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TEMAS DE LA SEMANA

Femicidios: ¿Cuál es el rol de la escuela?

En una semana mataron a diez mujeres. Pero se puede enseñar y se puede aprender que nadie es dueño de otro. Ni siquiera de otra. La importancia de la educación sexual.

Por Olga Viglieca
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El 6 de octubre Sandra (44) fue apuñalada en Mar del Plata. Daiana (17) murió baleada frente a una iglesia evangélica en Carmen de Areco. A María del Carmen (47) la ahorcaron en su casa, en Bariloche. La mendocina Marlene (18) “vivía como prostituta”, escribió un cínico. Sospechan que la mató un cliente. El novio de Silvina (23) la mató en Tartagal. El mismo día, en Mar del Plata, Rosario (38) murió apuñalada por el marido y Claudia (47) fue degollada. No se conocían. También fue asesinada María (35), en Pergamino.

Parecía que la horrible semana cerraba con Julieta Mena (23), muerta a golpes mientras el cuñado escuchaba pared de por medio. No llamó a la policía, dijo, “porque si la mujer se arrepiente se crea un problema familiar”. Pero faltaba Diana Sacayán. Activista travesti de sonrisa luminosa. Redactora de leyes. Vivió molida a palos por los tipos y por la policía. La mataron el 13 de octubre.

Imposible no pensar en la indiferencia del Estado. Y en las miles de mujeres –y hombres– que se manifestaron en el Ni Una Menos. Imposible no pensar en la policía apaleando a las mujeres en Mar del Plata.

Es difícil saber cómo se podría haber torcido la suerte de esas mujeres, muertas a cualquier edad, en cualquiera de los puntos cardinales. Por sus novios, maridos, amantes, ex.

Hay que superar la bronca para buscar el nombre de sus asesinos y pensar, también, si se podría haber torcido la suerte de Claudio, Nicolás, Hernán, el cliente, Santino, Carlos, Héctor, Ángel, Marcelo. Pensarlos a upa de su mamá, llorando por una rodilla lastimada.

Cuántas veces les habrán dicho a ellas que mujer sin hijos es mujer sin nada. Que los anticonceptivos matan bebés. Que la felicidad está en la familia y que si no está, es porque ellas fallan. Que hay que resignarse y tolerar. No quejarse. Que el cuerpo no es para tocarlo. Pero que si te lo tocan de prepo, es porque fuiste vestida para que te lo hicieran.

Cuántas veces les habrán dicho a ellos que no lloraran como maricones, incluso en la palabra amorosa de la madre: “los nenes no lloran”. Que “se” la cogiera, aunque ella dijera que no: que no fuera maricón. Que por qué dejaba que le hablara así en público: que lo dejaba como un maricón. Que si ella quería usar preservativo, seguro lo estaba cagando con otro. Que si quería trabajar, también. Que se portara como un macho.

Cuántas veces habrán visto juntos el programa más visto de la televisión argentina, ese donde “coger” es un hecho bélico: la cogió, se la cogió, se la cogieron. Y las mujeres, un desfile de tetas y culos palmeados, frotados, exhibidos, por el animador. ¿Para valorizarlos ante quiénes?

¿Se habrían podido torcer esas suertes?
Hace un siglo, la escuela pública fue capaz de convertir la Babel de lenguas que se oía en los patios de los conventillos en una sola lengua: el castellano del Río de la Plata.

Fue capaz de que las morriñas, las saudades, el spleen, la añoranza por la patria lejana cuajaran en una nacionalidad común: el argentino.

Fue capaz de convertir en canciones y ritmos que hoy reconocemos como propios la música que trajeron los esclavos, los abuelos de los cerros, el litoral, la pampa, y los que tarareaban gallegos, judíos, rusos, alemanes, italianos, vascos…

Ay, la escuela pública.
Si la escuela pública enseñara educación sexual, científica y laica, tal vez las nenas y los nenes se atreverían a contar que alguien los está tocando… aunque sea papá o el abuelo.

Si una palabra autorizada, como la de la seño o el profe, les dijera a ellos que todos tenemos el derecho de ser frágiles y llorar, los niños no se sentirían forzados a ser machos de lágrima escondida.

Si esa seño o el profe les dijera a ellas que tan bueno como ser linda es ser inteligente y fuerte y decir lo que una piensa, las nenas no se sentirían forzadas a fingirse frágiles.

Si a todos les dijeran que masturbarse es grato. Que tocarse es grato. Que hacer el amor cuando una/uno quiere es grato. Que eso no nos obliga a embarazarnos. Que a veces nos gusta hacer el amor con el otro sexo. O con el mismo. Si la maestra les dijera que tiene novia. O el profesor de música que tiene novio.

Si les dijeran que no tienen derecho a pegar. Y que nadie tiene derecho a pegarles. Que papá no le puede pegar a mamá. Ni a él. Ni a ella. Ni el marido a la maestra. Y tampoco el novio, ni el marido, ni el hijo. Ni Juan a María. Etcétera.

El problema es que esas palabras ponen en jaque la idea de que hay que tolerar cualquier cosa que pase en la familia, porque la familia “es la base de la sociedad”.

Porque esas palabras enseñan a confiar en sí mismo y a no obedecer ciegamente.

Porque la obediencia es condición necesaria para todas las injusticias. Y esas palabras enseñan a desobedecer.

Porque son palabras liberadoras.

Si en la escuela se dijeran esas palabras, no viviríamos en un mundo feliz, pero estaríamos más cerca. Y, tal vez, algunas, vivas.

DZ/ah

Fuente Redacción Z
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