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El infinito duele

Imperdible muestra de la genial artista japonesa.

Por Julián López
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Apenas uno va llegando al Malba, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, en una de las zonas más paquetas y de acceso más restringido si uno se maneja en colectivo, sorprenden los troncos de los árboles vestidos de rojo con lunares blancos. Y está bien que los lunares sean divisa ya desde la calle porque la muestra Yayoi Kusama, Obsesión infinita, es una inacabable sucesión de círculos y redondeles en una exhibición de altísimo impacto.
Es entrar en la primera parte de la exposición, en la planta baja, y encontrarse con una enorme pared en la que cuelgan sus últimas creaciones de acrílico sobre tela –cuadros de 194 x 194 cm– para atestiguar la emoción que provoca el trabajo de esta artista que se exhibe por primera vez en la Argentina.
La obra de Kusama, nacida en la ciudad de Matsumoto, Japón, en 1929, parece un recorrido por lo más luminoso y lo más oscuro de la vida cultural del mundo en los últimos 60 años. Su testimonio artístico es sobrecogedor, para no perdérselo. Organizada como una retrospectiva en la que se puede seguir el derrotero de la artista, su primera juventud en tierra nipona, su pronta llegada a las galerías europeas y a los Estados Unidos, donde Kusama fue una estrella de los happenings y del arte más irreverente.
“Espero que el amor ilimitado por la humanidad envuelva al mundo entero” es uno de los nombres con que Kusama bautizó a un cuadro y en ese título se sintetiza la sensibilidad de una artista que tuvo una vida difícil signada por una infancia dura –una madre que la sometía a graves maltratos– y por la locura. Un poco más adentro hay un plasma en el que, desde un video continuo, Kusama canta en japonés y parece anunciar la suavidad y la extrañeza con que sorprenderá su muestra que incluye un cuarto completamente blanco, con mobiliario también blanco, en el que el público puede pegar los stickers –redondeles de colores– recibidos al adquirir la entrada.
Hay algo muy vital que se dispara mientras uno camina entre los cuadros y esculturas, una sensación que mezcla una efusividad festiva y una sensibilidad doliente.
En el segundo piso la muestra recorre desde sus primeras acuarelas sobre papel hasta sus intervenciones callejeras más osadas en Nueva York. En uno de los ambientes entran sólo tres personas por vez, allí se repiten en el piso las formas de falos blancos con pintas rojas que se multiplican en una habitación espejada. Otro es completamente negro y en el centro hay una barca de falos plateados; más allá hay vitrinas en las que se exponen los croquis, las cartas personales, las primeras invitaciones a exponer. El siguiente es francamente deslumbrante: oscuro y espejado, esta vez los lunares son pequeñas lucecitas redondas que cuelgan y cambian de color en un ambiente que parece sostenido en el espacio sideral: una habitación que renueva el concepto de red infinita, la idea nuclear que atraviesa la obra, y recuerda a Matrix.

Hasta el 16 de septiembre. Malba. Figueroa Alcorta 3415. Entrada: $40. Los miércoles, $20.

Fuente Redacción Z
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