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El fracaso de los grandes complejos habitacionales, por el arquitecto Tella

El arquitecto y especialista en urbanismo Guillermo Tella explica cómo fue que estos complejos se convirtieron en un peligro latente.

Por Guillermo Tella
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La ciudad es un fascinante catálogo en el cual leer la memoria colectiva, su identidad, su cultura. De ello dan cuenta los años 70 en Buenos Aires con testimonios que aún conviven entre nosotros. Tal el caso de los grandes conjuntos habitacionales, donde es posible vislumbrar tras atisbos de grandeza, un inefable pesimismo connotado por la ausencia de fronteras entre lo público y lo privado, por la sensación de que todo es admisible en la ciudad.

En los tiempos del intendente Osvaldo Cacciatore varias circunstancias confluyeron para el auge de la construcción de viviendas colectivas. En 1976 se implementó el “Plan de Erradicación de Villas de Emergencia”, consistente en la expulsión de sus habitantes, ya sea a las provincias o a los países de origen. Por entonces, la Ley de Alquileres comenzó a alterar el mercado habitacional y a transformar la configuración del espacio urbano. Nuevas reglas en materia de edificación, derivadas de la sanción del Código de Planeamiento Urbano (1977) estimuló la construcción de edificios de perímetro libre en altura.

La Ley Fonavi (Fondo Nacional de la Vivienda, de 1976), surgió también con el objetivo de construir viviendas económicas. Se difundió el denominado “conjunto habitacional”, localizado en las periferias urbanas. Sus primeros barrios fueron Piedrabuena, Albarellos y General Savio, en los bordes vacantes cerca del Riachuelo.

La modalidad de inserción fue consagrando a esta tipología edilicia en enclaves, que funcionaron a la manera de ciudades satélites y cierta autonomía. Las torres de viviendas de alta densidad –hasta 900 habitantes por hectárea– emergen entre espacios libres utilizados como sendas peatonales y vehiculares, áreas de estacionamiento, equipamiento comunitario y zonas verdes para esparcimiento. Por los altos costos de mantenimiento de los ámbitos comunes –parque, ascensores, instalaciones, seguridad–, rápidamente se sumergieron en un profundo deterioro.

En 1979 se construyó el Complejo Soldati, con 3.200 viviendas. Combina bloques de viviendas de alta densidad con otros de baja, conformando un barrio que aún no ha logrado integrarse espacialmente a la ciudad. Ese mismo año se inauguró el Conjunto Ciudadela –Fuerte Apache–, para alojar a 17 mil personas, con similares recursos, puentes peatonales y soluciones formales que rompieron el amanzanamiento barrial e indujeron a una segregación social.

Grandes dimensiones, excesiva homogeneidad de los bloques de departamentos, carencia de mínimos equipamientos comunitarios, altos costos de mantenimiento y desmembramiento del entorno barrial son los factores por los que fracasó este tipo de emprendimientos.

Un estado de peligro latente, confrontación en las relaciones interpersonales, desintegración del núcleo familiar y elevados niveles de delincuencia han sido resultados arrojados por esta experiencia que pretendía generar una “urbanidad alternativa”.

Por Guillermo Tella

DZ/JPC

Fuente Especial para Diario Z
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