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TEMAS DE LA SEMANA

Elecciones 2015: Bajo el signo de la abulia

La preocupación por los votos que le faltan a Scioli para evitar el balotaje y la performance de Aníbal Fernández en provincia. Tucumán y la instalación del fantasma del fraude en las presidenciales.

Por Eduardo Blaustein
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El tortuoso recuento de los votos en Tucumán se está haciendo casi tan árido como la meseta que –pese al período preelectoral– atraviesa la política argentina, o es acaso que estamos mal acostumbrados a los gritos y las convulsiones. El martes, la Justicia provincial ordenó no proclamar un ganador y conservar las urnas y boletas hasta tanto se resuelva la cuestión de fondo.

Nada parece moverse demasiado a prisa en las encuestas a escala nacional, el resultado está abierto, hay quienes palpan alguna preocupación en el kirchnerismo no sólo por los puntos que debe recobrar Daniel Scioli en la provincia de Buenos Aires sino porque por ahora, en lo que refiere al cargo a gobernador, buena parte de los votos que fueron para Julián Domínguez no terminan de dirigirse en favor de Aníbal Fernández sino que se dispersan.

La mayor preocupación sería que los votantes de Domínguez –el malogrado candidato a gobernador favorito del papa Francisco– fueran hacia María Eugenia Vidal, la candidata nominalmente más votada en las PASO y una chica probadamente devota. El temor es que la reorientación del voto sea en el peor de los sentidos, producto de una campaña militante extrapartidaria, aunque nunca extrapolítica: la de la Iglesia Católica en cada una de sus parroquias.

Con 41 por ciento en la intención de voto –según promedio de encuestas– Scioli necesita subir cuatro puntos para llegar al 45 y evitar la segunda vuelta. Esto equivale a 1.200.000 votos más de lo que obtuvo en las PASO. Los puede recibir en dosis variables de quienes votaron en blanco, anularon o impugnaron, de los que no votaron, o votaron por José Manuel de la Sota o Rodríguez Saá.

Es muy posible que sea el clima algo abúlico el que hace que no terminen de desperezarse los votantes y que finalmente sí robustezcan tanto la candidatura de Scioli como la de Fernández.

Sergio Massa, mientras tanto, se divierte aludiendo al affaire Fernando Niembro/ Gobierno de la Ciudad, cosa de embarrarle la cancha a la lista amarilla en la provincia que más que seguramente definirá las próximas elecciones.

Siempre es arduo tomar el ruido que generan los medios como espejo de lo que realmente sucede con la sociedad. En su afán de embestir (el verbo es de ellos) contra el Frente para la Victoria, cuando no pasa nada nuevo los medios opositores retoman asuntos viejos o exprimen seudonovedades. Es el caso de la causa del fiscal Nisman, que cada tanto vuelve a las primeras planas. Aunque se haya demostrado hasta el hartazgo que la denuncia que iba a presentar el fiscal era más que endeble, aunque sea dificilísimo probar que Nisman fue asesinado, el trabajo de generar sospechas sobre la muerte del fiscal para perjudicar al oficialismo no cesa.

Fraude y reconciliación
Con el paso de las semanas quedó claro que el asunto de las turbias elecciones tucumanas fue también tomado por la oposición para generar una sospecha generalizada de un fraude inminente en las presidenciales.
La instalación del fantasma del fraude trasciende la coyuntura inmediata porque intoxica a la política y a la democracia; es un ejercicio irresponsable. Se emparenta demasiado además con las ofensivas conservadoras que se están generando en países vecinos, con Brasil como el caso más preocupante.

Hay un punto en el que la hipocresía se vuelve intolerable. Porque los mismos diarios que denuncian fraude y vivan a la República son los que apoyaron y aplaudieron a la última dictadura.

En el caso particular de La Nación, lo que vuelve ahora –como suele suceder en tiempos de elecciones presidenciales– es el latiguillo de la reconciliación. Los represores condenados de manera absolutamente republicana por la Justicia –que según de qué provincia y qué jueces se trate demoró todo lo que pudo los juicios de lesa humanidad– pasaron a ser viejecitos maltratados por un afán de venganza.

Se va a acabar
Mauricio Macri acaba de anunciar en Mendoza, junto a Julio Cobos, que su eventual gobierno acabará “con la inseguridad y la pobreza”.
Resuena en sus palabras aquel remoto anuncio de María Julia Alsogaray, la funcionaria que iba a limpiar el Riachuelo en mil días. Prodigiosas palabras para el hombre que gobierna en las condiciones más ventajosas –con récords de recaudación derivados de los años de prosperidad económica y los impuestazos– un pequeño territorio en el que son explotados alrededor de diez mil cartoneras y cartoneras, donde según los colectivos que se preocupan por el déficit de vivienda unas 20.000 personas son desalojadas cada año, 17.000 viven en la calle, 270.000 habitan villas sin urbanizar y otras doscientos mil se hacinan en hoteles, inquilinatos y pensiones. Todo eso en una ciudad en la que según los censos de población viven menos personas que en 1960.

DZ/sc

 

Fuente Redacción Z
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Diario Z
Periodista, escritor, autor de Decíamos ayer. La prensa argentina bajo el Proceso.