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TEMAS DE LA SEMANA

Ellos y sus clímax: cuando los varones acaban

Didáctica y amorosa, Vera Killer habla con algunos muchachos sobre la diferencia entre eyacular y acabar. El orgasmo masculino, aventuras varias y consejos prácticos.

Por Vera Killer
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Vera Killer

«¿Existe el orgasmo masculino?” Esa pregunta me la formuló un varón de casi 40 años, un chico guapo y divertido que, sin saberlo, me develó en esa duda más sobre sí mismo de lo que creía. En esa oración interrogativa de apenas cuatro palabritas me contó sus incertezas sexuales y, a mi entender, su potencial de aprendizaje.

Algo realmente divertido de mi trabajo, gracias al cual hago estas columnas, es que cuando tengo definido el tema sobre el que voy a escribir hablo de cosas inesperadas con personas improbables. Ahora, por ejemplo, estoy preguntándoles a todos los varones que me cruzo por sus orgasmos a ver si me inspiran unas líneas, unas fantasías o, en el mejor de los casos, ambas cosas.

Y así voy por la vida: dispuesta, curiosa y, si hace falta, servicial. No era mi intención ser parte de la prueba empírica de este casi virgen a los 40, pero me entusiasmó bastante contarle a un hombre grande que a la eyaculación no siempre la acompaña un orgasmo y viceversa. Ahora me lo imagino probando la diferencia en un espectacular encuentro tardío con su goce y sonrío.

“Sobre el orgasmo masculino, si querés saber, te muestro cómo es”, me dijo un amigo (hasta entonces sin beneficios, pero ahora quién sabe) y me miró con su cara más picante. A mí me gusta el locoto, el chile y el sexo, así que no me amedrenté por el desafío y le redoblé la apuesta. “Dale, mostrame, me siento acá a mirar. ¿O acaso querías tener la suerte de que yo intervenga más que esto?», contesté y le di un trago largo a mi cerveza.

A veces cuando estoy triste o aburrida hablo por Skype con un viejo novio hermoso que vive en otro país. También chateamos y usamos el  whatsapp. Nos provocamos un poco y hasta nos damos las buenas noches con fotos o videos no aptos para menores. Nunca fue mi amigo y jamás lo va a ser. Nuestra relación en vivo fue apasionada, terrena, carnal y ahora que no hay cuerpos de por medio coqueteamos hasta la demencia. Es un juego tan hermoso como desesperante.

Me acuerdo de sus orgasmos –largos, gritados en un temblor gutural– y no sé si hablar del tema con él porque últimamente extraño demasiado el peso de su cuerpo sobre el mío, su cara de eureka cuando encontraba algo que me hacía volver loca de gusto y el modo cachondamente didáctico en que guiaba mi mano hacia sus lugares indicados.

“Tengo que escribir sobre orgasmos masculinos”, finalmente tipeo en un rapto de valentía en una ventana de chat y me contesta “Uh”. Hay una pausa y sé que está recordando mis recuerdos, los nuestros. Casi puedo verlos y olerlos y oírlos en paralelo con él.  Suena el Skype. Los dejo, voy a prender la camarita. Oh.

Fuente Redacción Z
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