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TEMAS DE LA SEMANA

Navidad y la felicidad por mandato

El médico psicoanalista, fundador de Ático, reflexiona sobre la necesidad familiar de rituales de refirmación y cómo eso lleva, muchas veces, a una «noche de paz por decreto».

Por Alfredo Grande
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Como todo lo instituido, la familia necesita rituales de refirmación. Hay varios «días» que son adecuados a esos fines: día de la madre, del niño, del padre, cumpleaños, aniversarios varios. El encuentro como ritual lo aleja del cuestionamiento molesto respecto de motivaciones, deseos, ganas, sentido de la oportunidad, etc. Por lo tanto no hay fami­lia que no tenga consagrados distintos rituales, hasta el extremo límite de que toda la familia es un puro ritual.

La felicidad por mandato, la noche de paz por decreto, son recursos necesarios para que nadie escape del corralito consumista de las felices fiestas. La pornográfica publicidad sobre las infinitas formas de regalar algo, incluso regalar algo útil, transforman a los mercaderes del templo que Jesús echó a puro lonjazo, en meros aprendices de los manteros de la calle Florida. No importa demasiado la conflictividad vincular de todos los días, de todos los meses del año que empieza a despedirse. El ritual tiene la positividad de imponer conductas y la negatividad de ocultar conflictos. Como el siempre recordado almuerzo dominguero, que tantas horas de preparativos llevaba para una rápida consumación antes de que empiece el partido. Ahora diría «los partidos».

Por eso, al ser necesario reafirmar a la familia, qué mejor que ha­cerlo con los atributos de la fiesta. Los excesos de varios tipos, por ejemplo de obsequios, bebidas, dulces, salados, asados, comida fría, tibia, postres, champañas y sidras, turrones rompe dientes, fuegos arti­ficiales, etc., tornan artificial el pretendido festejo familiar. El mandato de la alegría es manía, más cercana al desenfreno del Carnaval que a la templanza de una sonrisa compartida. Sin dudar, son los niñas y niños, destinatarios principales de los festejos, la mejor excusa y coar­tada para sostener el escenario que poco tiene de la piedad amorosa de un pesebre y mucho más del desenfreno de las pistas circulares de un circo.

«Lo hacemos por los chicos» dice el tío borracho mientras la cuña­da diabética termina su tercera porción de pan muy dulce. Sin embar­go, cuando las cenizas, y no justamente las volcánicas, se empeñan en blanquear cabelleras, la posibilidad de alienarse no es tan sencilla. Los que sienten que su adolescencia ha sido frustrada por una joven adul­tez sin destino, tampoco les resulta simple entrar en la magia terrenal de los villancicos cantados por los Wachiturros.

Una soga invisible une a los que pasaron de ser adultos promete­dores y a los que sospechan que serán eternos adolescentes frustrados. Para ese complejo y poco comprendido grupo sólo cabe decir: ¡Feliz Navidad! ¿Entendiste?

DZ/km

Fuente Especial para Diario Z
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