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Actualizado: 20/09/2016 09:27:39
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TEMAS DE LA SEMANA

Federalismo y energía: de Repsol al siglo XIX

Las provincias rescinden contratos en una táctica que parece más tanteo que decisión estratégica.

Por Eduardo Blaustein
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Con la quita de la concesión a YPF del área Tartagal Oeste por presunta ausencia de inversiones, el número de yacimientos perdidos por la petrolera en cinco provincias llegó a nueve. Es más que posible que en estos días se sumen más yacimientos, y de mayor capacidad productiva. Puede suceder en Mendoza, en Santa Cruz, en Río Negro, en Tierra del Fuego. Las acciones de YPF en las últimas semanas se mueven como en una montaña rusa enloquecida. Parecían haberse recuperado, volvieron a bajar de manera abrupta y esa baja alimenta especulaciones a menudo interesadas acerca de si el gobierno nacional apostará a algún tipo de reestatización de la empresa a escala nacional.

No parece que el Estado tenga ni los recursos ni la voluntad de hacer tal cosa. El Gobierno sigue tanteando el escenario, tocando aquí, presionando allá, moviéndose junto con las provincias productoras en un mix de estatizaciones distritales y amagos para que otras privadas se hagan cargo de los yacimientos que no producen lo que el país necesita. Hay algunas cosas claras: que estratégicamente los problemas de producción son graves e impactan negativamente en la balanza comercial, que el gobierno reaccionó con demora ante ese cuadro estructural y que la hoja de ruta se construye en el día a día.

Desde la asunción de Néstor Kirchner en 2003, la gestión oficial permitió que la enorme recuperación económica pudiera sustentarse en un mejor sistema de generación y transporte de la energía, mediante inversiones millonarias. Hubo cortes de energía pero nunca el colapso profetizado durante años, pese a la multiplicación de fábricas, plasmas o aires acondicionados. En estos ocho años y pico de kirchnerismo hubo otros mejoramientos en las infraestructuras: desde las rutas y puentes hasta más de mil nuevas escuelas construidas; de hospitales y centros de investigación científica y tecnológica a Yacyretá. No pasó lo mismo con dos nudos problemáticos: la producción petrolera y el sistema ferroviario. Las insuficiencias pueden leerse en una coincidencia llamativa: con los recursos que obtuvo en el país, Repsol creció tanto en términos financieros como para invertir incluso en el norte de África. El grupo Cirigliano, en tanto, concesionario entre otras empresas de TBA, invirtió en un tren de lujo en Miami, mientras dejaba pudrirse nuestros vagones y vías.

Éxitos y lamentos

La política petrolera oficial fue más opaca que la desplegada en otras áreas. Néstor Kirchner impuso retenciones que permitieron desconectar el precio interno del petróleo del valor internacional. Los precios bajos de los combustibles fueron una estrategia exitosa para sostener la recuperación del aparato productivo, las tarifas del consumo doméstico y las del transporte que usamos para ir a trabajar o estudiar. No pasó lo mismo con la apuesta de «argentinizar» Repsol mediante el ingreso de un actor presunto de la mítica burguesía nacional, el Grupo Eskenazi. A esta altura suenan desfasados ciertos lamentos oficiales como que la lógica financiera de Repsol y del Grupo Eskenazi sólo sirvió para que «se llenaran de plata» o «mandaran las utilidades al exterior en lugar de invertir en exploración y extracción». Se supone que el Estado debía estar supervisando lo que sucedía.

Es bueno que el Gobierno reconozca la existencia de un problema y que esté accionando para superarlo. Habrá que ver si la estrategia de recobrar pozos por provincia no conspira contra una estrategia energética nacional. Hoy los gobernadores obran así no sólo por cuestiones de (relativa) pertenencia política sino porque necesitan más producción para mejorar su situación productiva y fiscal. Pero es difícil saber si en el futuro esos mismos mandatarios seguirán alineándose en la misma estrategia. Si el chubutense Martín Buzzi hubiera triunfado claramente de la mano del ex gobernador Mario Das Neves y un peronismo federal menos calamitoso, hoy quizá cantaría otra melodía en lugar de liderar los reclamos provinciales.

De partidos y confederaciones

A menudo se tiene la sensación de que pese a los vértigos de superficie hay una configuración en la Argentina profunda que parece remitir a las disputas del siglo XIX. Que Mauricio Macri declame un federalismo marketinero de cara a su candidatura presidencial y a la vez se niegue a gobernar el sistema de transporte de su distrito es parte de la confusión general. Que el Congreso de la Nación le dé la razón al gobierno kirchnerista aprobando el traspaso aclarará sólo en parte la discusión institucional.

Al mismo tiempo, cuando, a propósito del fallo de la Corte Suprema sobre el aborto, se analizan las tristes declaraciones de gobernadores justicialistas como los de Salta y Mendoza, se vuelve a la idea de que el peronismo es una confederación de tribus antes que un «partido político». El kirchnerismo tampoco lo es y lo que queda del radicalismo también tiene mucho de confederación en la que priman no aquel progresismo urbano de los tiempos de Raúl Alfonsín, sino referentes más bien opacos, conservadores, a menudo tan «feudales» (para usar el reiterado calificativo porteño) como sus parientes peronistas.

Este paisaje de fondo explica en parte el presente. Una coyuntura en la que la hegemonía kirchnerista permanece intocada pese a los problemas que quedaron expuestos en los últimos meses. Del mismo modo sigue vigente, y así seguirá hasta que comiencen a redefinirse los espacios políticos en las próximas elecciones legislativas, un augurio hecho por derecha o izquierda: no hay, excepto la potencialidad del macrismo con las alianzas que pueda hacer, otro espacio político fuerte que no sea el kirchnerismo. Lo que significa que, si es exclusivamente por la política, el único adversario del oficialismo es el kirchnerismo mismo. Con unas cuantas cosas por resolver: la hiperdependencia de la figura de Cristina Kirchner y su centralidad, llevar a buen puerto la idea de la «sintonía fina», el problema de la sucesión presidencial o la de Hugo Moyano, que sigue peleando por su permanencia al frente de la CGT, contando como arma de propaganda con los mismos medios de comunicación que lo satanizaron durante ocho años.

Más de una vez la Presidenta habló de la necesidad de «institucionalizar el modelo». Esa aspiración de hacer realidad con la sanción de leyes como la de la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central o los cambios que vienen en los códigos Civil y Comercial. No pasa lo mismo con la institucionalización del kirchnerismo como espacio partidario. El tema, junto con la cuestión petrolera, la ferroviaria y la relación difícil entre los números de la economía local y la global, que permanece en crisis, seguirá dominando la agenda de los próximos meses.

DZ/km

Fuente Especial para Diario Z
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