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Actualizado: 20/09/2016 09:27:39
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TEMAS DE LA SEMANA

El verdadero príncipe azul es un buen orgasmo

Vera Killer anda contenta en su propio cuento de hadas y devela quién es el dueño de su buen humor y sonrisas. Recomienda conocerlo y dejarse visitar por él cada día.

Por Vera Killer
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¿Qué es esa estúpida alegría? Todo es horrible, nada está bien, pero sin embargo me levanté hecha una campanita. Llegó la boleta del gas por una suma imposible de pagar, pero me encontré diciendo (¡en voz alta!) “dios proveerá” (¡yo ni creo en dios!). Y tomé un café canturreando, me fui a bañar con tiempo, salí para el trabajo sin pesadumbre ni apuro.

El subte, cada día más caro, ya no tiene hora pico: siempre viajamos apretujados, y acá estoy, rumbo a la Plaza de Mayo, en donde ahora siempre hay alguna nueva protesta por despidos o injusticias varias. Casi sin poder respirar, a la altura de Estación Congreso, me doy cuenta de que tengo una sonrisa boba tatuada en la cara. No me reconozco.

Una señora mayor me clava su cartera en la costilla. Un pibe de auriculares se empecina en pararse en el ínfimo espacio que ocupo. Estoy, además, esquivando al idiota que gesticula en lugares en los que no cabe ni un alfiler y acaba de meterse al vagón un músico estruendoso, y malo, para “deleitarnos con unos temas”. Sin embargo no me enojo. Nada me turba, nada me espanta, todo me pasa. Esto es una experiencia religiosa.

¿Soy yo la que saltica escaleras arriba mirando el cielo y siente verdadera felicidad al salir de las entrañas de la tierra hacia el Cabildo entre la multitud? ¿Quién es esta chica que canturrea por las calles? Llego al trabajo y saludo a todos con un beso, algo que suelo evitar hacer, porque me suele dar pereza hacer la ceremonia del chuick cada día. Mis compañeros declaran no saber quién soy. Me importa tres belines. Quiero sentirme así para siempre.

Los que toman mate en el rincón están tomando mate en el rincón. Algunos van y vienen con cara de que saben a dónde van, o de dónde vienen, y el resto tipea en sus computadoras. La automaticidad laboral está en marcha y yo estoy parada al lado de mi escritorio con mi sonrisa marciana. No termino de decidirme a formar parte de esta película aburrida, densa, monótona. ¿Y si me voy? ¿Y si me escapo al río? Siento que tengo pajaritos cantando a mí alrededor, como una Blancanieves urbana.

Sigo sin sacarme el abrigo, pero ya nadie me presta atención. Para el resto soy las noticias viejas, la loca que hoy llegó demasiado contenta a trabajar.  Tengo ganas de reírme a carcajadas porque sí y no veo motivos para aguantarme. Cuelgo mi saco en el perchero y me dan ganas de abrazar el perchero. Bailo un poco con la máquina expendedora de agua y finalmente voy a mi escritorio. Qué lindo cómo suena el run run de las máquinas.

Una de las chicas con las que suelo almorzar me mira con cara de curiosidad y me manda un chat que dice “¿qué bicho te picó?”. Quiere saber si estoy enamorada, cree que estas endorfinas que exudo se deben a que encontré un amor sorpresivo. “Sí, algo así”, le contesto porque en un punto es verdad, pero más que nada porque ahora no tengo ganas de hilar fino, prefiero seguir así un poco loca, absurdamente plena.

Mi príncipe azul, el secreto de mi alegría, es simple, primitivo, hermoso. Me lo encuentro cada tanto, en general cuando estoy con alguien, pero en muchas otras ocasiones cuando estoy sola. Sí, hablo de un buen orgasmo, de esos que te hacen reír, llorar, gritar un poco, todo junto. Anoche pasamos un gran momento juntos los dos, mi príncipe orgasmo y yo. Hice mucho ejercicio y dormí sólo dos horas, pero no estoy cansada. Al contrario. Podría correr una maratón. Siento que vengo de un spa del sexo. Y para mí, eso es amor.

DZ/dp

Fuente Redacción Z
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