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TEMAS DE LA SEMANA

El efecto Orson Welles

Por Alfredo Grande, médico psiquiatra, psicoanalista, cooperativista y escritor.

Por Alfredo Grande
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Resista el horror de las noticias. Ya llegan los avi­sos»: aforismo implicado.

La psicología individual está precedida, según Sig­mund Freud, por la psicología social. Un individuo, ficción que podemos mantener poco tiempo porque en realidad el individuo está dividido vaya a saber en cuantas partes, es una micro sociedad que la cultura interiorizó en un proceso que se denomina «crianza». Y como adulto, piensa que está pensando cuando en realidad apenas escucha ecos de voces de su pasado. En otros tiempos, se hablaba de prejuicio, un constructo intelectual y afectivo del cual no puede dudarse en su condición de verdad. No se cuestiona, no se confron­ta, no se discute. El prejuicioso piensa que es juicioso, e inútil esfuerzo es plantearle lo contrario. Actualmente, el prejuicio queda englobado en la categoría de «natu­ralización cultural». Y desde ya, tener prejuicios es po­líticamente incorrecto. Diría, y perdonen el barbarismo, incorrectísimo.

Estamos en la época de la absoluta aceptación de la diferencia, que es algo así como el triunfo total de la indiferencia. Todo vale y por lo tanto, el sujeto dis­puesto a sobrevivir sabe por diablo y no siempre por viejo, que la mirada mejor es aquélla del buey cuan­do solo bien se lame. Cara de «qué bien» aunque pueda sentir o pensar «qué asco». Por eso necesita, para expresar sus prejuicios sin vergüenzas, asociarse con un colectivo de prejuiciosos. A este colectivo se lo suele denominar en forma piadosa como «sentido común». Este sentido, que en realidad es un sin sen­tido porque carece de pensamiento, es un fenómeno de masas que el individuo ignora. Lo habitaban ecos de su pasado y también comienza a ser habitado por ecos de su presente. El sujeto se vive como individuo, incluso individuo aislado, porque ignora la fusión que lo pegotea a otros individuos en una escala gigantes­ca. Algo de esto se planteó en la magistral Matrix, aunque me imagino que la tercera parte de la saga la filmó la propia Matrix. El más alto nivel de fusión no visible fue lograda por los medios audio y visuales.

El genial Orson Welles con una radio logró un fenó­meno de masas impensado. Relató en un lejano 1938 (antes de internet, naturalmente) una invasión de Marte y los neoyorquinos del sentido común se desesperaron. Este fenómeno se repitió en 1998 (con internet) y el resultado fue similar. Parecería que la especie humana, que asiste en estos días al fin de su Imperio, tuviera una oreja fácil. Seducida por los cantos de sirenas de todo tipo, de diferente tamaño o extracción partidaria y je­rarquía eclesiástica o rango militar y título académico, etc., la especie humana es maleable como barro mo­jado. Por lo tanto jurará sobre lo más sagrado que las cosas son como son. Sin ponerse a pensar en aquello que afirma con firmeza inclaudicable.

SIRENAS EN TRÁNSITO

Cuando algunas de las diferentes sirenas que es­tán en tránsito cantan, ni siquiera tienen el recurso del astuto Ulises, que se hizo atar al mástil de su bar­ca. Pero claro: atado no podría manejar el control re­moto, la conexión a internet, agarrar hamburguesas, abrir la puerta del auto. Una de las sirenas que cantan entonan una pegadiza canción: «Deben ser bolivia­nos, deben ser». Hay otra parecida: «Deben ser los peruanos, deben ser». La música es la recordada can­ción que popularizara el inolvidable Délfor, el de La revista dislocada: «Deben ser los gorilas, deben ser».

La idea es que de todos los males, siempre hay que buscar culpables, responsables últimos y totales, los peores de todos, origen de todas las calamidades. Y hay que buscarlos afuera. En el espacio exterior como los marcianos, o en el espacio limítrofe, como los «hermanos» latinoamericanos. No hay un solo in­dicador que ratifique en la Reina del Plata la invasión de los marcianos latinoamericanos. Pero para el sen­tido común de las masas fusionadas por las dóciles orejas receptoras de mensajes que informan de la in­vasión permanente, no importa. No hay pensamiento racional, apenas sensaciones y vivencias. Quizá un racismo nunca aceptado, ya que somos un crisol de razas. Bautizo con el nombre de Efecto Orson Welles a la absoluta credulidad de las masas en relación a los mensajes auditivos y visuales que reciben. La prensa alternativa, y la prensa que se disfraza de alternativa, ha descubierto en las grabaciones audiovisuales del público mayor verdad que en la de los profesiona­les. Pero sabemos que pocos resisten el archivo y el photoshop. El temor a ser invadidos por los de afue­ra es un retorno de lo reprimido. En la misma Reina del Plata, cuatro millones de personas invaden la city, desde los «impresentables» sectores del conurbano. Clases postergadas que oprimen la mente de los cul­tivadores del sentido común. La invasión viene desde adentro, pero un adentro tan ignorado que ya es casi «otro afuera». La tragedia es que una imagen vale por mil palabras. Será suficiente una foto montaje perver­so para iniciar la cacería del invasor. Entonces será la hora de decir: a los invasores, ni justicia.

DZ/km

 

Fuente Especial para Diario Z
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