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En el capítulo de hoy: La máquina de cortar alas

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Durante los primeros años queremos ser superhéroes. Nuestro interés no se basa en un sentido de justicia sino que simplemente queremos tener poderes para divertirnos y, ya que estamos, en nuestro tiempo libre poder combatir al crimen. No es la necesidad de servir y proteger lo que nos llama la atención en esos personajes que vuelan y parecen no tener miedo a nada, lo que realmente nos interesa es poder tener una vida fácil y divertida. Niños, no boludos.

No pasan muchos años hasta que comenzamos a entender dos cosas fundamentales. La primera es que en nuestro mundo no existen los superhéroes. No hay riesgo, acción y aventuras como las que disfrutamos durante tantas horas frente al televisor. La segunda: el mal existe. La representación de los villanos deja de estar basada en millonarios excéntricos y sociópatas que quieran saldar una deuda pendiente. Nuestros seres queridos corren peligro de ser atacados por ese mal y es por eso que adaptamos nuestra intención de ser superhéroes a la realidad que nos tocó vivir y comenzamos a conformarnos con ser policías, médicos o bomberos. La vida que tienen planeada para nosotros trata sobre conformarse. A menos que hagamos algo.
Entrando en la adolescencia comenzamos a tener otros tipos de héroes. Ellos no tienen súper poderes pero sí talentos que los vuelven únicos y los hacen resaltar entre la multitud. Ellos lograron conseguir esa vida que nosotros añoramos. Nuestros ídolos son niños que encontraron la forma de adaptar sus ganas de cambiar el mundo a esta realidad.

Una vez citaron desde el colegio a mi vieja porque yo tenía una “imaginación demasiado poderosa”. Les llamaba la atención que pudiera divertirme con la nada misma. Era de los chicos a los que les parecía más interesante la caja que el juguete en sí. Eso era genial porque durante esos años yo tenía más envoltorios que muñecos. Mis viejos alimentaban mi imaginación porque cuando la situación social que vivís no está buena, tener la capacidad de usarla es lo mejor que te puede pasar. Pero en el colegio eso lo veían como algo malo.

Creo que todo el mundo nace con la capacidad de ser un superhéroe a su manera. A nuestros ídolos no les regalaron nada y su vida no fue tan fácil ni tan divertida. Probablemente tuvieron que enfrentar las cosas por las que está pasando Pablo (16). Él quiere ser músico y no logra convencer a sus padres de que está perdiendo el tiempo en la escuela. Yo tampoco pude convencer a los míos. Incluso, hoy creo que abandonar los estudios no es para cualquiera. Solo se lo recomendaría a los que están seguros de su vocación. Muchas veces el que quiere hacer un camino diferente tiene más convicciones que aquel que se siente obligado a seguir abogacía.

En fin, para cerrar: dejar los estudios es algo que solo se lo recomendaría a los que tienen una “imaginación demasiado poderosa” como para creer que pueden llegar a ser superhéroes. Si Pablo cumple los requisitos tal vez termine siendo nuestro ídolo algún día.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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Categoría ’89. Nacido en Buenos Aires. Más precisamente en Parque Chacabuco City Rockers. Secundario incompleto por embole crónico. Ex asistente de producción de bandas de rock y programas de...