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TEMAS DE LA SEMANA

El pueblo en las calles

Millones de personas se acercaron al Paseo del Bicentenario para festejar la argentinidad.

Por Hernán Brienza
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La última vez que el pue­blo salió a la calle hubo más de 30 muertos. Fue en diciembre de 2001 y hubo saqueos, pedradas, tiros, represión, estado de sitio y, claro, asesinatos de varios manifestan­tes. En los últimos días, millones y millones de personas salieron a la calle a festejar su argentinidad. Lo hicieron con alegría, con felicidad, con orgullo, en paz, con la digni­dad que tienen los pueblos cuan­do dicen «acá estamos, esto so­mos». Algo ocurrió en estos nueve años, algo debe ser pensado, ana­lizado fríamente, sin exceso de optimismo voluntarista, pero tam­bién, sin el agobiante pesimismo en que algunos medios hegemó­nicos de comunicación y algunos dirigentes de la oposición intenta­ron sumir a los argentinos.

¿Qué cambió en el país para que en los últimos días el pueblo, más allá de los partidos políticos, decidiera manifestar con su presen­cia el deseo de ser argentinos? Las palabras parecen no poder explicar qué significaron esos nenes corre­teando por las calles, los morochos comiendo choripanes, la rubia bo­nita agitando la bandera celeste y blanca, las madres con los bebés en sus carritos, las nenas con las caras pintadas con los colores de la ban­dera o los pibes que fumaban hier­ba en la bajada del estacionamien­to. Y además de inexplicables esos gestos de alegría y felicidad no pue­den ser medidos por los políticos como si se tratara de porotos. Ob­viamente, entonces, quien haga la mejor lectura de lo que ocurrió, sa­cará los mejores resultados.

El secretario de Cultura de la Nación definió el martes por Ra­dio Nacional la masividad de la convocatoria como un «argentina­zo cultural». Y algo de cierto hay en eso. No sólo porque no hubo manifestaciones tradicionalmen­te políticas en los festejos de ayer, sino porque el mensaje fue un cla­ro cambio cultural en el más am­plio sentido del término. Los ar­gentinos que estos días celebraron en las calles y tomaron la ciudad proclamaron su voluntad política de festejar su propia argentinidad, sus ganas de ser protagonista de la historia. Descolocando al «ma­linchismo» habitual de cierto sec­tor de la clase media porteña y de los sectores dominantes, los millo­nes de personas que protagoniza­ron la fiesta demostraron su or­gullo y su dignidad de querer ser parte de esta Patria.

Para encontrar una manifes­tación tan masiva como la de es­tos días, hay que remontarse a los cierres de campaña de octu­bre de 1983, cuando el radicalis­mo y el justicialismo movilizaron más de un millón de personas en cada uno de sus actos. O a la mar­cha hacia Ezeiza para recibir al ge­neral Juan Domingo Perón, quien regresaba definitivamente de su exilio madrileño, en la que parti­ciparon más de dos millones de personas y que desgraciadamente terminó en tragedia. Y en cuanto a espontaneidad, a desborde po­pular, a exceder las expectativas de los propios organizadores, hay que remontarse al 17 de octubre de 1945, aunque allí sí se tratara de un estricto mensaje político.

Obviamente, el paseo, la aper­tura del viernes, el desfile militar -aplaudido como hace décadas que no se aplaude a los unifor­mados en este país- los recitales de tango, folklore, la presencia de Latinoamérica como compañía in­separable en el camino de la re­volución emancipadora del siglo XIX, los retratos de Perón y de Sal­vador Allende en el Salón de los Próceres y la presencia de los pre­sidentes de la región completó o puso un contenido determinado a estas jornadas felices.

El día de ayer, 26 de mayo, tuvo el mismo clima de final de cuando se acaban todas las fies­tas: hay que limpiar, uno tiene resaca y la sensación dual de va­cío y de satisfacción, de saber que se ha vivido algo que nunca más va a repetirse. Queda sólo la música como un recuerdo y una posibilidad: extender ese conjun­to de sensaciones y sentimientos la mayor cantidad de días posi­bles. Que el Bicentenario sea to­dos los días -es una ironía, cla­ro- depende de todos de los argentinos.

 

Fuente Redacción Z
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