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«En lugar de cantar grave y oscuro, me mande para otro lado»

Con Incandescente, su tercer disco solista, el fundador de Fricción rompe definitivamente con el molde de arquetipo del dark rock argentino.

Por Diego Oscar Ramos
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richard_coleman

Richard Coleman es uno de los mejores exponentes del espíritu estético, tan épico como intenso, que tuvo nuestro rock en la década del 80. Con su mítico grupo Fricción, Coleman quedó entronizado como el representante del dark porteño, aunque más cerca de un poeta romántico contracultural que del amante irreflexivo de la melancolía. Sin embargo, con sus tres discos como solista ha destronado esa vieja imagen suya que él mismo contribuyó a construir.

Este año, acaba de editar Incandescente, un trabajo que se ubica en ese lugar intermedio entre el rock y el pop, tan caro a artistas de su afecto como David Bowie. Once canciones unificadas por una mirada romántica sobre la realidad que se subleva contra la caducidad de ciertos objetos, como la lámpara incandescente de la tapa del disco. Una fuente de valor pasional para personas que se salen del corset de lo establecido y de los comportamientos reglados por un presente de pasiones líquidas.

Es muy fuerte el sentido de lo intenso, del fuego, que se percibe en el disco.
¡Qué bueno! Me gustan las devoluciones. Hay tantas imágenes, hay tanta carga de conceptos en el disco, que se necesita poner el énfasis en alguna parte. Eso me hace muy bien, porque la idea se va ampliando. El concepto habla más bien de la obsolescencia de algunas cosas, como el foco de luz incandescente, que representa la idea general del disco, algo fundamental que de un día para el otro se convierte en obsoleto y prácticamente prohibido. Y al fin, el foquito termina representando un montón de cosas que tenemos guardadas y aparentemente no sirven más, pero que creo que se pueden usar en una ocasión especial, eso es lo interesante. Tanto al foquito, como a un grabador de cinta, como a los teléfonos a disco, uno les puede dar un valor romántico. Y eso me parece muy interesante.

Algo obsoleto para la cultura no tiene por qué ser menos intenso para cada uno de nosotros.

Por supuesto, se trata del valor que cada uno les da a las cosas y, fundamentalmente, de cómo las utilizamos y aprovechamos. El foquito de luz es un símbolo romántico para mí. Parece una joda pensar en que como iluminación romántica de una velada saques un foquito de 25 watts de un cajón en lugar de una vela. De alguna manera, esa broma (parte de la letra del tema “Incandescente”) es representativa de un futuro que es ahora.
Leí que presentaste la idea del disco al sello sólo con tu guitarra, como se hacía tal vez a principios del rock, una forma nada tecnológica.
Mi idea era que ahí ya estaba el disco. Quise mostrar las composiciones con la viola y el bloc de hojas. Fui fiel al concepto; fue un modo muy analógico de mostrarlo. Hice una performance, una entrega del estado real de las canciones, que me fortaleció mucho para después producir el tema sonoro del disco.

¿Qué te aportó ese inicio tan analógico?

Un gran soporte, grandes cimientos, porque las canciones están todas compuestas desde el instrumento, no tan virtualizadas, tienen como una nobleza propia de la madera. Y no pude hacer las melodías de las canciones sin tener la letra entera escrita. Me puse a escribir todas las letras de corrido y en un mes estaban todas. Por eso, más allá de la producción, las canciones se sostienen por sí solas. Eso es muy importante para mí, como compositor, porque siento más importante que, con el tiempo, quede más la canción que el artista.

Y el disco terminó siendo conceptual.

Eso es deliberado, hay un concepto. Hice varias canciones, con una pequeña referencia a una imagen, en vez de haber metido todas esas ideas en una sola letra muy larga. Sin pretenciosidad, hay distintas historias alrededor de una temática.

¿Trabajás tu voz de alguna manera? ¿La cuidás?

Bueno, no la cuido de ninguna manera especial. Solamente estoy con muchas ganas de cantar. Y lo hago con cuidado. Es un instrumento que manejo, como la guitarra. En este disco, la voz está más exigida, desde las mismas composiciones, para llegar un poco más alto, a tonalidades a las que no se me suelen escuchar muy seguido. En lugar de cantar grave y oscuro, me mandé para otro lado.

Más solar que cavernoso.

Claro, más incandescente (ríe con ganas).

Fuente Redacción Z
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