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TEMAS DE LA SEMANA

En las casitas de las fabriqueras

Las familias que viven en el conventillo de la Paloma cuentan su historia y resisten desalojos.

Por Valentina Herraz Viglieca
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Donde nace la calle Serrano permanece en pie una vieja casona conocida desde 1929 como El Conventillo de la Palo­ma aunque nació con el nombre de «con­ventillo Nacional». Aún queda parte de la fachada original de madera labrada. edificio fue construido para que vivieran los obreros de la Fábrica Nacional de Cal­zado, fundada a mediados de la década de 1880. La fábrica compró unas 30 hec­táreas en lo que hoy es Villa Crespo por­que los terrenos eran baratos y adyacentes a un arroyo, El Maldonado, ideal para arro­jar residuos. puerto porteño en aquellos años recibía miles de inmigrantes que bus­caban trabajo. Y la fábrica era una moneda de dos caras: daba empleo a los recién lle­gados y al mismo tiempo, cuantos más lle­gaban, más crecía la industria del calzado: un negocio redondo.

Los inmigrantes no tenían hogar y la empresa los proveía la vivienda. Como la zona era despoblada, la vivienda de los tra­bajadores se levantó dentro del predio de la fábrica. Más tarde, construyeron el primer inquilinato: El Nacional. Con el correr de los años se ofrecieron créditos para la compra de pequeños terrenos donde se construye­ron nuevos inquilinatos: así Villa Crespo fue creciendo como barrio.

El conventillo pasó de llamarse»El Nacional» a «La Pa­loma» cuando en 1929 el poeta Al­berto Vaccarezza escribió el famoso saine­te que tuvo como protagonista a Libertad Lamarque y llegó a las mil presentaciones, un éxito. En 1936 se estrenó la película ho­mónima. sainete es una festiva narración teatral que recorre la vida de los conventi­llos, con un poco de tango y otro poco de milonga, que cuen­ta de trabajo, migra­ción y exagera con amor de arrabal cada escena. La Paloma, realidad o ficción, fue la primera mu­jer en un conventi­llo de obreros -pros­tituta o fabriquera-, que enamoraba des­de su balcón a italia­nos, judíos y españo­les y a quien la viera.

A fines de 1800 y principios del 900, las 110 habitaciones alber­gaban 4 o 5 trabajadores -en general hom­bres solos- por pieza; después en cada una vivía una familia. Hoy viven 17 familias que su­man unas 50 personas. Y se mantiene el es­píritu de familias de inmigrantes, aunque son del interior y de algunos países limítrofes.

Las viviendas se componen de dos de las viejas piezas, un patiecito y un baño. Abel Acosta hace 21 años que vive en la misma casita, la que tiene el balcón desde el que se aso­maba La Paloma. Desde ahí, cada mañana Abel, su mujer y sus hijos salen a trabajar. Una placa en la puerta recuerda a Vacca­rezza y a La Paloma. La placa se colocó en 2004 después de que quisieran desalo­jar el inquilinato para construir un estacio­namiento. Los veci­nos y las familias se pararon firmes y la Legislatura votó la protección estructu­ral de urgencia.

Los habitantes de La Paloma tie­nen perfectamente claro que son here­deros de una tradi­ción centenaria. Y se asombraron mucho cuando, hace unos años, apareció una mu­jer que se dijo heredera de la propiedad. Acosta afirma que la casa «tendría que ser herencia vacante y el gobierno de la Ciu­dad tampoco se preocupa mucho en pedir herencia vacante y seguirle los pasos a esta gente para ver quiénes son. Porque este es un lugar emblemático. Es donde nació Villa Crespo, nuestro principio, cuando llegaron los inmigrantes. Y creo que es uno de los conventillos más antiguos y más grandes de la Argentina. Tiene dos entradas y 2000 metros cuadrados», apunta orgulloso.

Por eso, ellos, acompañados por otros vecinos, presentaron un proyecto en la Le­gislatura para que el conventillo se trans­forme en un centro cultural con teatro y museo. proyecto está en la Comisión de Vivienda y debe volver a la de Cultura. Mientras esperan que salga el proyecto, or­ganizan «fiestas culturales» en la vereda, con mate y tortas fritas. «Se anota tanta gente para actuar, cantantes, bailarines que a veces nos pasamos hasta las 8 y la gente no se quiere ir», cuenta.

De los conventillos de Villa Crespo son muy pocos los que sobrevivieron y menos aún luego del incipiente boom inmobiliario que cruza de Palermo al barrio bohemio. Para los que quieran encontrar este sólo tie­nen que acercarse a éste: la familia Acosta recibe las visitas en su casa y cada septiem­bre abre las puertas a las escuelas, les cuen­ta la historia y les sirve la leche de bienveni­da. Una casa obrera y una fiesta obrera, la misma solidaridad de hace dos siglos atrás.

El jardín de Infantes de la escuela Toma­sa de la Quintana de Escalada, la primera construida en Villa Crespo, en 1888, votó llamarse «La Paloma» en homenaje al con­ventillo.

DZ/km

 

Fuente Redacción Z
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