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TEMAS DE LA SEMANA

Federico Jeanmaire: Tiempo, destino, amor

Su nueva novela La guerra civil está inspirada en Buenos Aires, “una ciudad donde puede pasar cualquier cosa”.

Por Brenda Salva
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jeanmaire

Lo tiene todo. Amor, sexo desenfrenado, violencia, miseria, horror, compa­sión, ternura, dolor. Tiene a Buenos Aires, a la avenida Lacroze, al trencito de Colegiales. Tiene noti­cias, rumores, radio. Tiene destino, fantasía, superstición. Vida y muer­te. Eso es lo que lo hace particular, lo que hace que Federico Jeanmaire siga creando historias atravesadas por emociones fuertes. Este año lo encontró dando luz a La guerra civil, una novela ambientada en un pre­sente (por no decir futuro próximo o muy próximo), en la ciudad por­teña, donde ocurre un accidente que termina en la fatalidad colectiva de varios inocentes. Su protagonis­ta lee las manos, pero además tiene el extraño oficio de corregir el destino. Un día, despechado de amor, actúa imprudentemente, desencadenando consecuen­cias inusitadas.

“Me interesaba mucho que una posible guerra civil pudiera ini­ciarse a partir de un tipo encerrado en una habitación que por un ma­lestar personal hace algo que des­pués deriva en tal cosa. Es un poco la visión que tengo de como está la sociedad: encerrada, con relaciones virtuales más que con relaciones reales, que no implican que las co­sas en el mundo no sucedan, sino que suceden de un modo extraño, distinto, nuevo”, explica el autor.

¿Qué hecho puntual inspiró tu nueva novela?

Hubo varios. Hubo un caso en el Gran Buenos Aires –hace tres o cua­tro años– sobre un tren que no salió porque se había suicidado una mu­jer y la gente que estaba esperando para viajar en el tren no se enteró, que era lo de siempre y quema­ron dos vagones. Amí me llama la atención ese tipo de noticias, cómo la gente está tan loca que en un de­terminado momento, con o sin cau­sa, puede llegar a hacer el mayor desastre sin darse cuenta. Se juntan cinco, se ponen nerviosos y pueden llegar a hacer cualquier cosa. Es lo que veo todos los días en la calle. Me da la impresión de que hay un nerviosismo bastante grande y que eso podría degenerar en cualquier cosa. Después hay otro disparador, más personal, que es una relación amorosa mía que termina mal.

¿Y en el medio de la locura se puede amar?

Yo pienso que sí. Supongo que una cosa no tiene que ver con la otra. Uno puede enamorarse de la mane­ra que cada uno entienda el amor, diferente de acuerdo con genera­ciones, personas, edades. El amor, de algún modo, no deja de ser una locura. Por supuesto que la gente cada vez toma más resguardos, se toma más tiempo y más en serio las relaciones; o sea, las relaciones no son tan fáciles como podían ser an­tes, pero la complicación de la rela­ción no significa la inexistencia del amor. Amí siempre me interesaron mucho más las mujeres que los va­rones; no lo digo en el sentido estú­pido sino en el sentido verdadero. Me parece que la mujer es mucho más compleja e interesante que el varón; nunca me costó escuchar a las mujeres, porque en realidad me atrae, me importa, me im­presiona, me aporta cosas; y en ese sentido, aunque inevitable­mente esté pegado al mundo masculino –o sea, tengo mi porcen­taje de tontería varonil–, siempre me ha impresionado mucho la for­ma en que piensa la mujer, la forma en que dice lo que piensa, la forma en que esconde lo que piensa y un montón de cuestiones que me han acercado bastante como para per­mitirme cada tanto escribir desde el lugar de la mujer. Me parece in­teresante porque la mujer viene de un montón de siglos en los que se ha tenido que armar de habilidades extremas desde la palabra para so­brevivir en una sociedad machista, y creo que aunque eso haya cam­biado y haya virado enormemente –por suerte–, la mujer todavía con­serva esas formas raras de decir lo que tiene que decir, y eso desde el punto de vista de la lengua me im­presiona y me encanta.

Desde ese punto de vista, ¿el hombre es más básico o, diga­mos, más sencillo que la mujer?

Obvio, porque el hombre en rea­lidad nunca tuvo que esconder nada de lo que sentía o de lo que quería decir; el hombre es el tipo que en los últimos 10.000 años –exceptuando los últimos 60 o 70– tomaba las decisiones básicas de la vida, y entonces no formu­laba registros de lengua raros, ve­ricuetos, elipsis, cosas que la mu­jer maneja muy bien y hoy por hoy algunos hombres también lo ma­nejan muy bien. Si te fijás, hay va­rios programas de chimentos en la tele dirigidos por hombres, que en el fondo tienen una forma de ex­presarse y de decir las cosas que es muy femenina; no estoy hablando de la sexualidad de cada uno de ellos, pero es una medida de cómo entienden el mundo, de cómo en­tienden una determinada realidad. Esas cosas me importan mucho, porque el escritor trabaja con la única materia que es la lengua; to­das las cuestiones que tienen que ver con la lengua son muy atrac­tivas para el que escribe. Así que, obviamente, creo que la mujer es mucho menos básica que el hom­bre, y es mucho menos básica su forma de decir.

Jeanmaire terminó hace algu­nas semanas otra historia, y es so­bre él. Pero con dos décadas más encima, viviendo en Constitución, y relacionándose con una prostituta dominicana que a cambio de sexo cuida a su hijo. No sabemos nada más, pero si es autorreferencial, se­guro que amores no faltarán.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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