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Estado del Tránsito y Transporte
Actualizado: 20/09/2016 09:27:39
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TEMAS DE LA SEMANA

El estado de espanto puro

El accidente ferroviario en Once dejó relegados varios puntos de conflicto que trajo febrero.

Por Eduardo Blaustein
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Desde la contundente victoria electoral de octubre pasado, estos días que desembocaron en los Carnavales fueron de los más opacos para el Gobierno, quizá con la excepción de la corrida cambiaria de fines de año. Con la Presidenta en el sur y más bien fuera de foco, con Amado Boudou en el blanco sincronizado por tres medios de comunicación opositores (que lo acusan con idénticos fragmentos de información de tráfico de influencias), saltaron varios temas críticos para el oficialismo. Ninguno de esos asuntos puede ser determinante para el futuro de un gobierno, pero sumados hicieron un ruido considerable. Por considerable que pueda ser ese ruido, es virtualmente nada comparado con la tragedia ocurrida en Once, sobre la que esta columna se ocupará al final.

Algunos de los temas anteriores a la tragedia vienen siendo mencionados en esta columna y pueden torcer ya sea el humor social (la quita progresiva de subsidios) o los números habitualmente consistentes de la macroeconomía K, particularmente allí donde se vincula la baja en la producción de combustibles con su importación, y ésta con la disminución del superávit comercial. Falta un poco más, sólo unos días más, para que el Gobierno anuncie por fin a cuánto se irán los precios del transporte público sin subsidios estatales o sin tarjeta SUBE. En cuanto a la producción de combustibles, por ahora es difícil saber si los reclamos oficiales contra las petroleras, particularmente Repsol-YPF, servirán para que éstas se decidan a explorar más o, como mínimo, a producir más.

Las cuestiones del subsuelo de la Patria han emergido como pocas veces. La cuestión del petróleo tiene su historia y su épica entre nosotros desde los tiempos de Mosconi a los de Frondizi e Illia y de allí al espanto menemista, que es de lo que menos corrigió el kirchnerismo en estos años, con los costos consiguientes. En minería, en cambio, y aunque las provincias del noroeste tienen una tradición en la actividad que se remonta a los tiempos anteriores a la colonia, las discusiones que comienzan a estallar son relativamente novedosas.

Hay un primer aspecto sorprendente, paralelo al debate que despunta, y es que los dos diarios nacionales más importantes parecen estar actuando bajo los efectos de algún lisérgico que de pronto los hizo no sólo híperambientalistas sino anticapitalistas. Hasta hace días parecía que los argumentos «antimegaminería a cielo abierto» eran arrasadores (con lo cual el silencio del gobierno nacional comenzaba a hacerse costoso) no sólo en términos ambientales sino fiscales y de modelo económico. Habituadas a la rentabilidad tranquila de su negocio y su mutismo, recién ahora las corporaciones mineras, los gobernadores de las provincias productoras y los especialistas comienzan a rebatir la ancha oleada de argumentos ambientalistas. Y los resultados son interesantes, porque según a quién se lea/siga/escuche, no son tan irrisorios ni los ingresos fiscales que reciben las provincias y la Nación, ni hay tanto cianuro envenenando como se afirma, ni es tan descontrolado el manejo ambiental, ni se despilfarran los millones de litros de agua que se dice para alimentar al monstruo.

Esas cosas suceden cuando las discusiones comienzan a ponerse más serias, rigurosas, complejas. Los blancos y negros comienzan a temblar, uno se marea un poco, hay que hacer un esfuerzo de concentración y aprendizaje para entender números y argumentos. Lo último que debe hacerse es dejar de escuchar al otro. Si la flamante Organización Federal de Estados Mineros (que nuclea a los distritos mineros y al Estado nacional) sirve para empoderar a las provincias en su relación con las corporaciones, controlar y evitar los riesgos medioambientales y obtener mejores recursos fiscales, bienvenida su creación tardía (lo de «tardía», dicho con el diario del lunes). Si la fundación de la Ofemi sólo implicara un aliento acrítico de la actividad, entonces estaremos en problemas.

Se dijo más arriba que a ciertos diarios les dio por el ecologismo más radical. Del mismo modo parece ser que viven ahora en estado de espanto ya sea por una eventual judicialización de la protesta social (que más bien apoyaron) o por los casos de espionaje presuntamente cometidos por Gendarmería. Que la Gendarmería haya actuado con conductas y prácticas típicamente autoritarias -y delictivas- de otras fuerzas de seguridad no sorprende conociendo la historia negra, en buena medida vigente, de este país. Pero la cosa preocupa más porque el kirchnerismo, a escala nacional, viene apoyándose en la Gendarmería precisamente por los dolores de cabeza que significa delegar acciones en las otras fuerzas. La ministra de Seguridad, Nilda Garré, ya comenzó a actuar con firmeza. Como sea, y como lo volvieron a demostrar la rebelión policial registrada en Brasil y las denuncias multiplicadas de torturas en las cárceles bonaerenses, el manejo de las fuerzas de seguridad necesita un nivel de atención permanente.

Estado de espanto puro

Esta columna estaba cerrada antes de la noticia sobre la tragedia sucedida en Once, a la que imperiosamente debe incluir, con la prudencia que debe implicar el manejarse con información meramente preliminar. Más arriba se hizo mención a los costos que pagamos como sociedad por no haber podido modificar el cuadro de situación heredado de los 90 en materia petrolera. Sucede algo muy similar, y en el mismo sentido estamos peor que décadas atrás, con la política de transporte y con demasiado tiempo que perdieron los gobiernos kirchneristas (es cierto que los primeros años debieron dedicarse a la pura urgencia, «salir del infierno») por lo menos hasta la designación de Juan Pablo Schiavi. Si Néstor Kirchner hizo una promesa valiosa y emblemática en sus primeros años fue la que aludía a la recuperación de los ferrocarriles, en días en que visitaba, por ejemplo, los legendarios talleres de Tafí Viejo. Se hizo algo, se hizo más bien poco, en una materia en la que se juega la calidad de vida y hasta la vida misma de millones, mayoritariamente de los sectores populares. Por pleno centro de esa ausencia de buen gobierno pasó por el cargo de secretario de Transporte alguien que está procesado por la Justicia. A la luz de lo sucedido el miércoles, puede que estemos ante un caso horrible y emblemático de las cosas que están en juego cuando a una gestión deficitaria se suman la desatención, la ausencia de controles e inversiones, todo esto en un mix mortífero de desidia empresaria y aparente tolerancia estatal.

DZ/km

Fuente Especial para Diario Z
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