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TEMAS DE LA SEMANA

El mercado de pulgas: Un clásico renovado

La feria volvió a su lugar original, confortable, pero más cara.

Por Cecilia Alemano
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Muchos ya no recuerdan cómo era el primer Mercado de Pulgas, el que fue cerrado hace más de cinco años para reabrir días atrás. Ese tinglado entre las calles Niceto Vega, Dorrego, Concepción Arenal y Enrique Martínez que comenzó a funcionar como feria de antigüedades en 1988 era oscuro, un poco húmedo, casi inhóspito, aunque tenía ese no sé qué de los mercaditos. Si se había metido ahí, y aun si no encontraba nada, valía la hazaña de haber sorteado los abarrotados pasillos, entre muebles destartalados y prendas con olor a naftalina. Ni hablar si podía llevarse una mesa ratona y un banquito por un total de 41 pesos, como le pasó a quien escribe. Claro, era una época donde lo vintage o retro empezaba a asomar pero estaba lejos de ser moda como hoy, cuando los fabricantes de ropa, de muebles y artículos para el hogar imitan estéticas de otros tiempos, y emulan el paso de los años en sus novísimos objetos.

Bien, ese predio que cerró sus puertas el 25 de enero de 2006, cuando en la era pos Cromañón se comprobó que no cumplía con las normas contra incendios, obligando a los puesteros a apretarse en uno más chico a 200 metros, está por fin listo para recibir al público. Al llegar, una serie de carteles, escritos con amarillo PRO, recuerdan que la obra es mérito del Gobierno de la Ciudad. Según el Ministerio de Espacio Público, el mismo que en estos años emitió siete anuncios fallidos de reapertura, se hicieron baños y lavaderos, se instalaron luminarias de LED -de mayor calidad y menos consumo que las convencionales- en el perímetro, se hicieron una dársena para 30 autos y una playa de carga y descarga e instalaciones contra incendios.

Dentro del gran galpón de 13.400 m2, se cuela un viento frío y el aire huele a pintura fresca. Los pasillos de cemento alisado, anchos, permiten recorrer con comodidad los 143 puestos. Desde uno de ellos se oye una radio sintonizada en la 2×4. Ramón, restaurador de muebles antiguos, destaca la amplitud: «Al tener más espacio trabajamos mucho mejor», señala. María, clienta y vecina, coincide: «Habrá perdido mística», dice, «pero yo lo prefiero así, más organizado, porque se pueden apreciar mejor las cosas». Graciela, una mujer que vende vajilla antigua, asegura que lo mejor son los nuevos baños: «Están limpios y equipados», dice, y agrega: «Papel higiénico sería pedir mucho, ¿no?». La dinámica para los dueños de los puestos sigue siendo la misma: ellos pagan expensas, luz -hay un medidor de corriente en cada puesto-, monotributo e ingresos brutos, y a cambio obtienen ese espacio de alrededor de 10 m2 donde ofrecer sus mercancías. La mayoría de los consultados por Diario Z está satisfecho con el nivel de ventas.

El cliente encontrará que hay muchos menos «hallazgos» que años atrás. Hoy todo parece centrarse en la venta de vajilla de loza o porcelana, arañas y muebles. Hay que tener ojo y preguntar bien, porque muchas son réplicas. Sigue la vieja costumbre de no poner los valores de los objetos, lo cual -si usted es de perseguirse un poco- le puede hacer pensar que el precio que le acaba de decir el vendedor fue fijado a ojímetro. Las malas lenguas dicen incluso que los fines de semana todo aumenta un poco.

Puede conseguir mesas ratonas, baúles o vajilleros por $1.100, hechos de pino, y patinados, que de antiguos no tienen nada. Ahora si lo que busca es una reliquia, encontrará mesas ratonas con mesada de mármol y detalles de bronce por $5.000. Las arañas antiguas, de bronce y vidrio, rondan los $3.000 y una moderna, hecha de acrílico, cuesta alrededor de $300. Los juegos completos de té de porcelana inglesa se pueden encontrar desde $1.500, los de de loza alemana desde $400 y las fuentes y posamasitas desde $120.

Por supuesto, si busca bien, y regatea, obtendrá verdaderas joyas a buen precio. Hasta que se instalen las líneas telefónicas todos los pagos son en efectivo.

DZ/rg

 

Fuente Redacción Z
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