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TEMAS DE LA SEMANA

El placer de dar vueltas

El juego infantil más tradicional no pierde vigencia. Aún hay más de cincuenta, repartidas en todos los barrios, que siguen atrayendo a chicos y nostálgicos.

Por Gustavo Slep
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Calesita, tiovivo, carrusel. Una multitud de chi­cos espera sobre su fi­gura favorita: un caba­llito, un autito, un avión. Por los altoparlantes, suena una música infantil. La calesita arranca y la di­versión empieza a girar. Los sue­ños de la infancia montados sobre un caballito de madera. La alegría en el envase de una sortija. Desde hace casi un siglo y medio, la cale­sita completa la geografía porteña y le da identidad a cada barrio.

El origen de las calesitas es in­cierto. Los primeros registros da­tan de 1648, cuando un viajero inglés se maravilló en Turquía ante una plataforma giratoria, el Ma­ringiak, a la que describió como “un enorme plato con ca­ballos de madera que gira sobre sí mismo”. En sus co­mienzos, la calesita estaba más ligada al ámbito mili­tar que a la diversión, ya que la utilizaban los jinetes turcos para entrenar sus habilidades atacando con espadas de madera a mu­ñecos que representaban al enemigo. Los relatos de los viajeros llamaron la atención de la aristocracia europea, que encomendó la construcción de calesi­tas en sus palacios. Con el tiempo, la calesita dejó el ámbito palaciego y ganó espacio como atracción de las kermeses populares.

En Argentina, desembarcaron a fines del siglo XIX. La primera, de origen alemán, se instaló en la zona de la actual plaza Lavalle, en­tre 1867 y 1870. Veinte años más tarde, se empezaron a construir en el país. La pionera de la industria local comenzó a girar en 1891 en la Plaza Vicente López y Planes, de Montevideo y Arenales. Por enton­ces eran movidas por un caballo, ya que la electricidad aún no lle­gaba a todos los barrios. La música de los organitos acompañaba sus vueltas. Con el tiempo, se intro­dujo el carrusel, donde las figuras, además de girar, se mueven hacia arriba y hacia abajo. El primero se instaló en 1946 en el Jardín Zooló­gico, construido por la firma rosa­rina Sequalino Hermanos.

Apesar del paso del tiempo, hay calesitas en casi todos los ba­rrios porteños. Para los chicos, es un espacio de diversión y magia. Y el calesitero, un ser casi mitó­logico. “Muchos chicos me llega­ron a decir: ‘¿Vos dónde dormís, adentro de la calesita?’. Tienen esa fantasía hermosa de que uno habita en ese lugar donde está la diversión”, se conmueve Eduardo Odriozola, calesitero de la calesita Daniel en la Plaza Emilio Mitre, de Las Heras y Pueyrredón.

 La calesita ejerce una atracción misteriosa que envuelve para siem­pre a los que entran a su mundo. “Pensé que iba a estar tres años con la calesita y ya van treinta y uno”, señala Odriozola, quien co­menzó en este oficio casi sin pro­ponérselo, cuando debió hacerse cargo de la calesita que pertenecía a su suegro, Daniel Vila. “Al prin­cipio me costó adaptarme. No te­nía ni sábados ni domingos libres, salvo los días de lluvia”. Pero la ca­lesita lo atrapó: “Cada vez disfru­to más. Estoy haciendo una activi­dad con chicos, al aire libre y sin que nadie me mande. Es un disfru­te venir acá”.

La misma fuerza de atracción atrapó a Caleb González, emplea­do en la calesita de Parque Riva­davia, de Julia Nasi. Caleb llegó a Buenos Aires sin conocer las cale­sitas y hoy pasa gran parte de su día dentro de una. “No las cono­cía. Vivía en Entre Ríos y allá no ha­bía. Cuando vine para acá, encon­tré este trabajo. Ya van 20 años. Al principio era extraño pero me empezó a gustar. Es lindo porque ves todas las etapas de crecimien­to de los chicos”.

Ser artífice de la diversión in­fantil tiene su recompensa. En su barrio, los calesiteros son celebri­dades. “No hay un lugar del ba­rrio al que vaya que los chicos no me reconozcan”, se enorgulle­ce Caleb. Pero también los adul­tos recuerdan las horas de infan­cia subidos a la calesita. “Voy a la farmacia y me saluda el que era papá hace 30 años, que ahora vie­ne como abuelo a la calesita. En el supermercado, la chica de la caja me reconoce y me saluda. Eso es una delicia”, señala Odriozola.

Los avatares económicos y las consolas de videojuegos afecta­ron la afluencia de chicos. “An­tes venían las familias a disfrutar de la plaza y de la calesita, que es una consecuencia de la plaza. En los últimos años, como las muje­res tienen que salir a trabajar a la par de los hombres, dejan a los chicos en guarderías y no vienen tanto a la plaza”, señala Odriozola. Los videojuegos también les saca­ron público a las calesitas. “Cuan­do se autorizaron los videojuegos en Buenos Aires, cayó mucho la actividad. Dejaron de venir los va­rones de más de cuatro años. Eso embromó un poco”, agrega el ca­lesitero. El sector entró en crisis y muchas calesitas debieron cerrar. A fines de los años 80 quedaban sólo 24 y su futuro era incierto. Sin embargo, gracias a la persisten­cia de sus dueños agrupados en la Asociación de Calesiteros y Afines, que lograron el respaldo de auto­ridades, y al apoyo de los vecinos que en muchos barrios se moviliza­ron para lograr la reapertura de sus calesitas. Así, de a poco, empeza­ron a renacer. El 29 de noviembre de 2007, la Legislatura Porteña de­claró a las calesitas patrimonio cul­tural a través de la ley 2.554. En la actualidad hay al menos 55 calesi­tas distribuidas en la ciudad. Y pe­riódicamente se anuncia la apertu­ra de una nueva.

Las calesitas vuelven a llenar­se de chicos, cada uno con su pro­pia estrategia para divertirse. “Es­tán los que les gusta un juego fijo y siempre van al mismo caballito o al mismo autito. Hay chicos a los que les gusta el bambi rosa y no se suben si el bambi está vacío y se ponen a llorar. Otros van cam­biando todo el tiempo de juego; el tema es subirse a todos los jue­gos posibles de la calesita duran­te la misma vuelta”, explica Caleb. “Hay chicos que les ponen nom­bre a los caballitos. Yo vi chicos que a su caballito favorito le dan un besito antes de irse. Es maravi­lloso”, se emociona Odriozola.

Todos aspiran a obtener el premio mayor: la sortija. La sorti­ja es la llave para una nueva vuelta gratis y los chicos se desesperan por obtenerla. “Es lindo ver cómo les levanta la autoestima llevar­se la sortija. Por ahí, si un chico no agarra la sortija se va con una frustración horrible. Pero cuando la agarran festejan como si hubie­ran metido un golazo: te la mues­tran en la cara y se las esconden como si fuera un trofeo; no te la quieren devolver”, señala Caleb.

Algunos chicos son más hábi­les o astutos que otros para agarrar la sortija. Los calesiteros intentan equilibrar la situación ayudando a los más retraídos. “El chico que es más despierto es capaz de agarrar­te el brazo para sacarte la sortija. Pero el que es más tímido no va a hacer eso”, explica Caleb. “Enton­ces uno se la hace más difícil al que más puede, y al que menos pue­de le das una mano, lo ayudás”. Por su parte, Odriozola confiesa que “nosotros creemos que es una atención hacia los padres y una consideración a si un chico dio va­rias vueltas o viene muy seguido. Mi idea es que hoy le toca a uno y mañana a otro, para que la mayor cantidad posible de chicos se vaya contento con su sortija”.

La calesita sigue girando. Nada la detiene. La alegría quiere dar una vuelta más por los barrios de la ciudad.

Un taller de ilusiones

Mariano Sidoni y Leo­nel Bajo Moreno son diseñadores y comparten la pasión por las calesitas. Jun­tos crearon Carne Hueso, un emprendimiento dedicado a la restauración y fabricación de calesitas y juegos con una visión contemporánea. “Para nosotros, la calesita es un hito urbano que representa la ciu­dad y es importante que exista un carrusel en cada barrio que represente el pasado, el pre­sente y el futuro de ese lugar, porque es un valor identitario”, señala Sidoni. Leo­nel lleva la calesita en su sangre. Su abuelo, Héctor Rodriguez, es un “calesitero de raza” que hace 35 años las fabrica. Él retomó el oficio familiar, en dupla creativa con su compañero. “Reinterpretamos el ofi­cio con un toque más contemporáneo, más ligado al arte y al diseño”, explica Sido­ni. ”Tomamos los carruseles y proponemos algo distinto”. Recientemente restauraron la calesita de la plaza Maria­no Boedo “donde tuvimos la oportunidad de trabajar codo a codo con el abuelo de Leo­nel. La calesita fue trabajada por muchos artistas urbanos. Fue un trabajo de mucha si­nergia, de muchas personas complementándose para ha­cerlo”, señala Sidoni. Actual­mente, están en campaña para “hacer avanzar un proyecto de revalorización de una calesita de Barracas, la calesita Don Antonio; queremos lograr que entre todos, entre lo público y lo privado, se restauren calesitas históricas”.

Más información:  www.carnehueso.com. Tel: 4126 2950.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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