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El niño con los pies pintados: Crónica de infancia

Un chico entre la violencia familiar y la de las instituciones.

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Desde la entrada misma del público en la sala, un hombre (Marcelino Bonilla) está sentado en el medio del escenario. Es el protagonista de la obra, en realidad un niño de edad indefinida que interpela al público con una mirada que incomoda y que sostendrá. El niño con los pies pintados es una de esas obras que exigen un espectador distinto de aquel que va al teatro simplemente a “observar”. Esa mirada irá cobrando nuevos matices a medida que el espectador conozca más sobre ese hombre, en realidad un niño abusado, violentado.
Escrita por Laura Fernández y Diego Brienza, quien también la dirige, la pieza muestra a ese niño como objeto de estudio de la ciencia, uno entre muchos con trastornos similares. El público tendrá que reconstruir los discursos de quienes lo rodean. Por un lado están los médicos, robotizados, que iluminados por la luz gélida de la escenografía explican paso a paso los procedimientos que utilizan para tratar al niño con un lenguaje técnico.
Luego están los padres, que interactúan con una funcionaria estatal y pelean por la tenencia del chico. Cuentan fragmentos de su relación con el niño, de los cuales el espectador podrá deducir lo que luego se confirmará con el devenir de la historia. Otras voces en la puesta son un grupo de estudiantes de psicopedagogía. Algunas integran un equipo que están haciendo su pasantía universitaria con “el caso” del niño. Otra, es una joven que también empezó visitándolo a través de la facultad pero que de a poco ha forjado con él una relación más estrecha.
En una escenografía austera pero potente, destaca el trabajo actoral: todas las actuaciones son buenísimas. Lo que intenta mostrar la obra es que el chico no sólo fue violentado dentro de su familia. Las instituciones estatales y científicas son responsables de maltrato y colaboraron al deterioro. Los procedimientos y protocolos generales para ese tipo de casos hicieron que los médicos borraran la poca individualidad que conservaba el chico tras los episodios traumáticos. Diluyeron lo poco que quedaba de su construcción como sujeto. El “pobre chico” (así le dirán los médicos) sólo vuelve a “ser” cuando deja que su imaginación se aleje de la realidad con sus fantasías, que incluyen a Superman y un álter ego cantante exitoso rodeado de mujeres.
Las escenas transcurren todas en el mismo espacio escénico pero no en el mismo lugar. Cuando hablan los médicos la mirada del espectador se fija en la parte de adelante de la sala. Allí se pueden ver algunas herramientas, como una pizarra, delantales y lámparas de hospitales. Los padres se ubican y hablan desde un plano más atrás. En ese espacio hay unos sillones y una mesita, que puede ser trasladable a un living familiar. Pero al no estar claramente delimitado, será el espectador quien deba separar esas esferas con su imaginación.
Esa responsabilidad que tiene el público de hilar los discursos, de delimitar imaginariamente el espacio e identificar a los personajes con instituciones más grandes) hace que se convierta en un público activo. Por todo eso, también, El niño con los pies pintados se aventura en un nuevo tipo de teatro. Uno que llegó para conmover la escena nacional y que amenaza con seguir pisando fuerte.

Abasto Social Club, Yatay 666. Viernes a las 23. Dirección Diego Brienza.

 

dz/lr

Fuente Redacción Z
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