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El perro Molina: Una tragedia popular

El nuevo film de José Celestino Campusano desarrolla una historia «tumbera» en un ambiente rural.

Por Ernesto Klausen
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En El perro Molina (Argentina, 2014), la nueva película dirigida por José Celestino Campusano, nos encontramos con dos líneas narrativas que se encadenan y van confluyendo hacia la tragedia. Por un lado, Natalia abandona a su esposo (un comisario corrupto) que la engaña y la maltrata y, a modo de venganza autodestructiva, se prostituye. El comisario la busca por donde sea y también quiere venganza, por lo que usa a Gonzalito, un joven esquizofrénico que se encarga de los trabajos “sucios” de la policía. Por el otro, Molina sale de la cárcel y tiene que realizar algunos “trabajos” más antes de retirarse. Quiere mantener algunos códigos, como no traicionar a los amigos, frente a una realidad que lo desborda.

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A diferencia de sus films anteriores (Vil romance, Vikingo y Fango), el ambiente en que Campusano desarrolla este drama es más rural que suburbano. También hay mayor trabajo en los aspectos técnicos, como se nota en la iluminación y en el uso de grúas. Sin embargo, el realizador mantiene las temáticas: la maldición que marca la vida de las clases más bajas, la violencia descontrolada, la droga y las armas “tumberas”, la juventud sin horizonte, el valor (y la ausencia) de códigos. A diferencia de gran parte del cine independiente argentino, la obra de Campusano no es minimalista sino de trazo grueso, no toma su inspiración en los dramas de la clase media sino de los sectores más excluidos. En su cine, cada escena, cada cruce entre los personajes, es un eslabón en el desarrollo de una tragedia, como toda tragedia, imparable.

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El realizador lleva a cabo a un tipo de cine llamado “comunitario”, donde los personajes son interpretados por actores no profesionales y vecinos de la localidad donde se filma. De esta forma, en El perro Molina hay hallazgos actorales destacables: Daniel Quarante como Molina, Florencia Bobadilla como Natalia, Damián Avila como Ramón y Assiz Alcaráz como Gonzalito. Pero la mayor parte de las actuaciones no resulta convincente, no tanto por un problema de los intérpretes, sino de guión. Lo que dicen tiene una influencia literaria inocultable, lejos de la connotación realista y popular que Campusano quiere conferirle a sus seres y a su historia, lo que genera cierto distanciamiento y entorpece un flujo narrativo que intenta ir siempre velozmente hacia adelante. Por otra parte, a este film le cuesta escapar de una serie de estereotipos (la mujer despechada o el ex presidiario que se ve arrastrada nuevamente al delito), lo que lo hace menos sorpresivo e imaginativo. El perro Molina es una obra menor en la filmografía de su realizador.

De todas maneras, por dejarnos reflexionando, por su radicalidad y por mostrarnos una parte de nuestra sociedad y de nosotros mismos que preferimos ocultar, el cine de Campusano debe ser siempre visto.

 

DZ/nr

Fuente Redacción Z
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