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TEMAS DE LA SEMANA

El miedo a vivir juntos

La convivencia plantea múltiples interrogantes sobre los posibles cambios en la vida sexual.

Por Juan Carlos Kusnetzoff
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Es sorprendente la cantidad de parejas que conviven durante mucho tiempo, muy le­jos de aquellos tiempos en que se «exigía» compromisos firmados (léase casamiento) para certificar el amor consentido. Muchos de estas parejas convivientes han tenido hijos y son muy fe­lices. La juventud de hoy ha desacralizado la insti­tución matrimonial, quitándole la magnificencia y la significación simbólica sostenida por siglos.

Sin embargo, un hecho, cada vez más común, se escucha en los consultorios: «Éramos felices sexual­mente, hasta que nos fuimos a vivir juntos». Nos pa­rece que, entre muchas razones, el paso decisivo de ir a vivir juntos, como antes lo fue casarse, es un paso trascendente; obviamente impensado para la pare­ja que así lo decidió. ¿Qué ha sucedido psicológica­mente en estos jóvenes frente a esa decisión? Mu­chos de ellos tenían relaciones sexuales con cierta periodicidad y muy satisfactorias. Enton­ces… ¿Por qué aho­ra se presentan estos problemas que antes no teníamos?

El paso de vivir juntos implica -no hay manera de minimizarlo o negarlo- cortar «el cordón umbi­lical» con los padres. Asumir la administración total de un departamento, una casa, implica compromi­sos importantes, económicos a cumplir. Lo sexual, siendo importante, se presenta como algo más; y ya no es el objetivo central y motivante de me­ses atrás. El trabajo, el tiempo libre, los compromi­sos de estudio, las compras para la manutención de la pareja, las horas de limpieza de los cuartos y la cocina, las relaciones sociales, por mencionar al­gunas áreas, empiezan a cobrar relevancia. ¿Y lo sexual….? Bien, gracias.

Las diferentes presiones a que la pareja se en­cuentra sometida ahora, suele revertirse dentro del sistema de la pareja misma. Cada uno de sus miem­bros ha aprendido a convivir, a conflictuarse y a tole­rar tensiones conflictivas, en el seno del hogar mater­no-paterno. Algunas parejas recurren mentalmente, a todo lo que experi­mentaron y sintieron en sus años infantiles. Otras parejas, recor­dando lo mismo, in­tentan proceder con­trariamente a lo que experimentaron en su momento en la casa paterno-materna.

Las presiones por el desempeño sexual suelen in­tensificarse con la convivencia. Ahora, ya no existen las «excusas» de verse esporádicamente, y el deseo sexual, que antes recibía intensidades extras por la au­sencia, ahora entra en repeticiones de tipo «burocrá­tico». El tiempo, en su sutil acción y presencia, suele poner paños tibios a estos conflictos. A la larga, se sis­tematizan los contactos sexuales y la satisfacción en estos tiempos novedosos, comienza a disfrutarse.

 

Fuente Redacción Z
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