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El Kavanagh cumple 80 años

Declarado Patrimonio Mundial de Arquitectura, su construcción encierra una leyenda de amor y venganza.

Por Daniela Pasik
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En la intersección de Florida y San Martín se ve enorme y aun extraño el edificio que supo ser el más alto de América Latina. Con 120 metros de altura, el Kavanagh lleva ocho décadas en pie y es un ochentañero (nunca octogenario) repleto de mitos.

Este rascacielos le da sentido al término, porque su punta parece un dedo que señala las nubes. ¿Las rasca o las acaricia? La respuesta quizás está en su historia. La arquitectura racionalista podría ser su sello distintivo, o el hecho de haber sido el primer edificio porteño en tener aire acondicionado. Pero esos son sólo datos, concretos o curiosos, que no llegan a describirlo.

El tiempo récord de construcción y su locación lo hacen legendario. El Kavanagh cumple 80 años el 15 de enero, y también el mito de la nueva rica humillada por la familia patricia que se cobró venganza. Verdadero o falso, es el culebrón más intenso del siglo XX.

Dicen que una hija de Corina Kavanagh, proveniente de una familia enriquecida recientemente, tuvo un romance con un joven de alta alcurnia, hijo de Mercedes Castellanos de Anchorena, que se opuso a la relación. Su pollerudo vástago abandonó a la chica y la madre de la agraviada planeó una revancha, porque el asuntó pasó a ser entre las dos abejas reinas. Y ahí comienzan los datos inciertos. Nadie sabe, por ejemplo, los nombres de los enamorados.

Sí es cierto que los Anchorena vivían en el Palacio San Martín, que hoy es la sede ceremonial de la Cancillería. Desde ahí se veía la Basílica del Santísimo Sacramento. Entre ambos, había un lote vacío que Doña Mercedes ansiaba comprar para anexar la iglesia y hacerla funcionar como sepulcro familiar.

La leyenda asegura que ese deseo fue lo que permitió la venganza de Corina, que adquirió el solar y le encargó a los arquitectos Gregorio Sánchez, Ernesto Lagos y Luis María de la Torre que construyeran un edificio enorme, lo suficientemente alto como para tapar completamente la vista de la iglesia desde la mansión Anchorena. Eso sucedió, pero las fechas son algo inexactas.

Según la leyenda, Corina volvió urgente de un viaje y liquidó tres estancias que tenía en Venado Tuerto para adquirir el lote antes que Mercedes. Dicen que les encargó a los arquitectos que construyeran el edificio a toda marcha, y lo hicieron en apenas 14 meses, entre 1934 y 1936. Esa última parte es cierta, pero lo que no contempla el cuento perfecto es que doña Anchorena estaba muerta desde 1920. Igual es una hermosa historia con la cantidad necesaria de verdad en la mentira como para que se viva real.

En 1948 el banquero Henry Roberts compró la torre de 31 pisos y 105 departamentos de lujo, todos distintos entre sí. El edificio, que fue modernísimo en su momento con sus locales en la planta baja, pileta, sistema telefónico central y hasta cámara frigorífica para pieles y alfombras, no cuenta con portero eléctrico ni cocheras, ya que hace 80 años los carruajes quedaban sobre la vereda. No es capricho, es que no se permite alterar el diseño original porque el Kavanagh es Patrimonio Mundial de la Arquitectura de la Modernidad de la Unesco.

Sea cierta o no la leyenda, si alguien quiere mirar de frente la actual Basílica del Santísimo Sacramento, el único lugar desde donde es posible hacerlo es parado en el pasaje Corina Kavanagh, la vengadora porteña.

DZ/JPC

Fuente Redacción Z
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