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TEMAS DE LA SEMANA

Elecciones 2015: Segunda vuelta, partido chivo

En un clima de cierto individualismo y necesidad de algo nuevo –sin que importe mucho qué sería “lo nuevo”-, hay quienes esperan que Macri pierda. Desean una especie de susto del propio electorado. Que los votantes se digan “le quisimos poner un límite al kirchnerismo pero se nos fue la mano”.

Por Eduardo Blaustein
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Lo primero: autocrítica del que escribe por columnas anteriores y sobre el rol del periodismo que se supone “sabe leer” los climas sociales. Los periodistas han hablado de la sorpresa electoral –que lo fue para todos– y del fracaso de los encuestadores; pero se comieron todas las encuestas. Es cierto, los encuestadores la pifiaron feo aunque tres días antes ya sabían que Mauricio Macri superaría el techo del 30 por ciento y que Scioli no llegaría al 40. Fue mucho peor y hoy las cosas pintan como desasosegadas y en desorden en el Frente para la Victoria. Sucede algo que es peor pero es lo de siempre: no se sabe bien qué sucede en la dirigencia kirchnerista pura (sí se sabe de reuniones evaluatorias convocadas por Agustín Rossi). Mientras tanto, la campaña de Daniel Scioli deriva en una situación incómoda. Por momentos aferrado a algo que parece razonable –sostener lo hecho, reivindicar la previsibilidad y la continuidad, prometer desarrollo– y por momentos kirchnerizado sin convencimiento. O kirchnerizado tarde, cuando el discurso kirchnerista de otras épocas y épicas parece desfasado en un nuevo tiempo cultural.

Ese nuevo tiempo cultural –que tiene mucho de impreciso, de inasible– es el que habría que intentar comprender. Contrariamente a lo que sostienen las épicas discursivas que hacen de la palabra “pueblo” un todo homogéneo y heroico, las sociedades son complejas y opacas y no necesariamente generosas. Lo que parece percibirse es un cansancio de época, un cansancio en contra de las intensidades del tiempo kirchnerista. Puede que aún se reconozcan logros pero muy seguramente muchos votantes de Cambiemos o de otros espacios no sean conscientes del riesgo de retroceso. Finalmente, la campaña de Cambiemos fue eficaz cuando pasó de hacer antikirchnerismo duro y tosco a prometer que nada se va a perder de lo hecho. Todo será bello.

La nuestra (todas) es a la vez una sociedad “embromada”, una sociedad que –como escribió con buenas razones Jaime Durán Barba en uno de sus libros– no necesariamente agradece aquellas cosas que el kirchnerismo se jacta de haber hecho bien: recuperación de la producción y el trabajo, ANSES, YPF, Aerolíneas, paritarias, incorporación masiva de jubilados y actualización bianual de sus haberes. Si es por la generación y ampliación de derechos y la inclusión, amplias capas de la población asumen negativa y discriminatoriamente los programas sociales, sostienen la leyenda de los vagos que cobran dinero que el Estado despilfarra. Sobrevuela en el aire un cierto individualismo y una necesidad de algo nuevo –no importa demasiado el contenido de lo nuevo, No sé lo que quiero, pero lo quiero ya– y ahí es donde Cambiemos se fortalece y el kirchnerismo se marchita. Los últimos años de cierto amesetamiento económico, las broncas en torno al dólar o al cepo, la inflación que pudo aminorar Axel Kicillof, jugaron en contra.

Facturas tardías
En las últimas elecciones –aunque sea demasiado temprano para retomar este debate– el kirchnerismo pagó caro defectos que vienen de largo: verticalismo, sectarismo, un discurso excesivamente agresivo y dirigido habitualmente a la propia tropa, una construcción política limitada pese a la algarabía legítima representada en el florecimiento de múltiples agrupaciones que no terminaron de anclar o de dialogar realmente con la sociedad ni generaron modos de participación genuinos.

Cristina Kirchner, en su última intervención pública, expresó lo bueno y lo no tan bueno del kirchnerismo. Además, fue relativamente ambigua: pidió no perder lo construido y reclamó muy enfáticamente militar por el triunfo del Frente para la Victoria. Pero lo hizo –al igual que en el video que se presentó en el Luna Park– sin mencionar ni una vez a Daniel Scioli. A juicio de quien escribe no mencionar a Scioli y contentarse con dirigir tres discursos sucesivos a la militancia no sólo es un error, es una falta de interpelación a la diversidad social, sino incluso una práctica piantavotos.

La ambigüedad de la relación con Scioli es consecutiva de la elección de ese sucesor como heredero forzado, no querido. Tanto Néstor Kirchner como Cristina designaron o sostuvieron a funcionarios que hoy están en la oposición como políticos de peso (alcanza con citar a Sergio Massa, a Alberto Fernández, a Felipe Solá).

Cristina apostó –el verbo es exagerado porque no hubo convicción sino necesidad– finalmente a Scioli como el moderado que acaso pudiera captar votos blandos. Antes habían salido mal candidaturas como la de Martín Insaurralde (remember mucho antes Nacha Guevara), otro livianito. Hoy puede decirse que ninguna de las últimas elecciones en provincia fue buena para el FPV, que el Scioli que creíamos incombustible resultó sencillamente una figura ayuna de potencia propia, que pagó la chatura de su gestión y que paga en campaña la comprensible dificultad para mantener un equilibrio entre lo bueno del kirchnerismo duro y la necesidad de sostener su propia moderación.

La candidatura de Aníbal Fernández (escrito con el diario del lunes) fue también errada, por imagen negativa, por más culpa que se eche a los medios y sus denuncias ciertas o falsas. Falta de construcción política, falta de cuadros que maduraran o representaran algún tipo de kirchnerismo reloaded, que necesariamente debía ser un kirchnerismo más sereno, amable, propositivo y menos anclado en la melancolía de lo hecho y los momentos de gloria.

Corriendo desde atrás
Ahora Scioli corre detrás de la campaña ajena: promesas sobre el impuesto a las ganancias, blindar las fronteras contra el narco. No alcanza a encarnar una esperanza de proyecto renovador potente. Y el discurso del miedo y del espanto, del Apocalipsis que sobrevendría de llegar Macri a la presidencia (aún cuando este columnista cree seriamente que el retroceso sería brutal) no funciona. La gente rechaza esa extorsión, los medios la entrenan y alertan, se burlan y fingen indignación ante el “terrorismo electoral”, son eficientes en deconstruir irónicamente esos discursos, que terminan como búmerans.

Hay esperanzas y actividad militante entre quienes no quieren a Macri presidente expresadas en algunas muy interesantes movidas que están circulando no en las superestructuras políticas sino en el abajo social. En el acto de Parque Centenario y los que vienen en diversas geografías; en las resistencias y manifiestos que comienzan a multiplicarse en decenas de espacios (Conicet, centros de la memoria, instituciones culturales, algunos sindicatos), en las propuestas de campaña hormiga o de guerrilla semiológica que circulan afanosamente en las redes sociales.

Hay quienes se esperanzan con que Macri no gane la segunda vuelta. Son los que intuyen o desean una especie de susto del propio electorado. De que los votantes se digan “se nos fue la mano, le quisimos poner un límite al kirchnerismo pero esto es demasiado”.

El pronóstico de quien escribe es algo pesimista. Pero el que escribe ya cometió errores de apreciación. Con suerte, puede volver a equivocarse.

DZ/sc

Fuente Redacción Z
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Diario Z
Periodista, escritor, autor de Decíamos ayer. La prensa argentina bajo el Proceso.