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TEMAS DE LA SEMANA

Elogio y gratitud a la «invasión» de camalotes

El ambientalista, museólogo y ex director del Zoo porteño, Claudio Bertonatti, opina sobre la llegada de miles de plantas acuáticas a la costa del Río de la Plata.

Por Claudio Bertonatti
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CZFzpKeUgAAYZ4i Fotos de @NestorVidela

La verdadera invasión a las costas bonaerenses y porteñas no es de serpientes ni de camalotales. Es más bien de estupidez e histeria bajo el auspicio de periodistas desconocedores o amarillistas. Basta ver los titulados o bien los comentarios que hacen sobre serpientes mientras muestran anguilas…

Comúnmente, una caminata por las costas de Avellaneda, Bernal, Quilmes, Berazategui, Ensenada, Berisso y La Plata tiene más olor a pescado podrido y marginalidad que a naturaleza y desarrollo. Es un paisaje ribereño dominado por escombros, basura, cemento, vandalismo, vertidos líquidos contaminantes, destrucción de la naturaleza y abandono municipal. Pero no se trata de una desidia de los últimos meses sino de las últimas décadas.

Por eso, demos gracias que llegaron enormes tandas de camalotales para purificar un poco el agua, embellecer y mejorar esa postal ribereña tan triste. Los vecinos más antiguos todavía recuerdan cuando disfrutaban de estas costas como balnearios libres de contaminación y ricos en peces. Lo hacen con melancolía, con esa suerte de felicidad de estar triste, al decir de Rubén Darío.

Así que esta «invasión» de camalotes es una invitación oportuna (hasta políticamente, dado el cambio de gestión) para replantearnos que visión tenemos de nuestro paisaje ribereño y de nuestro patrimonio natural. ¿Sentimos que tenemos algo que ver con este Río de la Plata? ¿Nos interesa restaurar y recuperar al menos una parte de su fisonomía original? ¿O preferimos terminar de “domesticarlo” para borrar del mapa todo rastro salvaje de su pasado?

Es tal la desconexión con nuestro pasado y nuestra naturaleza del Río de la Plata que a días de conmemorar los 500 años de su “descubrimiento” (por el piloto mayor del reino de España Juan Díaz de Solís) lo más probable es que ese día pase sin pena ni gloria; olvidado. Podríamos conmemorar, entonces, 500 años de abandono y desidia. Pero sería más sano celebrar el redescubrimiento de nuestra naturaleza ribereña. Son muchas las personas que todavía buscan descubrirla y valorarla sin tener que hacer turismo por Entre Ríos, Santa Fe o Corrientes. No todo está perdido. Es cierto que hay un contexto casi patológico donde los empobrecidos municipios destinan más recursos humanos y logísticos (como topadoras) para retirar y destruir la vegetación autóctona que en retirar la basura. Pero hay que apostar a que sepan redireccionar sus energías a fortalecer sus pocas reservas naturales, restaurando su vegetación degradada, limpiándolas y dotándolas de guardaparques (algunas ni los tienen), senderos, pasarelas, miradores, áreas de descanso, servicios sanitarios y hasta centros de interpretación que le expliquen a los vecinos y a los visitantes “para qué sirven”, qué beneficios reportan para la sociedad.

Esas pocas reservas naturales municipales existentes de la región (Ribera Norte, Vicente López, Costanera Sur, Costanera Norte, Costa de Avellaneda y Quilmes, Punta Lara) son de enorme valor. Ellas encarnan la “resistencia” natural y cultural para que los bonaerenses y porteños podamos volver a revisar quienes somos, conociendo y cuidando nuestro patrimonio.

dz / fs

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