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En el capítulo de hoy: Sábados de súperacción

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Por Nicolás Zabo Zamorano
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El bloqueo es una enfermedad que ataca a los escritores. Este padecimiento puede durar días, meses, años y en algunos casos, es tan fuerte que acompaña a la víctima hasta su último aliento.
Quien nos ve de afuera no puede entender el sufrimiento que nos produce estar horas frente a una hoja en blanco que parece burlarse y nos invita, desafiante, a completarla con el peor material que podamos ofrecerle al mundo. El bloqueo produce una sensación parecida a respirar bajo el agua. Una desesperación que nos empuja a lidiar con lo peor de nosotros.
No soy un escritor de oficio. Llevo años escribiendo para medios gráficos y aun así no logro abandonar la inspiración, mi fiel aliada. Juntos hemos hecho estragos en mis momentos de catarsis. Cada vez que toqué fondo ella estuvo ahí para tirarme una soga, ella siempre está ahí para permitirme volver a ser la mejor versión de mí. Depender de la inspiración puede ser muy peligroso, especialmente cuando estamos bloqueados. Seguro alguna vez habrán escuchado a alguien decir “lo hice por desesperación” mientras intenta justificar una cagada enorme. La desesperación no es amiga de la lógica.
Desesperado me puse a buscar qué cosas disparaban mi creatividad para encontrar la inspiración perdida. No me voy a poner muy preciso para evitar perder a los pocos amigos que me quedan, pero hasta inventé conflictos para agitar el avispero y tener sobre qué escribir. Ni eso sirvió: desesperado uno no puede ser un buen manipulador, se le ven los hilos.
Nadie sabía por lo que estaba pasando. El bloqueo es la disfunción eréctil de los escritores, no lo comentamos en el medio de una cena. Es como quitarle los poderes a Superman. Un día me encontré frente a una barra de madera, como las de las películas. Me senté en la banqueta y para sentirme acorde con la situación pedí un whisky. Y eso que odio el whisky, pero comencé a tomarlo seguido. Charlaba con quien me lo servía. A veces hasta me animaba a conversar con alguien que no fuese el dueño del local. Había encontrado la inspiración perdida en una mala película de vaqueros.
Con el correr del tiempo ya no me alcanzaba la plata para pagar los tragos, así que inventé una barra casera. Ya no tenía con quien hablar, me dedicaba a escribir. Me reencontré con la inspiración, pero me había perdido yo. Mi súper acción ya no ocurría solo los sábados. La mejor versión de mi comenzaba a depender de la peor versión de mí. Para ser lo que yo consideraba un buen escritor debía emborracharme groseramente y olvidarme del mundo.
¿Mato al escritor o a la persona? Hace ocho meses le di a ésta la oportunidad de darse a conocer cuando me fui corriendo de esa fiesta dejando un vaso por la mitad. Tal vez ya no escriba como me gusta, pero al menos me regalé unos años de vida para intentar volver a hacerlo.

 

Fuente Especial para Diario Z
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