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El Greco, imperdible en Bellas Artes

Hasta el 15 de enero se exhiben tres obras a cuatro siglos de su muerte.

Por Julia Villaro
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LAGRIMAS SAN PEDRO ALTA DB

Alguna vez Paul Klee dijo que el arte es el intento de hacer visible lo invisible. Algo de eso busca probar la muestra “El Greco y la pintura de lo imposible” que, con el propósito de homenajear al artista griego (1541-1614) en el cuarto centenario de su muerte, se exhibe en el Museo Nacional de Bellas Artes hasta el 15 de enero.

Sumándose a las muchas conmemoraciones que se están llevando a cabo, la muestra propone poner en diálogo tres obras del artista con algunas pinturas pertenecientes al acervo del museo: temas similares a los que aborda El Greco realizados en fechas cercanas por artistas de menor renombre, pero con ciertas resonancias de su particular estilo.

Yendo un poco más allá, también se intentó mostrar la vigencia de la obra del artista estableciendo vínculos con la producción de los contemporáneos Luciana Rondolini, Daniel García y Román Vitali (una idea interesante que sin embargo podría ser llevada más a fondo). Así, instalaciones y pinturas ubicadas en otras salas del museo hacen de todo el edificio una invitación a ser leído en clave “greconiana”.

Pero más allá de que hoy en día El Greco sea motivo de homenajes, estudios y publicaciones (un rescate historiográfico que comenzó hace un par de siglos), Doménico Theotocópuli –tal su nombre de nacimiento– vivió la mayor parte de su vida como artista marginado del preciado mundillo de la realeza y el clero de la época, acaso los dos más importantes mecenas a los que un pintor del siglo XVI pudiese aspirar. Ni los reyes ni la curia, completamente compenetrados en la cruzada contrarreformista de la época, parecían contentarse con el canon alargado que Doménico confería a sus figuras, las manos grandes como pájaros dormidos de sus santos, los ojos a punto de salirse del lienzo, la pincelada voraz a la que parecía no importarle ponerse en evidencia, en su afán de trasmutarse en pura emoción mística.

Vale la pena detenerse un momento a observar la obra de sus contemporáneos colgada en la misma sala del museo para ver que aunque se trate de temas y estilos similares, por la mano de El Greco pasan otras emociones: hay susurros en las sombras que rodean a sus figuras, y su luz, más allá del claro-oscuro obligado para la época, se abre como un relampagueo congelado en el instante, un fulgor.

Además de prestar su obra “Las lágrimas de San Pedro”, la casa de El Greco en Toledo ha hecho llegar hasta el museo un interesante video sobre la formación de Doménico en Grecia como pintor de iconografía cristiana. A diferencia de la imagen católica occidental que se utilizaba como biblia de pobres, como forma de contar la doctrina a la gran mayoría de la población analfabeta, el ícono oriental –venerado y destruido del otro lado del Mediterráneo– participa de la energía de aquello que representa. Acaso en esta diferencia fundamental a la hora de abordar una imagen radique la fuerza viva que atraviesa, casi cinco siglos después, la obra de El Greco. En eso y en la potencia desbordante de un genio particular, fiel a sí mismo, más allá de todo.

 MNBA. Av. Del Libertador 1473. Hasta el 15 de enero.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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