redacción Z
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