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En el capítulo de hoy: El último capítulo

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Por Nicolás Zabo Zamorano
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Crecí odiándolo todo. Yo era ese chico con el que era difícil hablar. Ese al que sus compañeros trataban bien en caso de que un día se volviera loco y decidiese caer con un arma al colegio. Siempre es bueno que el asesino tenga un buen recuerdo tuyo en el momento en que te está apuntando a la cara.
Crecí odiando a los adultos. Me tocó estar rodeado de gente frustrada y resentida que nunca estuvo ni cerca de convertirse en lo que alguna vez soñaron. “Sólo son sombras de lo que quisieron ser” decía la canción de mi banda favorita. Estos seres despreciables no se encargaban de contarme en qué se equivocaron para que no cometiera el mismo error, para que no recorra ese camino que los dejó en un callejón sin salida, no, todo lo contrario: buscaban desanimarme. Nadie debía ser o conseguir lo que ellos no pudieron. Y si alguno osara lograrlo, obviamente, no serían merecedores de eso. Esa es la lógica que manejan los adultos frustrados y resentidos con los que aún me choco de vez en cuando, sólo que ahora en vez de mirarlos con odio lo hago con una profunda lástima.
Crecí odiándome a mí mismo. Fueron esos adultos de los que hablaban antes quienes me convencieron de hacerlo. Fueron ellos los que se encargaron de contradecir ese mensaje trillado que Cris Morena intenta instalar en sus productos: los sueños están hechos para cumplirse.
Es fuerte lo que voy a decir, pero cuando comencé a escribir lo hice para despedirme. Necesitaba dejar en claro que mis razones para no querer vivir más en este mundo tenían su fundamento. El principal era claro: no quería ser adulto. Me negaba a convertirme en una de esas personas mayores frustradas que se encargaban de desanimarme constantemente. No quería en el futuro terminar siendo cómplice de la muerte de un chico que se creyó aquel “no lo intentes”.
La nota suicida se convirtió en catarsis diaria. La catarsis diaria se trasformó en hobbie y aquel hobbie en oficio. Tenía la autoestima vapuleada, por ende, no podía considerarme “escritor”. Esa palabra se la dejaba para aquellos adultos que sí me caían bien. Esos que habían cumplido la promesa que se habían hecho de niños. Cuando me preguntaban a qué me dedicaba decía que era “escribidor”. El mensaje que estaba tratando de dar era “ya sé que lo que escribo es una mierda, nunca dije que fuese escritor”. Pero esa mierda gustó y se comenzó a compartir. Yo era el chico de los fanzines, el de la novela por internet, el de los ciclos de lectura y, al mismo tiempo, el que no iba a llegar a nada con “esa boludez”.
Hace más de tres años que todas las semanas tengo mi propio espacio en el mundo de la gráfica. Y me pagan para hacerlo. Es lo más cercano que voy a estar al “trabajo soñado”. Quizá sea por eso me cause tanta tristeza tener que abandonarlo. Lo hago para no convertirme en la otra rama de adultos que odio: los que no saben dar un paso al costado cuando ya no rinden como antes.
Les pido perdón, hice una promesa y es mi intención seguir cumpliéndola.

Nicolás “Zabo” Zamorano
Escritor

 

Fuente Especial para Diario Z
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Categoría ’89. Nacido en Buenos Aires. Más precisamente en Parque Chacabuco City Rockers. Secundario incompleto por embole crónico. Ex asistente de producción de bandas de rock y programas de...